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Entrevista OKDIARIO

Albert Espigares: el español que vino a México por 20 días y encontró una vida

Albert Espigares llegó a para pasar unos días en México y ahora ha hecho una vida

No olvida su querida España, sus raíces y a su familia

Entrenó a Marc Cucurella en las categorías inferiores del Espanyol

Hay entrenadores que hablan de táctica. Otros hablan de títulos. Albert Espigares (Mataró, 1978) habla de personas. Quizá por eso, después de más de tres décadas vinculado al fútbol y casi veinte años viviendo en México, sigue definiéndose de la misma manera: como un apasionado de la formación. Como alguien que encontró en un hobby una forma de vida.

Su historia no empieza en un gran estadio. Empieza en un colegio de Mataró, el Turó, cuando apenas tenía 13 años y le encargaron entrenar a niños de nueve. «No sabía entrenar. Hacía lo que me hubiese gustado que hicieran conmigo», explica. Entre juegos, risas y una enorme dosis de intuición nació una vocación que ya nunca le abandonaría.

Del patio del colegio a las grandes canteras

Aquellos primeros pasos fueron el inicio de un largo camino de aprendizaje. Espigares se formó como técnico, trabajó en distintas academias y acabó llegando a una de las canteras más prestigiosas del fútbol español: la del Espanyol.

Fueron casi cuatro años marcados por el crecimiento de jóvenes talentos que después llegarían al fútbol profesional. Entre ellos, un nombre destaca por encima de todos: Marc Cucurella.

Sin embargo, cuando Albert recuerda aquella etapa, no habla de futuros internacionales ni de estrellas. Habla de familias. Habla de padres que acompañan cada entrenamiento, de sacrificios silenciosos y de la enorme dificultad que supone llegar a la élite.

Porque para él, el verdadero éxito nunca ha sido fabricar futbolistas. «El objetivo es entregar al mundo personas de bien. Lo deportivo viene después», explica. Esa frase resume buena parte de su filosofía.

Un viaje de 20 días que dura 18 años

La vida le tenía preparada una aventura inesperada. Lo que debía ser un curso de apenas veinte días en México acabó convirtiéndose en un proyecto de vida. Han pasado ya 18 años.

No fue sencillo. Los primeros tiempos estuvieron llenos de incertidumbre. Descubrió que llegar a otro país exige mucho más que conocimientos de fútbol. Hay que entender la cultura, adaptarse al lenguaje, comprender la forma de pensar de la gente. Hay que ganarse el sitio.

«En México aprendí que antes de enseñar, tenía que aprender», reucerda. Y lo hizo. Tras unos primeros años complicados, llegó la oportunidad en Santos Laguna. Allí vivió siete temporadas que recuerda como una etapa decisiva. Después vendrían casi siete años más en Atlas, consolidándose como uno de los grandes especialistas en formación de talento dentro del fútbol mexicano.

Procesos largos, paciencia y una idea muy clara: «Tiempo y trabajo. Tiempo y trabajo. Tiempo y trabajo». Una fórmula sencilla que ha guiado toda su carrera y que le sigue acompañando hoy en día.

Puebla y el salto al primer equipo

Actualmente, Espigares dirige el proyecto de formación del Puebla, donde lleva dos años construyendo una estructura que permita desarrollar futbolistas desde las categorías inferiores.

Pero recientemente le llegó uno de los mayores desafíos de su trayectoria: asumir la dirección del primer equipo. Una experiencia completamente distinta. La responsabilidad de un escudo histórico, la presión de los resultados y la exigencia de competir en una de las ligas más apasionadas del continente le ofrecieron una nueva perspectiva. «Ahora entiendo mucho mejor lo que se necesita para llegar arriba», comenta.

Lejos de cambiar su visión, esta experiencia reforzó una convicción que siempre ha defendido: el talento necesita preparación, pero también humanidad. Porque en la élite los detalles marcan diferencias. Y la competencia es feroz.

El orgullo llamado Marc Cucurella

Pocos nombres le provocan tanta emoción como el de Marc Cucurella. Lo entrenó siendo un niño y hoy lo observa convertido en uno de los mejores laterales izquierdos del mundo.

Pero cuando habla de él, no destaca sus títulos ni sus actuaciones con España o el Chelsea. Habla de su calidad humana. De sus valores. De la educación recibida en casa. Y de la capacidad para afrontar situaciones personales complejas sin perder nunca la humildad. «Si no fuese buena persona, habría sido imposible trabajar con él», explica.

Para Espigares, el fútbol siempre empieza ahí. En la persona. Todo lo demás es consecuencia. La nostalgia de quien construyó una segunda casa. Aunque México le ha dado oportunidades, crecimiento profesional y una familia, hay algo que nunca ha desaparecido: la nostalgia.

Sus padres, su hermana, sus raíces y su país, España, siguen presentes en cada conversación. Cada año cruza el charco junto a su mujer y sus dos hijos, que son mexicanos y «‘¡también españoles!», como destaca Albert. Cada día intenta hablar con los suyos, aunque el cambio de hora lo hace complicado.

Y cada vez que observa el éxito de un futbolista al que acompañó durante su formación, conecta inevitablemente con aquellos primeros años en Barcelona. «No he querido cortar nunca ese cordón umbilical», señala. Quizá porque sabe que las raíces no se sustituyen. Se llevan contigo.

El entrenador que cree en las personas

Después de más de treinta años formando jóvenes, Albert Espigares sigue defendiendo una idea que parece sencilla, pero que cada vez resulta más valiosa. Los futbolistas pasan. Los títulos pasan. Los resultados pasan. Las personas permanecen.

Por eso sigue disfrutando de cada entrenamiento, de cada conversación con un jugador y de cada oportunidad para ayudar a alguien a crecer. Porque, en el fondo, Albert nunca ha dejado de ser aquel chico de 13 años que entrenaba a otros niños en el patio de un colegio. Sólo que ahora tiene mucha más experiencia. Y la misma pasión.