La frase de Buddha sobre el autoconocimiento: «El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero un insensato que se cree sabio es, en verdad, un insensato»
Una frase que hace referencia a ser conscientes de nuestras propios errores
Las ciudades que conocemos están a punto de desaparecer con el nuevo ladrillo capaz de enfriar los edificios hasta 9ºC sin aire acondicionado
Construyen en 34 días un bloque de pisos y ya es el edificio más grande de Europa construido con una impresora 3D y tres trabajadores
La planta rastrera resistente al calor y a la sequía para que tu jardín explote de flores y colores en pleno verano

No siempre resulta cómodo admitir que uno no tiene razón o que, directamente, no sabe algo. De hecho, lo habitual es justo lo contrario ya que siempre queremos intentar sostener la postura, mantener la seguridad y salir del paso como sea. Es algo bastante humano que a todos nos pasa en algún momento.
Sin embargo, hay ideas que invitan a darle la vuelta a eso. Una de ellas aparece en el Dhammapada, uno de los textos más conocidos del budismo, y lo hace de forma bastante directa, sin rodeos ni explicaciones complicadas. La frase dice así: «El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero un insensato que se cree sabio es, en verdad, un insensato». Puede sonar a juego de palabras, pero en realidad apunta a algo muy concreto que tiene que ver con la diferencia entre avanzar o quedarse donde uno está.
«El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero un insensato que se cree sabio es, en verdad, un insensato»
Equivocarse no es el problema sino que el problema suele venir después. A nadie le gusta quedar en evidencia, ni reconocer que ha fallado delante de otros, ni siquiera ante uno mismo. Por eso muchas veces se tiende a justificar, a minimizar o a cambiar el tema.
Es una reacción casi automática. El ego entra en juego sin que uno se dé cuenta, así que cuanto cuanto más se intenta defender una postura equivocada, más difícil resulta salir de ahí. Sin embargo, cuando alguien es capaz de parar y decir «vale, aquí me he equivocado» o «esto no lo sé», pasa algo curioso. Se libera tensión y sobre todo, se abre la posibilidad de aprender algo nuevo.
Puede parecer un gesto pequeño, pero no lo es tanto. En el fondo implica aceptar que no se tiene el control de todo, y eso no siempre resulta fácil.
La diferencia no está en fallar, sino en cómo se reacciona
La frase no dice que el sabio no se equivoque. De hecho, da a entender lo contrario. Lo que marca la diferencia es lo que ocurre después ya que una persona puede cometer un error y, aun así, estar en el camino de aprender. Otra puede cometer el mismo error y quedarse ahí, repitiéndolo sin darse cuenta o sin querer verlo.
Ahí es donde aparece la idea clave: reconocer la propia «insensatez», por llamarlo de alguna forma, no te hace menos inteligente sino más bien al contrario. Y en la práctica, esto se ve en situaciones muy cotidianas como por ejemplo en una conversación en la que alguien insiste aunque no tenga razón. Un trabajo en el que se repite el mismo fallo porque nadie quiere admitirlo. O incluso decisiones personales que se mantienen solo por orgullo.
El problema de sentirse demasiado seguro
Hay algo que suele pasar desapercibido y es que sentirse completamente seguro de todo puede ser una trampa. Cuando alguien cree que ya sabe suficiente, deja de cuestionarse las cosas. Y sin preguntas, no hay avance ya que todo se queda en el mismo punto, aunque no sea el correcto.
Esa seguridad excesiva puede parecer una ventaja, pero muchas veces es justo lo contrario. Porque bloquea cualquier posibilidad de cambio. Si todo está bien tal como está, ¿para qué revisar nada? Es ahí donde la frase de Buda resulta incómoda, porque señala algo que no siempre se quiere ver y es que la ignorancia no está en no saber, sino en creer que ya se sabe todo.
Una idea que la psicología también respalda
Aunque esta reflexión tiene siglos, encaja bastante bien con conceptos actuales. Uno de los más conocidos es el llamado efecto Dunning-Kruger y que es un fenómeno que describe cómo las personas con menos conocimiento en un tema tienden a sobreestimarse. No porque quieran engañar a nadie, sino porque no tienen herramientas suficientes para detectar sus propios errores.
En cambio, quienes tienen más experiencia suelen mostrarse más prudentes. Dudan más, matizan más y, sobre todo, reconocen con más facilidad lo que no dominan. Es curioso, pero bastante lógico ya que cuanto más sabes, más consciente eres de lo que te falta por aprender.
Aplicarlo en el día a día no es tan complicado
Llevado a lo cotidiano, el mensaje no es tan abstracto como parece. No se trata de volverse excesivamente crítico con uno mismo, ni de dudar de todo constantemente. Más bien tiene que ver con pequeños gestos. Por ejemplo, escuchar de verdad cuando alguien da otra opinión. O no tener problema en decir «no lo sé» sin intentar rellenar el silencio.
También ayuda revisar ciertas reacciones. Ese impulso de defender una idea sólo por no quedar mal, o esa necesidad de tener la última palabra, aunque no aporte nada. Cambiar eso no ocurre de un día para otro, pero se puede trabajar. Y cuando se hace, se nota.