Wasabi olímpico: capítulo seis

Pasando hambre en Tokio

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La comida japonesa en los últimos años se ha ganado el respeto de todo el mundo pero un viajero como yo ya era devoto de las exquisiteces niponas antes de que fueran tendencia entre los millenials. Por ello llevo con más pena que gloria no poder acudir a los restaurantes a degustar los manjares. Una de las cosas buenas de los enviados especial es poder compartir ágapes después de un trabajo bien hecho pero de momento, y hasta que nos levanten la cuarentena, no nos podemos inmiscuir en la cocina japonesa como nos gustaría.

Así que de momento nos tenemos que conformar con menos de los que nos gustaría. La organización nos trata muy bien a los periodistas pero entiendan que un pequeño bol de arroz (previo pago) no es gasolina suficiente para un ser que acumula horas y horas a la intemperie persiguiendo medallas para su país. Todo por la patria. En las zonas de prensa sí regalan un café muy difícil de probar, pero en el bar habilitado para la ocasión hay que pagar primero. Y la comida tampoco honra las muchas estrellas Michelin que tiene Tokio.

Con el estómago vacío y después de un día duro para España en el que no hemos conseguido ninguna medalla, llegamos a la zona de nuestro hotel dispuestos a hacernos con algo de comida en un clásico 24 horas que está lleno de productos difíciles de descifrar para un Europeo que sólo quiere una simple cena antes de dormir. Finalmente, nos hacemos con los productos más occidentales para llevárnoslos a la habitación. Todo a la espera de que nos dejen entrar a nuestros queridos restaurantes. No hay más cerca de la que arde. Otro día más, OKamigos.

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