Gastronomía

Nafarrola, dos hermanos y una casa bien puesta

La empresa familiar suele venderse como un refugio de afectos, pero a menudo se parece más a una prueba de resistencia. Donde hay sangre compartida hay también viejas jerarquías, silencios sabidos y una facilidad pasmosa para discutir por lo pequeño como si fuera lo esencial. Por eso tiene mérito que dos hermanos no solo se entiendan, sino que además hagan de esa complicidad un negocio serio. En hostelería, donde todo aprieta y nada espera, el asunto adquiere un valor mayor. Nafarrola, en Bermeo, es una prueba bastante convincente de que la familia no siempre acaba a voces y que, a veces, también puede levantar una casa con sentido.

Josu y Gaizka Goikoetxea nacieron y crecieron en Bermeo, en una familia ligada al comercio local. No vienen de una teoría empresarial, sino de una educación práctica. Tratar al cliente, escuchar, resolver, trabajar desde temprano. Ese poso, que suele ser más útil que muchos másteres, les acompañó cuando sus caminos parecían ir por separado. Gaizka se hizo cocinero y pasó años trabajando por su cuenta en tabernas de Gámiz Fika y Arrieta, afinando una cocina pegada al producto y al recetario cercano. Josu, en cambio, tomó la vía de la ingeniería y desarrolló su carrera en el mundo de la innovación. Uno por la cocina, otro por la técnica. Dos trayectorias distintas con un mismo sedimento.

La infancia en un caserío y el crecimiento del turismo rural en su entorno habían dejado una idea flotando desde hacía tiempo. Montar algo propio. Lo que faltaba era la ocasión. Apareció en 2018, cuando Nafarrola salió a la venta. Fueron a verla y tomaron una decisión de esas que cambian el rumbo sin anunciarlo demasiado. Compraron el caserío sin saber todavía del todo la dimensión del empeño. Después llegó el descubrimiento de que aquella casa estaba propuesta para ser catalogada como monumento. Es decir, no habían adquirido sólo un inmueble con encanto, sino también una responsabilidad.

La clave del proyecto está en que no funciona como una suma de parcelas, sino como una alianza. Josu dirige el hotel. Gaizka manda en la cocina del restaurante Rola. Pero la separación de funciones no ha derivado en compartimentos estancos ni en esa costumbre tan contemporánea de convertir cualquier organigrama en un pequeño reino. Aquí lo que hay es complementariedad. Uno sostiene al otro. Uno corrige lo que al otro se le va. Y ese equilibrio, tan raro en las familias y tan difícil en la empresa, es probablemente el primer lujo de Nafarrola.

Luego está la cocina, que merece detenerse. Gaizka ha construido una propuesta íntimamente ligada al territorio de Urdaibai, y eso se concreta en un menú degustación llamado Ecosistemas de Urdaibai. Mar, bosque, montaña, huerto, río, costa y estuario. El riesgo de estas formulaciones es caer en la postal o en la pedagogía de folleto. Aquí la intención parece otra. Traducir un paisaje a la mesa desde una lectura propia. No se trata de ilustrar el entorno, sino de cocinarlo con criterio. Y para acompañar esa partitura, una atención particular al txakoli de Vizcaya, con unas cincuenta referencias dentro de una bodega que supera las doscientas.

 

Nafarrola no da la impresión de haberse acomodado en la etiqueta amable de hotel boutique con buen gusto rural. Hay ambición. No de la aparatosa, sino de la que busca convertir una casa en destino. El proyecto sigue creciendo con nuevas líneas de trabajo, desde su propio txakoli hasta una piscina, una colección de productos propios y nuevos espacios. Todo eso puede sonar a expansión lógica o a tentación de diversificarlo todo. La diferencia suele estar en el criterio. Aquí, de momento, el hilo conductor parece claro.

Al final, lo importante no es que dos hermanos se lleven bien, sino que hayan sabido convertir esa buena relación en una forma de hospitalidad. Nafarrola no se levanta sobre un relato familiar dulzón, sino sobre trabajo, reparto inteligente y una idea bastante decente de lo que debe ser una casa abierta al viajero. En tiempos de proyectos inflados y discursos de cartón piedra, no es poco. Es, de hecho, bastante.