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Lao Tsé, filósofo chino, sobre la sabiduría: «El hombre que sabe, no habla; el hombre que habla, no sabe»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Pocas tradiciones han reflexionado tanto sobre la sabiduría como la filosofía china antigua. Entre sus textos fundamentales figura el Tao Te Ching, atribuido a Lao Tsé, una obra breve que se lee desde hace más de 2.000 años y que se considera uno de los libros más traducidos del mundo. Muchas de sus frases han pasado al lenguaje común y vaya que han pegado fuerte.

Una de ellas resume en dos líneas una idea que parece contradictoria: «El hombre que sabe, no habla; el hombre que habla, no sabe». A primera vista, podría interpretarse como un elogio del silencio o una crítica a quienes se expresan en público. Sin embargo, su sentido es más profundo y tiene que ver con la forma en que el taoísmo entiende el conocimiento.

¿Qué quiso decir Lao Tsé sobre la sabiduría con «el que sabe no habla»?

La frase abre el capítulo 56 del Tao Te Ching y, en chino clásico, ocupa solo ocho caracteres: zhi zhe bu yan, yan zhe bu zhi. Su clave está en el propio concepto del Tao (el principio que, según esta filosofía, ordena todo lo que existe), que para Lao Tsé no puede encerrarse en palabras.

Así lo plantea ya el primer capítulo: «El Tao que puede ser nombrado no es el Tao eterno».

De ahí se desprende el sentido del aforismo: la sabiduría auténtica es una experiencia, no un discurso. Quien ha comprendido algo esencial sabe que cualquier explicación se queda corta, y por eso no siente la necesidad de exhibirlo. En cambio, quien habla sin parar para demostrar lo que sabe suele revelar, sin pretenderlo, que todavía no ha llegado al fondo de la cuestión.

No se trata, por tanto, de un elogio del silencio absoluto, sino de la contención. El mismo capítulo continúa con una serie de consejos que, en una de sus traducciones habituales, dicen así: «Cierra la boca, cierra las puertas, embota el filo, deshaz los nudos, atenúa el brillo, únete al polvo».

Para los comentaristas, es una invitación a renunciar a la vanidad y al deseo de destacar.

Sobre Lao Tsé y el «Tao Te Ching»: un libro de apenas 5.000 caracteres

Para ser honestos, sobre Lao Tsé se sabe muy poco con certeza. La tradición lo sitúa en el siglo VI antes de Cristo y lo presenta como archivero de la corte de la dinastía Zhou. Su primera biografía la escribió el historiador Sima Qian hacia el año 100 a. C., varios siglos después, y ya entonces mezclaba datos dudosos con relatos legendarios.

Según esa leyenda, cansado de la decadencia del reino, Lao Tsé decidió marcharse hacia el oeste a lomos de un búfalo. Al llegar a un paso fronterizo, el guardián Yinxi le pidió que dejara por escrito sus enseñanzas antes de partir. El resultado fue un texto de unos 5.000 caracteres repartidos en 81 capítulos breves, tras lo cual el sabio desapareció sin dejar rastro.

Por su parte, la arqueología ha confirmado que el libro es muy antiguo. En 1973 aparecieron dos copias escritas sobre seda en las tumbas de Mawangdui, fechadas en el siglo II a. C., y en 1993 se hallaron en Guodian unas tablillas de bambú de hacia el año 300 a. C. que recogen parte del texto, incluidos fragmentos del capítulo 56, y que son la versión más antigua que se conserva.

A reflexionar: ¿Hablar para demostrar o callar para comprender?

Más de dos milenios después, la psicología ha llegado a conclusiones que recuerdan a la intuición de Lao Tsé.

En 1999, los investigadores Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell, publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology un estudio según el cual las personas con menos competencia en una materia tienden a sobrestimar su propio nivel. Se le conoce como efecto Dunning-Kruger.

La explicación es casi un juego de espejos: las mismas habilidades que se necesitan para hacer bien una tarea son las que permiten detectar los propios errores.

Por eso, quien sabe poco carece de las herramientas para darse cuenta de ello y suele mostrarse más seguro. Quien domina un tema, en cambio, conoce sus límites y tiende a ser más prudente al opinar.

Por otro lado, pero en el mismo marco, un trabajo dirigido por Mark Leary, de la Universidad de Duke, y publicado en 2017 en Personality and Social Psychology Bulletin profundizó en esa idea a través de la humildad intelectual (la capacidad de reconocer que las propias creencias pueden estar equivocadas).

Las personas con mayor puntuación en este último rasgo distinguían mejor los argumentos sólidos de los débiles y juzgaban menos a los demás por sus opiniones.

El silencio como forma de sabiduría en tiempos de ruido

La frase de Lao Tsé adquiere un sentido especial en una época dominada por la opinión constante. Las redes sociales y las plataformas de streaming premian la rapidez y la rotundidad, y el silencio se interpreta a menudo como falta de criterio. Para el taoísmo ocurre justo lo contrario: callar a tiempo es una señal de que se ha comprendido, no de que se ignora.

Esta idea enlaza con otro concepto central del Tao Te Ching, el wu wei, que suele traducirse como no acción o acción sin esfuerzo.

Y esto último no simboliza pasividad o «tibieza», sino actuar sin forzar las cosas, del mismo modo que el agua (una de las imágenes favoritas de Lao Tsé) se adapta a cualquier obstáculo y, aun así, acaba por desgastar la roca.

Desde luego, la paradoja no pasó desapercibida ni siquiera en la propia China. En el siglo IX, el poeta Bai Juyi, de la dinastía Tang, dedicó a la frase unos versos irónicos en su poema Leyendo a Lao Tsé.

Si quien sabe calla y Lao Tsé era un sabio, se preguntaba: «¿Por qué había escrito un libro de 5.000 caracteres?».