Comida espacial reciclada

Galletas elaboradas con plástico reciclado: el alimento de la NASA para los viajes al espacio profundo

El prototipo, llamado µBites e impreso en 3D, nació para el Desafío Alimentario del Espacio de la agencia norteamericana

Levaduras modificadas descomponen el plástico PET al que le suman proteínas, aroma de vainilla y hasta vitamina A

Adiós a los residuos plásticos: un nuevo método consigue transformarlos en hidrógeno limpio

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

A primera vista parece una galleta normal y corriente: pequeña, redonda y de color tostado. Pero una parte del carbono que contiene estuvo atrapada antes en una botella de plástico camino de la basura.

No se trata de plástico triturado y mezclado con harina, una imagen tan inquietante como equivocada. El proceso es mucho más sofisticado y arranca desmontando el material a nivel molecular para que unos microbios lo reconstruyan en forma de alimento.

El prototipo se llama µBites (se pronuncia microbites) y es un ejercicio de suprarreciclaje que apunta a la vez a dos crisis globales: la contaminación por plásticos y el hambre. Dos problemas enormes que, sobre el papel, comparten una misma materia prima: el carbono.

El plástico es carbono, la comida también

Lo ha desarrollado un equipo de la Universidad del Sur de Illinois (SIU), en Carbondale (Estados Unidos), dentro de un proyecto liderado por la NASA para producir comida en el espacio profundo. Sus últimos resultados se presentaron el 24 de agosto en Chicago, durante el congreso ACS Fall 2026 de la Sociedad Estadounidense de Química.

Para la fabricación de esta galleta, se emplean materiales vegetales de diseño y plástico; el producto en cuestión podría alimentar a seres humanos en cualquier lugar, desde submarinos hasta naves espaciales. (Foto: Aja Poloju/Southern Illinois University Carbondale).

«Intentábamos desarrollar tecnologías para convertir el plástico en productos de mayor valor y nos preguntamos: ¿por qué no centrarnos en hacer comida? El plástico es carbono y la comida también lo es», explica el profesor Lahiru Jayakody, responsable del proyecto, que remata: «Los microbios son muy inteligentes; por fin usamos sus capacidades para resolver los problemas que hemos creado».

La frase resume la lógica química del experimento, pero también simplifica una transformación endiablada. Que dos materiales contengan carbono no significa que uno pueda comerse ni que sea fácil convertir el primero en el segundo.

Levaduras como fábricas en miniatura

La estrategia, sin embargo, no es nueva. Los científicos llevan décadas usando microbios como diminutas fábricas: la insulina, por ejemplo, ya no se extrae del páncreas de animales, sino que se obtiene programando levaduras para que la fabriquen.

Sobre esa idea trabajaron Jayakody y la estudiante de posgrado Sandhya Jayasekara, quienes programaron varias variedades de levadura, incluida la común de panadero, para convertir las moléculas de los desechos plásticos y agrícolas en proteínas, vitaminas y aromas. El reto consistía en encontrar la manera de que esos microorganismos accedieran al carbono encerrado en un material tan duro y resistente como el plástico de una botella.

Así se transforma una botella en galleta

El material elegido es el tereftalato de polietileno o PET, uno de los plásticos más usados en botellas de agua y refrescos. Sus largas cadenas moleculares le dan resistencia y durabilidad, pero esas mismas propiedades dificultan enormemente su degradación.

Para hacerlas accesibles a los microbios, los investigadores mezclaron el PET con tallos y hojas de maíz y otros restos vegetales, lo trituraron y lo sometieron a un proceso patentado llamado disolución hidrotérmica oxidativa, ideado por el geólogo Ken Anderson.

La técnica emplea agua y oxígeno a temperaturas y presiones elevadas para romper el material duro y generar moléculas de carbono solubles. Es, en cierto modo, una digestión previa: el reactor hace con el plástico lo que los dientes y el estómago hacen con un alimento.

El papel de los microbios

Entonces entran en escena las levaduras, que llevan milenios fabricando pan, cerveza y vino para los seres humanos. Estos microorganismos consumen los fragmentos generados en el reactor y los transforman en biomasa rica en proteínas, grasas y ácidos orgánicos.

Conviene aclararlo cuanto antes: la galleta no contiene pedazos reconocibles de una botella. El carbono del PET ha pasado por una cadena de transformaciones antes de llegar al plato, y la fórmula actual lo combina con residuos vegetales, fibra, almidón y edulcorante convencional.

Una impresora 3D deposita después la mezcla capa a capa hasta darle forma de galleta. La impresión no convierte el residuo en comida; sólo permite moldear y personalizar el producto final.

Vainilla y vitamina A de laboratorio

Los resultados, que se presentarán en la reunión de otoño de la Sociedad Estadounidense de Química, se centran en mejorar el aspecto, el aroma y el valor nutricional. El equipo ha trabajado con tres levaduras: Saccharomyces boulardii, Saccharomyces cerevisiae —la conocida levadura de panadero— y Rhodosporidium toruloides.

Una variedad modificada de S. cerevisiae produce vainillina, la molécula responsable del aroma de la vainilla, a partir del ácido ferúlico de la biomasa vegetal. Otra cepa fue entrenada para aprovechar el etilenglicol del PET y fabricar betacaroteno, precursor de la vitamina A.

«Para fabricar esta galleta utilizamos microbios y los convertimos en un producto más atractivo y amigable para el consumidor», resume Jayasekara sobre unos aditivos que aportan color, aroma y micronutrientes de golpe.

De la ciencia ficción a los precedentes reales

La idea suena a laboratorio de película, pero tiene antecedentes sólidos. En 2016, un equipo japonés describió en Science la bacteria Ideonella sakaiensis, capaz de degradar el PET y usar parte de sus productos como fuente de carbono.

Cinco años después, investigadores de la Universidad de Edimburgo demostraron que una Escherichia coli modificada podía producir vainillina a partir de residuos de PET. Y en Estados Unidos, la Universidad Tecnológica de Míchigan desarrolla BioPROTEIN, un sistema financiado por la agencia DARPA cuyas células contienen alrededor de un 55% de proteína.

Convertir residuos en comida mediante microorganismos no es, por tanto, una rareza: un estudio de 2024 en Nature Microbiology mostró que un hongo usado en Indonesia para preparar el alimento fermentado oncom podía crecer sobre subproductos agrícolas y elevar su contenido proteico.

Lahiru Jayakody, profesor adjunto de la SIU Carbondale y coautor del estudio, sostiene una de las galletas µBites hechas con plástico y residuos agrícolas. (Foto: Aja Poloju/Southern Illinois University Carbondale).

¿Es segura una galleta hecha con PET?

Aquí llega el gran matiz. El principal desafío de µBites no es lograr una galleta con aspecto apetecible, sino demostrar que cada lote está libre de plástico residual, etilenglicol, metales catalizadores, aditivos y subproductos inesperados de la fermentación.

También habrá que determinar la calidad de sus proteínas, su perfil de aminoácidos, la digestibilidad y los posibles alérgenos. La información difundida por la ACS afirma que los análisis disponibles apuntan a que el producto es seguro, aunque no publica concentraciones ni resultados toxicológicos detallados.

Y hay más cautelas: lo presentado es un póster de congreso, no un estudio revisado por pares. Existe incluso cierta confusión sobre las catas, porque una versión anterior obtuvo 6,5 puntos sobre 9 en aceptación, mientras que de la fórmula actual sólo se ha valorado el aroma.

El coste ambiental, todavía una incógnita

Tampoco se ha demostrado que el balance ecológico sea favorable. El tratamiento hidrotérmico necesita calor y presión; las levaduras exigen nutrientes, reactores y controles; y el producto final debe separarse, purificarse y procesarse.

Sin un análisis completo del ciclo de vida no puede saberse si la energía consumida compensa el plástico eliminado, ni cómo se compara el sistema con el reciclaje convencional o con otras fuentes de proteína microbiana.

Pensada para astronautas y catástrofes

El espacio ofrece, en cualquier caso, un laboratorio ideal. En una misión de varios años cada kilo lanzado desde la Tierra es carísimo y todo residuo es a la vez un problema y una posible materia prima. De hecho, el proyecto nació dentro del Deep Space Food Challenge de la NASA, con financiación añadida de una beca del Programa CAREER de la Fundación Nacional de Ciencias estadounidense.

El siguiente paso del equipo es todavía más ambicioso: fabricar también con microbios el almidón, la fibra y el edulcorante que hoy se añaden a la mezcla, de modo que casi toda la galleta proceda del aprovechamiento de residuos.

¿Un remedio contra la hambruna?

En la Tierra, la magnitud de ambos frentes explica el interés. La humanidad produce más de 430 millones de toneladas de plástico al año y apenas una pequeña parte se recicla, según la ONU; al mismo tiempo, la FAO calcula que 645 millones de personas pasaron hambre en 2025.

Las proyecciones aprietan aún más: se espera que la demanda mundial de alimentos aumente entre un 35% y un 56% para 2050, y que cerca del 30% de la población mundial se enfrente al riesgo de hambre. «La manera de abordar eso, creo, es usando microbios», zanja Jayakody.

La tecnología, sin embargo, no resolverá por sí sola un problema con raíces en la pobreza, los conflictos y la desigualdad. Su aportación más realista estará en alimentos de emergencia, suplementos proteicos o instalaciones aisladas, y sólo cuando supere el examen de la toxicología, la regulación y el coste podrá aquella botella desechada completar su extraordinario viaje químico hasta convertirse, de verdad, en una galleta.