La comida de Luis Conde: sin ministros… pero con la confesión de Mar Raventós al PP: «No flojeéis»
El golpe de estado se ha colado hasta en los eventos más tradicionales de la burguesía catalana. Incluso, en la comida de Luis Conde, que no pudo contar este sábado pasado con el elenco de grandes autoridades que venía siendo habitual en su ya clásico almuerzo. En lo que ya se conoce como el civet de su masía de Fonteta (El Ampurdán).
Sí hubo empresarios, como Antonio Brufau (Repsol), Mar Raventós (Codorniú), Luca de Meo (SEAT) y el director de La Vanguardia, Marius Carol . Sí hubo políticos, como Inés Arrimadas (Ciudadanos), Xavier García Albiol (PP) o Miquel Iceta (PSC). Hasta hubo secretarios de Estado, como el de Infraestructuras, Julio Gómez Pomar… Pero no hubo ministros.
Y no los hubo, no por adolecer Luis Conde de ganas. Porque lo cierto es que invitar, invitó. Y, en concreto, a una de ellos que es más que un ministro: a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, persona que ya había asistido en otras ocasiones a la tradicional cita.
Pero no los hubo porque podría haber resultado un poco extraño que, en medio de un golpe de estado y de su correspondiente respuesta judicial -con sus registros y detenciones consecuentes- resulte que quienes tienen que actuar contra los golpistas, compartan almuerzo, cava y hasta comida japonesa con quienes desafían a la Constitución, la unidad de España, y hasta al más básico sentido de la democracia.
El presidente de la famosa empresa de cazatalentos Seeliger y Conde conocía obviamente de antemano las bajas. Y es que un evento clásico de esta magnitud y trascendencia en la vida social catalana cuenta con su requerida confirmación de asistencia. Y, quizás, por eso de que la información suele ser difícil de mantener en secreto, la contraparte -la secesionista- apareció, pero tampoco al primer nivel. Quién sabe… no fuese a resultar que una foto inoportuna o una declaración en favor de la República Independiente de Cataluña pudiese acelerar la respuesta política. Así, hubo consellers. E importantes: el de Presidència, Jordi Turull, el de Empresa, Santi Vila y el de Justicia, Carles Mundó. Pero no pasó de ese nivel. Ni por lo más remoto el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. Ni tan siquiera del vicepresidente, Oriol Junqueras.
Todo ello, en un ambiente tenso, ajeno a la sensación de impunidad del pasado, que quedó plasmado en una frase de la matriarca de los Raventós. Una frase lanzada a García Albiol en un corrillo y que no tardó en ser cotilleada por buena parte de los más de 300 asistentes: «No flojeéis». Sin paliativos. Sin rodeos. «No flojeéis»… nada menos que en controlar el golpe a la democracia y a la legalidad que están perpetrando, precisamente, algunos de los que no dejaban de masticar canapés y beber cava Codorniú precisamente en aquella comida.
Sea como fuera, el almuerzo transcurrió. Y los allí presentes se comieron su surtido de quesos, quizás algunos pensando en que, en breve, a lo mejor, no pueden comerlo en otro lugar. Sus choricillos a la brasa, sin que faltase algún consabido chiste. Sus gyozas de jabalí. Y hasta su fideuá de marisco. Todos pensando en lo mismo. En cuándo comenzarían los registros, las detenciones, las inhabilitaciones y hasta las multas patrimoniales. Todos, incluido Ferran Mascarell, delegado del Gobierno en Madrid, una persona que difícilmente carecería de información relevante a esas alturas de la película.
Todos juntos en lo que fue el sexto año del afamado civet de Luis Conde. una comida que, muy probablemente, recordarán los invitados, en un futuro próximo y con nostalgia, como el último almuerzo antes de la gran explosión. El último de una burguesía que llegó a contentar al Madrid político; que llegó a recibir al también presente en la cita Artur Mas como a un hombre cabal; que llegó a aunar a empresarios separatistas como los de Cecot -su presidente, Antoni Abad, no se perdió la reunión- con los no independentistas, los de Fomento del Trabajo -su responsable máximo, Joaquím Gay de Montellá, también asistió-; y una burguesía que ahora convive pensando si, a lo mejor, ese compañero de mesa al que no dejaba de halagar, en breve, podría estar detenido por sedición. Y cantando todos los contratos firmados.
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