La psicología llega a la conclusión que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se volvieron fuertes debido a una mejor crianza, sino porque aprendieron a controlar esta emoción concreta
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- Laura Mesonero
- Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.
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La infancia de los niños que nacieron en la década de 1960 y 1970 poco tiene que ver con la de los niños de ahora. El escenario era la calle, el bocadillo de mantequilla y azúcar el protagonista y la goma, las chapas o el potro, el entretenimiento por excelencia. Ahora, el escenario es bien distinto. Consiste en cuatro paredes, una pantalla y la mirada atenta de un adulto que procura que todo esté bien.
La forma de experimentar la infancia influye directamente en el desarrollo de ciertas características de la personalidad y es aquí donde se aprecia la mayor diferencia. La resiliencia que desarrollaron los niños de antes no tiene lugar en la personalidad de los niños de ahora. Y eso se ve especialmente reflejado en la gestión de una emoción concreta muy necesaria.
La emoción que aprendieron a gestionar: la frustración
La frustración es una emoción inevitable. Aparece cuando algo no sale como esperamos, cuando tenemos que esperar, cuando perdemos o cuando no conseguimos lo que queremos. Y aunque hoy muchas veces intentamos evitar que los niños experimenten malestar, los expertos señalan que aprender a atravesarlo es fundamental para desarrollar recursos emocionales.
Los niños de generaciones anteriores vivían más situaciones en las que tenían que esperar, negociar y adaptarse. Si un juego no salía bien, tenían que buscar otra solución. Si había un conflicto con otro niño, muchas veces intentaban resolverlo entre ellos antes de acudir a un adulto. Si se aburrían, tenían que inventar algo para entretenerse.
Estas experiencias favorecieron el desarrollo de habilidades como la paciencia, la autonomía o la capacidad de encontrar soluciones.
La independencia no siempre significa inteligencia emocional
Una de las grandes confusiones alrededor de estas generaciones es pensar que hacer las cosas solo equivale automáticamente a tener una mejor gestión emocional. La autonomía y la regulación emocional son conceptos diferentes.
Un niño que tiene libertad para explorar, equivocarse y tomar pequeñas decisiones desarrolla confianza. Pero también necesita adultos disponibles que le ayuden a entender qué siente y cómo manejarlo.
La psicología diferencia entre:
- Autonomía respaldada: el niño tiene libertad, pero sabe que puede acudir a un adulto cuando lo necesite.
- Regulación emocional: aprende a identificar, expresar y gestionar sus emociones.
- Silencio emocional: aprende que mostrar miedo, tristeza o enfado es una debilidad y empieza a esconder lo que siente.
Este último caso no genera fortaleza, sino una forma de adaptación basada en ocultar el malestar.
La crianza estricta no es la clave de la fortaleza emocional
Durante años se ha repetido la idea de que las generaciones anteriores eran más fuertes porque «nadie les preguntaba cómo se sentían». Pero la investigación psicológica apunta a que una educación rígida no garantiza adultos emocionalmente preparados.
La adversidad puede enseñar, pero también puede dejar heridas. Todo depende de cómo se viva esa experiencia y de si existe apoyo alrededor.
Un niño que aprende a enfrentarse a pequeños retos acompañado desarrolla confianza. Un niño que aprende que tiene que soportarlo todo solo puede terminar asociando la vulnerabilidad con debilidad.
Lo que los padres actuales pueden aprender de aquella infancia
La clave no está en volver exactamente a la infancia de los años 60 y 70, sino en recuperar algunos elementos que podían ser beneficiosos: más autonomía, más juego libre y más oportunidades para resolver pequeños problemas.
Los expertos recomiendan:
- Permitir que los niños hagan tareas adaptadas a su edad.
- No solucionar inmediatamente cada problema.
- Dejar espacio para el aburrimiento y la creatividad.
- Enseñarles a identificar lo que sienten.
- Mostrarles que pedir ayuda es una habilidad y no una debilidad.
El objetivo no es evitarles cualquier frustración, sino acompañarlos para que aprendan a atravesarla.
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