Baja laboral

La señal que muchas empresas ignoran y anticipa la baja laboral: «La baja no es repentina. Nunca lo es»

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Blanca Espada

Cuando una empresa recibe la baja laboral de uno de sus trabajadores sin esperarlo, puede que considere que es algo precipitado de lo que se tendría al menos que haber avisado. Un trabajador que estaba cumpliendo deja de hacerlo y, de repente, desaparece del puesto y la empresa debe mover ficha y buscar quién le sustituya pero para quienes trabajan de cerca con la salud laboral lo tienen claro, las bajas cuando se producen de este modo, rara vez se dan de repente sin mas.

«La baja no es repentina. Nunca lo es». Con esta frase lo resume Marta Martín, psicóloga especializada en salud en empresas y Clinical Lead de Alan España. Detrás de cada baja suele haber un proceso mucho más largo, silencioso y, sobre todo, poco visible para el entorno laboral. El problema es que ese proceso pasa desapercibido en la mayoría de los casos. Ni la empresa lo detecta, ni muchas veces la propia persona es consciente de hasta qué punto está acumulando malestar. Así que cuando finalmente llega la baja, lo que parece un punto de partida es, en realidad, el final de un desgaste que llevaba tiempo gestándose.

La señal que muchas empresas ignoran y anticipa la baja laboral

Uno de los aspectos clave que señala Martín es que el absentismo no comienza cuando el médico firma el parte. Empieza bastante antes, en un periodo en el que el trabajador sigue acudiendo a su puesto, cumpliendo con sus tareas y manteniendo una aparente normalidad.

Ese tramo previo es el más difícil de identificar. Según el Barómetro de Salud Mental en el Trabajo (2023), basado en más de 2.100 entrevistas a empleados en España, los trabajadores se ponen de media un 7 sobre 10 en salud mental. Sin embargo, al profundizar en la situación real, dos de cada tres reconocen vivir situaciones de estrés laboral y más de la mitad habla de fatiga. Esa diferencia entre la percepción y la realidad es precisamente donde se instala el problema. Es un desgaste que no siempre se expresa de forma clara, pero que va acumulándose poco a poco hasta que termina pasando factura.

Señales silenciosas que muchas empresas no ven

En ese proceso previo a la baja, hay indicadores que suelen repetirse. No son síntomas evidentes ni inmediatos, pero sí señales que, juntas, dibujan un patrón bastante claro. Entre ellas, destacan el cansancio constante, las dificultades para dormir, la irritabilidad o la pérdida de interés por actividades cotidianas. A esto se suma otro factor cada vez más común: la falta de desconexión real del trabajo.

Los datos lo reflejan con claridad. El 81% de los empleados reconoce revisar mensajes laborales fuera de su horario, mientras que el 79% pasa más de seis horas al día sentado. Un cuerpo que apenas se mueve y una mente que no descansa del todo. La combinación de ambos factores termina generando un círculo difícil de romper. Dormir peor implica menos energía para cuidarse, y eso se traduce en más sedentarismo, más tensión física y más malestar general.

Salud mental y física es un problema que se retroalimenta

Uno de los puntos en los que más insiste la experta es en la relación directa entre salud mental y física. No son problemas aislados, sino que se alimentan entre sí. Cuando una persona arrastra semanas de malestar emocional, lo habitual es que su descanso empeore. A su vez, la falta de descanso reduce la capacidad de afrontar el día a día, tanto a nivel mental como físico.

El propio barómetro señala que el 54% de quienes sufren problemas psicológicos en el trabajo pierden las ganas de cuidarse. Esto se traduce en hábitos menos saludables, más dolor físico, especialmente musculoesquelético, y una mayor sensación de agotamiento. Ese proceso es progresivo y, precisamente por eso, pasa desapercibido. No hay un momento concreto en el que todo cambia, sino una suma de pequeñas señales que se van acumulando.

El error habitual es actuar cuando ya es tarde

En muchas empresas, la reacción llega cuando el problema ya es evidente. Es decir, cuando la baja ya se ha producido. A partir de ahí, se activan protocolos, sustituciones o medidas de reincorporación. Sin embargo, según Martín, ese enfoque llega tarde. El verdadero margen de actuación está antes, en ese periodo previo en el que todavía es posible intervenir.

El coste del absentismo, estimado en unos 16.000 euros por empleado al año, solo refleja el resultado final. No tiene en cuenta todo lo que ocurre antes: semanas o meses en los que el trabajador ya estaba en una situación de desgaste sin recibir apoyo.

La clave está en el acceso temprano a ayuda

Uno de los aprendizajes más claros que destaca la experta es que las personas sí buscan ayuda cuando pueden acceder a ella de forma sencilla. El problema no suele ser la falta de voluntad, sino las barreras. Listas de espera, burocracia o la necesidad de justificar constantemente la situación hacen que muchas personas retrasen ese paso. Cuando finalmente llegan a un profesional, el problema suele estar más avanzado.

Sin embargo, cuando el acceso es rápido y sin fricciones, los resultados cambian. Según los datos de Alan, el 75% de quienes acceden a terapia lo hacen por primera vez, y el 80% de los que siguen programas guiados para dolor de espalda experimentan mejoras.

Prevenir antes que gestionar

El enfoque, por tanto, debería cambiar. No se trata sólo de gestionar las bajas cuando ya se producen, sino de intervenir antes de que se conviertan en inevitables. Eso implica revisar las condiciones de trabajo, facilitar la detección temprana del desgaste y, sobre todo, garantizar un acceso real a profesionales de salud mental y física.

Porque, como resume Marta Martín, el problema no aparece de un día para otro. Se construye poco a poco, en silencio, hasta que llega un punto en el que ya no se puede sostener. Y es precisamente ahí donde muchas empresas siguen llegando tarde.

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