El siguiente reto tras los incendios: evitar que las cenizas lleguen a los ríos y embalses
Qué hacer de manera inmediata y a más largo plazo con las tierras quemadas próximas a los ríos y embalses
Después de los incendios aparece el paisaje negro, quemado, lleno de cenizas y de vegetación quemada, unos territorios que en breve verán cómo llegan las lluvias de otoño que trasladarán todo este material biológico calcinado a las aguas de los ríos y de los acuíferos.
Con las llamas todavía devorando hectáreas, principalmente en Galicia y Castilla y León, muchos nos preguntamos qué va a pasar después de la más grave ola de incendios registrados desde 2006 por el sistema EFFIS de Copernicus en cuanto a hectáreas quemadas, de momento más de 400.00.
El postincendio tiene muchos daños colaterales. Además de la irreparable pérdida de vidas humanas, también están las consecuencias económicas, los daños en cultivos y en la ganadería y la pérdida de biodiversidad.
Cenizas en las aguas
Otro de los frentes en el que hay que fijarse, y en el que habrá que tomar medidas de forma más inmediata, es el actuar en los territorios quemados por los incendios que verterán sus cenizas a los cursos de los ríos y a las aguas subterráneas.
En este punto, nos detenemos para saber qué pasará cuando lleguen las lluvias a las zonas calcinadas y qué acontecerá en las cuencas de los ríos o en los embalses con las cenizas, recabando la opinión de expertos.
Lluvias de otoño
En este sentido desde SEO/BirdLife se reclama a las administraciones públicas una acción responsable y unificada para frenar las consecuencias que pueden traer consigo las lluvias de otoño, como alteraciones y contaminación de los cursos de agua que golpeen de nuevo las zonas afectadas por los incendios forestales.
Desde la organización ambiental aseguran que el postincendio «desencadenará importantes y cuantiosos daños en cascada si no se ejecutan medidas coordinadas e inmediatas en el territorio». A su vez, urge a las comunidades autónomas a que realicen una valoración rápida de los daños en los ecosistemas afectados.
A la espera de las próximas lluvias
Al habla con el ecólogo José Lascuráin, preguntamos qué efectos tienen los incendios posteriores en los ríos y acuíferos tras el paso de las llamas y las cenizas que dejan. En cuanto a la afectación en los acuíferos, nos comenta que «los efectos son de más difícil previsión, depende de la permeabilidad del suelo y de la geología y en todo caso, es infiltración de nitrógeno y de fósforo. Pero esto suele ser un tema menor».
Por lo que deducimos cuál es el mayor problema podría llegar a los ríos tras los incendios. Lascuráin nos contesta que «la llegada a las masas de agua depende sencillamente de que haya grandes tormentas inmediatamente después del incendio o justo antes del crecimiento de la vegetación».
Su valoración con los incendios actuales es que «si llueve en las próximas dos o tres semanas lo suficiente, algo que es previsible, esto permitiría un cierto rebrote de la vegetación y limitaría la llegada de nutrientes a ríos y lagos y embalses».
Sólo en los valles
Pero, ¿qué es lo que llega a las aguas? Lascuráin, ecólogo y CEO de una consultoría de medioambiente, nos indica que lo que el agua arrastra es «básicamente es carbono, carbono carbonizado, nunca mejor dicho».
Añade que «tiene una densidad muy baja y significa la llegada de carbono, fósforo y nitrógeno. Si llega en grandes cantidades a una masa de agua, es cierto que puede provocar una eutrofización, que el agua se vuelva verde y la columna de agua deje de ser transparente».
Este experto considera que «es un factor de riesgo que no ha de pasar obligadamente. Tiene que mediar muy rápidamente después de los incendios, una lluvia muy intensa y luego que el curso de agua llegue a esos ríos o embalses. En valles donde no hay embalses y donde los cursos de agua son menores, este proceso seguramente no exista».
Suelos hidrófobos
Sin embargo, desde SEO/BirdLife, el coordinador del Área de Espacios y Especies de SEO/BirdLife, Mario Giménez Ripoll, apunta a que «los principales esfuerzos deben realizarse en las zonas de captación de aguas para abastecimiento, zonas sensibles, Red Natura 2000 y Reservas Naturales Fluviales».
La organización muestra su profunda preocupación por los efectos que tendrán las lluvias en las zonas quemadas, muchas de ellas con elevadas pendientes, donde la escorrentía se magnificará por la pérdida de vegetación y el desarrollo de suelos hidrófobos, en los que el agua será arrastrada tras haber perdido su capacidad para absorberla.
Escenario desalentador
Continúan explicando que «al efecto del arrastre de cenizas y suelo fértil, y de la erosión, se suman los de la presencia de nitratos, carbono orgánico, iones o metales que afectarán a las masas de agua de esas cuencas».
Alertan de que el resultado sería «un aumento de amoniaco y nitratos, cambios en el pH, incremento en la turbidez y disminución del oxígeno, o contaminación por pirorretardantes empleados durante las labores de extinción de los incendios. Las esperadas lluvias tendrán efectos invisibles cuando la atención ya no esté en estos montes quemados».
El escenario que presenta SEO/BirdLife es desalentador después de los incendios: «a los cambios físico-químicos se unen los de las condiciones hidromorfológicas de ríos y arroyos, como modificaciones en la estructura y sustrato del lecho, y en la estructura de vegetación de la ribera. Todo ello afectará a la calidad del agua, a los seres vivos que viven en ellas y a la cadena trófica».
Anoxia y muerte de peces
Las consecuencias de la llegada de la ceniza en la biodiversidad también están entre los parámetros a considerar. En este aspecto, Lascuráin, describe que «en caso de que esto ocurriera, de la llegada de materia orgánica a las aguas, hay que considerar que es una perturbación. Por cierto, una perturbación que hay que recordar que existen incendios de forma natural y la fauna de alguna manera tiene una cierta resiliencia ya».
Apunta que «hemos de recordar que los incendios es algo inherente a los ecosistemas mediterráneos desde hace cientos de miles de años como mínimo. Podría provocar en un embalse, anoxias [falta de oxígeno] y la muerte de una gran cantidad de peces, tampoco de todos. Muchas veces sobreviven pequeñas cantidades que luego rápidamente vuelven a, digamos, a recuperar las poblaciones iniciales».
Especies invasoras tras las llamas
La tierra quemada en los prados puede favorecer otra perturbación, «un cambio en las reglas del juego», explica Lascuráin. «En estructuras de prados que tengan muy pocos nutrientes, la llegada de grandes cantidades de nutrientes puede favorecer la aparición de especies invasoras y generalistas, pero es en situaciones muy específicas»
Sin embargo, apunta a que «los incendios favorecen es la extinción de especies como el tojo. Digamos que es esta planta la que de alguna manera ha motivado los incendios intencionados en todo la zona oeste de la Península Ibérica».
Medidas inmediatas
De forma inmediata, para evitar la llegada de este material biológico quemado, de estas cenizas, a los ríos y embalses, lo que habría que hacer sería «cortar la madera. Los árboles muertos se generan barreras, como pequeñas trincheras de vegetación, que lo que hacen es reducir la velocidad del agua. De esta manera, los materiales que se arrastran quedan sedimentados en el sitio y no continúan pendiente abajo carbonizada», explica el ecólogo.
Lascuráin recomienda que las zonas quemadas «hay que ser práctico. Simplemente, hay que crear estas barreras que impiden y que controlan la llegada de sedimento a las zonas vulnerables y que son muy fáciles de cartografiar. Es un tema muy inmediato y muy fácil de hacer».
A largo plazo
En el largo plazo, habría que actuar en los espacios afectadas que puedan verter más material a las cuencas, «zonas que creo que son minoritarias, donde se han quemado, por ejemplo, en los bosques de tejo, los bosques de planifolios, sobre todo de caducifolios. Esto evidentemente merecen todas las acciones más inmediatas de recuperación. Pero insisto, probablemente estos son zonas relativamente minoritarias».
Esta afirmación plantea la siguiente pregunta, si este problema combinado de tierras quemadas y de cenizas en el agua es grave. «Por lo poco que he podido ver, por las imágenes y a falta de datos confirmados, la proporción de matorral de tojo es seguramente el 60 y el 70%, lo cual es un indicativo muy grande de que tenemos una asignatura pendiente que es aprender a gestionar y ser capaces de imaginar qué ecosistema debe sustituir el hábitat del tojo. Los pastores evidentemente piden que haya pastos».
Llegados a este punto, Lascuráin afirma que para resolver «el problema de los incendios habría que quitar materia combustible mediante la gestión y, sobre todo, que haya menos de 10 toneladas por hectárea en estas zonas de tojo».
Concluye que «lo que ocurre es que tenemos una enorme asignatura pendiente: hemos de aprender a controlar y a evitar que el tojo sea tan dominante, igual que con otras especies, o seguramente con incendios controlados de menor dimensión y ver qué hacer con estas cenizas».
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