Crisis de deuda: el bono en EEUU se dispara a máximos de 20 años y multiplica el riesgo de impago en el país
El mercado está exigiendo una mayor rentabilidad para financiar al Tesoro
El mercado de deuda vive días en el punto de mira. El rendimiento del bono estadounidense a diez años ha superado el 5%, un nivel que no se veía desde 2007. También las rentabilidades de la deuda europea han escalado; en el caso de España, el bono a 10 años ronda el 4%.
Que el bono estadounidense a diez años haya superado máximos de casi dos décadas indica que el mercado está exigiendo una mayor rentabilidad para financiar al Tesoro. Y esto, en definitiva, es resultado de una mayor presión inflacionista y unas necesidades de financiación cada vez mayores, no porque los inversores estén dudando de la capacidad de pago de Estados Unidos.
En este sentido, Estados Unidos mantiene déficits muy elevados y necesita emitir grandes volúmenes de deuda para financiarlos. Cuantos más bonos salen al mercado, mayor es la cantidad de títulos que los inversores tienen que absorber y, si la demanda no crece al mismo ritmo, el Tesoro debe ofrecer rentabilidades más atractivas.
A esto se suma que el aumento de la deuda y la expectativa de déficits persistentes elevan la prima que los inversores exigen por prestar dinero a largo plazo.
Pablo Vega, analista de Roams, añade un segundo elemento. El repunte de la energía, con el Brent por encima de los 100 dólares debido a la inestabilidad geopolítica en Oriente Medio, introduce nuevas presiones. Si el petróleo permanece caro durante más tiempo, aumenta el riesgo de que la inflación tarde más en moderarse y de que la Reserva Federal tenga que mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo. Eso también presiona al alza las rentabilidades de los bonos.
Por tanto, para Vega, el 5% no refleja dudas sobre si Estados Unidos va a pagar su deuda, sino una compensación mayor por prestar a diez años en un escenario de inflación, tipos elevados, déficits persistentes y emisiones masivas de deuda.
Riesgo de extenderse a Europa
El problema de fondo es que una rentabilidad mayor del bono no se queda únicamente en las pantallas de los mercados. Termina afectando al coste al que los Estados refinancian su deuda.
Además, el Treasury es una de las principales referencias de la renta fija mundial. Cuando ofrece rentabilidades cercanas al 5%, obliga al resto de bonos soberanos a competir por el capital internacional.
Grandes fondos, aseguradoras y gestoras comparan continuamente la rentabilidad y el riesgo de Estados Unidos con Europa. Por eso, una subida fuerte del bono estadounidense termina ejerciendo presión sobre las rentabilidades europeas.
Eso no significa, explica el experto, que los bonos europeos tengan que igualar el rendimiento estadounidense. Entran en juego el riesgo de divisa, las coberturas y las perspectivas económicas de cada país. Pero sí eleva el nivel de rentabilidad que el mercado exige globalmente.
En este contexto, si Estados Unidos eleva el nivel general de rentabilidad exigido a la renta fija, la prima que termina pagando cada Estado depende de sus propias cuentas y de la confianza del mercado.
En el caso de España, a corto plazo, la deuda es sostenible porque el Tesoro cuenta con una vida media elevada de la deuda y un coste medio todavía relativamente contenido. Esto hace que las subidas de los tipos del mercado no se trasladen de golpe a toda la cartera de deuda.
Sin embargo, el problema aparece si este escenario se prolonga durante varios años. «Cada vez más emisiones antiguas, contratadas a tipos bajos, irán venciendo y tendrán que refinanciarse a costes superiores» explica Vega.
Además, ese proceso ya empieza a tener impacto presupuestario. Según las estimaciones de Funcas, el gasto anual por intereses podría pasar de unos 40.000 millones de euros en 2025 a alrededor de 57.000 millones en 2030 si los tipos se mantienen en niveles similares a los medios de 2025.
Aproximadamente la mitad de ese aumento procederá de la refinanciación de deuda antigua a tipos más altos y la otra mitad de la nueva deuda necesaria para cubrir los déficits. Si el precio del dinero se sitúa por encima de lo previsto, la factura superaría los 60.000 millones.
Vega advierte además de que el crecimiento económico está ocultando parcialmente el problema. La deuda pública española se situó en el 101,5% del PIB en junio, aunque en términos absolutos continuó aumentando hasta los 1,763 billones de euros. Es decir, la mejora de la ratio se explica por el crecimiento del PIB nominal, no porque España esté reduciendo el volumen total de deuda.
Alta demanda de deuda
«Por tanto, hoy no hay un problema inmediato de sostenibilidad, pero sí un riesgo creciente si coinciden durante varios años tipos elevados, déficits persistentes y una desaceleración del crecimiento», señala Vega.
En esta misma línea, Javier Cabrera advierte de que el tipo de interés del bono a diez años ha subido 70 puntos básicos en apenas un año y que «posiblemente no hayamos visto el techo». A su juicio, este movimiento va a tener una seria repercusión en las cuentas públicas y, cuando el crecimiento de la economía se normalice, «el impacto de estos tipos se notará mucho más».
La clave, por tanto, estará en comprobar si el Tesoro sigue encontrando compradores para sus nuevas emisiones sin un deterioro significativo de las condiciones. Cabrera apunta precisamente a la sobresuscripción de las emisiones de deuda española como uno de los indicadores que permiten medir el apetito de los inversores. «De momento la demanda es muy alta y no hay signos de deterioro, pero esto puede cambiar en los próximos meses», señala.
Mientras España pueda colocar sus emisiones con una demanda sólida, el escenario será principalmente el de una financiación más cara y no el de dificultades para financiarse. El riesgo estaría en que el encarecimiento de los bonos se prolongue durante años, coincida con déficits persistentes y termine reduciendo el margen fiscal del Estado.
En ese escenario, el 5% del bono estadounidense deja de ser únicamente un dato de Wall Street para convertirse en una referencia del mercado global de deuda en el que los Estados europeos tendrán que seguir compitiendo por el capital de los inversores.
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