Más allá del beneficio: así funciona la inversión social que transforma el mundo
Los números ya no vuelan por sí solos. Hace mucho que no sólo interesan los beneficios o resultados de las compañías y organizaciones, también es esencial que haya detrás de esas cifras un impacto positivo sobre la comunidad en la que desarrolla su actividad.
Transformar el mundo es una responsabilidad de todos, por ello, en este momento, las compañías están alineadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, así como con los criterios ESG –Environmental, Social and Governance–. Es decir, factores ambientales, sociales y de gobierno corporativo que se tienen en cuenta a la hora de llevar a cabo inversiones económicas destinadas a dar respuesta a los grandes desafíos socioeconómicos y medioambientales.
Inversión de impacto social
Y es que la inversión de impacto social tiene cada día más peso en los mercados internacionales, ya que tienen la capacidad de abordar y buscar vías de solución para problemas actuales y urgentes, como son la pobreza, la desigualdad, el acceso a la educación o la sostenibilidad.
Sin embargo, su potencial aún está lejos de ser plenamente aprovechado, como apunta un reciente informe elaborado por la Cátedra de Impacto Social de la Universidad Pontificia Comillas, elaborado en el marco de la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (4FfD). Una cita que, según el director de la Cátedra de Impacto Social de la Universidad Pontificia Comillas-ICADE, Carlos Ballesteros, «está generando grandes oportunidades y expectativas para, en un momento de máxima convulsión e incertidumbre geopolítica, reivindicar el papel de la inversión de impacto y la colaboración público-privada en el desarrollo sostenible e inclusivo».
El poder de la colaboración
Indica, en primer lugar, que la inversión social con poder de cambio no es una novedad, pero sí que ha cobrado fuerza en la última década como respuesta a la creciente necesidad de financiar los citados ODS de la ONU. La diferencia con otras formas de inversión sostenible, que pueden limitarse a excluir sectores controvertidos, la inversión de impacto se define por su intencionalidad, ya que busca activamente generar un cambio positivo y medible en la sociedad o el medio ambiente. Lo cual puede materializarse en proyectos que promuevan la inclusión financiera, el acceso a la educación, la salud, la igualdad de género o la protección del medio ambiente, etc.
No obstante, y a pesar del crecimiento de la inversión con intención, el flujo económico sigue siendo insuficiente para cerrar la brecha de financiación de los ODS. En 2022, los activos gestionados bajo esta modalidad superaron los 1,1 billones de dólares a nivel mundial; pero la mayoría de estos recursos se concentraron en países desarrollados, principalmente EEUU, Canadá y Europa Occidental. Mientras que una pequeña cifra llegó a regiones como África subsahariana, donde los flujos son más necesarios.
Esta disparidad refleja uno de los principales retos del sector: la alta percepción de riesgo que enfrentan los inversores al operar en contextos de bajos ingresos o con alta volatilidad económica.
El informe también apunta a los factores que limitan la movilización de capital privado. Entre ellos, la falta de datos fiables para evaluar el impacto, la escasa disponibilidad de instrumentos financieros adaptados a las necesidades locales, y la dificultad de acceder a financiación en moneda local.
Además, muchas pymes, especialmente en países en desarrollo, no pueden absorber los grandes volúmenes de inversión que suelen manejar los fondos internacionales, lo que las deja fuera del radar de los inversores, un fenómeno de oportunidades desaprovechadas conocido como missing middle.
De cara a los desafíos
Frente a estos desafíos, desde la Cátedra de Impacto Social con la que MAPFRE colabora se proponen diferentes líneas de acción estratégicas. Una de ellas, y según el análisis la más efectiva, es el uso de instrumentos de reducción de riesgo, como las garantías o los tramos de primeras pérdidas, que ofrecen una mayor seguridad, especialmente en contextos de alto riesgo.
También destaca la inversión en el fortalecimiento de los ecosistemas locales de inversión de impacto, promoviendo la inversión en moneda local, el desarrollo de capacidades y la participación de actores locales. Así como la necesidad de consensuar estándares de medición y gestión del impacto, para mejorar la transparencia, evitar el impactwashing –conocida como la simulación de impacto sin resultados reales– y facilitar la toma de decisiones por parte de los inversores.
Nuevos e innovadores enfoques
Además, tal como dice el informe, si queremos que algo funcione de otra forma, la estrategia también debe ser diferente. Por ello, subraya la importancia de proponer enfoques innovadores y colaborativos, como el papel de los fondos, los cuales invierten en gestoras locales, alianzas entre fondos soberanos para impulsar estrategias regionales o iniciativas lideradas por ONGs y entidades filantrópicas que, gracias a su conocimiento del terreno, pueden llegar a comunidades desatendidas con soluciones adaptadas a sus realidades.
«Estas experiencias demuestran que es posible combinar capital paciente con impacto transformador, y que el éxito de la inversión de impacto no depende solo del volumen de recursos movilizados, sino también de su calidad y alineamiento con las prioridades locales», defiende Ballesteros.
Ir más allá de la captación de capital
Aunque debemos tener en cuenta, llama la atención, que no basta con atraer capital, también debemos diseñar estructuras financieras que respondan a las necesidades reales, fomentar la colaboración entre actores públicos y privados, y garantizar que el impacto generado sea tangible y verificable.
«La inversión de impacto representa una oportunidad única, pero su crecimiento no sólo depende de la voluntad de los inversores, sino también de la capacidad de los gobiernos, instituciones financieras y sociedad civil para crear un entorno propicio, transparente y colaborativo», termina.
En definitiva, las finanzas dejan de ser neutras para convertirse en una poderosa herramienta de transformación del mundo; pero debe haber voluntad colectiva de todos los agentes sociales.
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