Radiografía a la figura de Griezmann: «Es capaz de ponerse el esmoquin para jugar y el mono para trabajar»
El francés disputa este domingo su último partido en el Metropolitano antes de emigrar a la MLS de Estados Unidos
Anotó el primer gol de la historia en el Metropolitano y se marcha como máximo goleador de siempre del Atlético
Martín Lasarte, técnico que hizo debutar a Griezmann en Primera División, analiza en OKDIARIO la dimensión del galo
¿Qué queda cuando todo termina? El contador de Griezmann en el Atlético llega, de manera inexorable, a cero. Se apaga en el Metropolitano, donde ya se hablará en pasado sobre su figura. Con lo que duele dialogar en pretérito. «¡Qué jugadorazo era!». «¿Te acuerdas de aquel gol?». «Daba sentido al juego». Son algunas de las expresiones que se rumiarán de aquí en adelante en las entrañas del feudo rojiblanco, que este domingo despide a su leyenda. A Antoine Griezmann. Al máximo goleador (212 goles) histórico del club, al cuarto que más veces (499 partidos) se ha vestido de rojiblanco.
Al hincha solo colchonero le quedarán las conversaciones de sobremesa o rebobinar la cinta y darse un maratón de goles de Griezmann en rojiblanco durante la tarde de un domingo. El Metropolitano dice adiós a su estandarte. Con todas las letras, porque de Griezmann solo se puede escribir así, con el tono épico de las cosas trascendentales. A Griezmann el Atlético le ha cambiado la vida mientras él se la daba a sus aficionados. En el francés todo tiene una razón de ser. Desde su personalidad, viva, pero reservada; hasta su fútbol, infalible a sus 35 años.
«Es uno de los cinco jugadores más importantes de la historia del Atlético, por no decirte uno de los tres», asegura a OKDIARIO Martín Lasarte, técnico que hizo a Griezmann en Primera División con la Real Sociedad. A sus manos llegó en 2009, procedente de Francia, un joven Griezmann carente de las condiciones físicas que buscaba el fútbol francés. Las de un arquetipo de futbolista alto, fuerte y veloz. Él era bajito y más bien enclenque. Por eso coleccionó rechazos en Lyon, Sochaux, Saint-Étienne, Metz y Auxerre. «Era delgado, pero valiente. Transmitía una sensación de madurez muy por encima de su edad y aspecto físico», recuerda Lasarte.
Cinco calabazas y una temeridad
En 2009, el entonces técnico de la Real Sociedad, necesitaba un zurdo para la banda. Y Griezmann no fue la primera opción, tampoco la segunda. ¿Otro rechazo? «La verdad es que llegó por casualidad, las cosas como son. Mientras buscábamos un jugador en el mercado, subimos a un chico del filial para la pretemporada, pero se lesionó y me mandaron un juvenil que era Griezmann. Hizo la pretemporada con el primer equipo a un gran nivel y marcando goles y no dudé. Dije que no había que buscar más, que Griezmann se quedaba. ‘Es una temeridad’, me dijeron», cuenta Martín.
Griezmann llevaba desde 2005 en la estructura de la Real Sociedad, pero en 2009 todavía vislumbraba su hogar a través de la ventana de su habitación. ¿Quién no echa de menos su hogar? «Sus padres me decían que lo cuidáramos. Ellos vivían al norte de Francia y no podían venir siempre. Yo hablaba mucho con ellos, pero Griezmann era muy despierto. Enseguida hizo migas en el vestuario con jugadores uruguayos. Al principio se cambiaba en el vestuario del filial, hasta que, entrada la temporada, pasó al del primer equipo. Recuerdo que, al ser juvenil, dudaban si ponerle en la foto de toda la plantilla, y yo me acuerdo que dije ‘¿Cómo no lo vamos a poner? El chico está jugando,vamos a ascender, y no va a estar en la foto. ¿Cómo no va a estar en la foto?’ Al final salió», cuenta el técnico uruguayo.
Resulta que el zurdo que necesitaba Lasarte estaba en casa. «En el cuarto o quinto partido cogió la titularidad y no la soltó. Enseguida demostró ser mucho más que aquel chico tímido del primer día. Era vivo para tomar decisiones. Era y es capaz de ponerse un esmoquin para jugar y un mono de trabajo para colaborar. No abundaba un chico de calidad y que trabajara tanto. Hacía muy bien la banda. Era un extremo izquierdo, pero se metía bien para adentro, centraba muy bien, tenía gol, asistía muy bien, llegaba en segunda línea siempre por sorpresa… Para llegar a ser top, como ha sido, hay que tener una gran calidad técnica y física, pero fundamentalmente una gran calidad mental. Él tenía un potencial mental volitivo. Muy por encima de la media. Era ganador y competitivo, no quería perder a nada», desvela Lasarte.
Griezmann, la obra perfecta esculpida por Simeone
Esa faceta, de jugador hormiga y al mismo tiempo mariposa, es la que más ha tallado Simeone. Griezman ha sido y es un futbolista que vuela como una mariposa y pica como una abeja. Pero sin escatimar una carrera hacia atrás, una entrada para cortar el juego, un empujón con el rival y la presión para forzar un saque de banda. El mérito de Simeone no fue conseguir que una estrella trabaje como un telonero, sino que encima la estrella disfrute haciéndolo. «Griezmann entendió que para ser un jugador top tenía que ser un jugador completo. Cuando juega tiene una túnica de ángel, pero también la cola del diablo. Es zorro, pícaro, inteligente, despierto…», ajusta Lasarte.
Así se hizo un nombre en el Atlético, no sin pasar, claro está, por la mili cholista que debe superar cada jugador fichado entre 2012 y la actualidad por el club rojiblanco. Griezmann pasó por el servicio militar de Simeone durante cuatro meses en los que fue convencido de que tenía que pasar de extremo izquierdo a orquestar el juego ofensivo. «Lo que con alguien te podía llevar dos o tres mensajes, con él uno solo y ya estaba. No recuerdo un jugador tan inteligente para saber cuándo había que acelerar, cuándo había que frenar, cuándo había que jugar largo, cuándo había que jugar corto, cuándo había que amagar que iba a jugar para atrás, cuándo llegar por sorpresa a segunda línea… Estamos hablando de decisiones, no de gestos técnicos», recalca Lasarte.
Y como de decisiones va el asunto, la de Griezmann de marcharse al Barcelona un año después de hipermediatizar en un documental su decisión de rechazar a los azulgranas todavía hay quien no la olvida. En 2018 cerró las puertas que en 2019 cruzó para, dos años más tarde, regresar al Atlético. «A Griezmann le identifica su sonrisa. Cuando la tiene, ese día es un gran día. En el Barcelona no le veía reír. No pudo ser él mismo, quizás por lo que generaba Messi o generaban otros… A veces es preferible estar en un equipo donde te cobijan mucho, te quieren mucho y te aprecian mucho. En el Atlético sí he visto su sonrisa», finaliza Martín Lasarte.
Griezmann volvió, pidió perdón en todos los idiomas posibles y dio forma con los pies a sus disculpas. Partido a partido. Gol a gol. Entrada a entrada. Carrera a carrera. No consiguió el definitivo de todos, tal vez. Aunque sí se lleva para siempre el cariño y la admiración de todos los aficionados, incluido, si permiten la licencia, el de quien escribe estas líneas. Y eso es mucho. ¿Qué queda cuando todo termina? Tal vez nada termine y simplemente se transforme. Porque Griezmann, tal y como él mismo dijo a la estatua de Luis Aragonés, «será atlético de por vida». En Orlando y en cualquier sitio. Merci, Antoine.
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