El curioso oficio que tuvo su apogeo durante la posguerra española, aunque hoy nos parezca mucho más antiguo
La triste costumbre de la posguerra española que ya nadie hace
El mítico oficio que veíamos por toda España durante la posguerra
Durante la posguerra se veían por todas partes, pero hoy casi nadie practica este habilidoso oficio
La posguerra española configuró un país con recursos limitados y profundas desigualdades. En ese escenario, la fotografía seguía siendo un lujo para muchos hogares, especialmente fuera de los grandes núcleos urbanos. Sin embargo, la necesidad de conservar recuerdos (una boda, una comunión, un día de fiesta) seguía presente.
Fue ahí donde apareció con fuerza una figura que ya existía desde principios del siglo XX, pero que encontró en esos años su mayor expansión. Trabajaban en la calle, ofrecían precios populares y entregaban las copias en el acto o al día siguiente. Su auge coincidió con los años más duros de la posguerra.
¿Cuál es el olvidado oficio que tuvo su apogeo durante la posguerra española?
En la posguerra española, los fotógrafos minuteros y los llamados leiquistas ocuparon un espacio intermedio entre el estudio profesional y la ausencia total de imagen. Ambos aparecieron cuando el pluriempleo era habitual y muchos oficios ambulantes se multiplicaron como vía de subsistencia.
Para explicarlo mejor, dentro de la fotografía ambulante convivieron dos categorías bien diferenciadas. Por un lado, los minuteros, que utilizaban una voluminosa cámara de madera instalada sobre trípode.
En su interior se realizaba todo el proceso químico, desde la toma hasta el revelado y el positivado. El resultado se entregaba en pocos minutos, normalmente en formato tarjeta postal.
Por otro lado, a partir de los años 40 y 50, se consolidaron los leiquistas (también llamados leiqueros), equipados con cámaras ligeras de 35 mm, como la Leica o modelos similares. Esta tecnología permitió mayor movilidad y la posibilidad de cubrir eventos sociales o abordar a los clientes directamente en calles y playas.
En muchos casos, ambos perfiles coexistieron durante la posguerra española, compitiendo por un mismo público en un mercado saturado y precario.
La técnica artesanal detrás de los fotógrafos minuteros
La cámara minutera era un dispositivo tan simple en apariencia como complejo en su uso. Consistía en un cajón de madera que funcionaba simultáneamente como cámara oscura y laboratorio portátil.
En su interior había cubetas con revelador y fijador, un sistema de enfoque con vidrio esmerilado y un manguito de tela negra por el que el fotógrafo introducía el brazo para manipular el papel sensible sin velarlo.
El proceso se desarrollaba en varias fases: primero se obtenía un negativo directo sobre papel fotográfico; después, ese negativo se volvía a fotografiar para conseguir el positivo final.
Todo se hacía al aire libre, condicionado por la luz solar y la experiencia del profesional. Durante la posguerra española, la falta de materiales obligó a reutilizar cámaras antiguas, fabricar piezas de forma artesanal y trabajar con papeles de menor tamaño y calidad.
Telones, atrezos e indumentaria en tiempos difíciles de posguerra
Más allá de la técnica, el oficio incluía un componente escénico. Muchos minuteros utilizaban telones pintados con paisajes idealizados, monumentos o escenas exóticas.
Otros añadían elementos de atrezzo como caballitos de cartón, sillas decoradas o marcos de papel. Todo contribuía a ofrecer una imagen distinta de la realidad cotidiana, especialmente valiosa en un contexto como el de la posguerra.
La indumentaria de los fotógrafos también refleja la evolución social del oficio. Si en los años 20 predominaban el traje, la corbata y el sombrero, en las décadas posteriores se impuso una estética más funcional: bata de trabajo, boina y alpargatas.
Ese cambio visual acompañó la progresiva proletarización de una profesión cada vez más presionada por la competencia y la regulación administrativa.
¿Qué ocurrió luego con los fotógrafos minuteros?
Con el aumento del número de fotógrafos callejeros tras la guerra civil, los ayuntamientos comenzaron a regular la actividad. Se exigieron licencias, permisos y la adscripción a sindicatos oficiales. En ciudades como Madrid, a finales de los años 40, se contabilizaban cientos de profesionales entre minuteros, fotógrafos de ceremonia y ambulantes.
A partir de los años 70, la mejora del nivel de vida, el abaratamiento de las cámaras domésticas y la expansión de nuevos formatos provocaron un descenso progresivo del oficio. La fotografía dejó de ser excepcional y pasó a integrarse en la vida cotidiana.
Así, los minuteros fueron desapareciendo de calles y playas, quedando sus imágenes dispersas en álbumes familiares que hoy funcionan como pequeños archivos de la posguerra española.
Aunque su presencia actual es casi testimonial, aquel oficio cumplió una función clave: acercar la fotografía a quienes no podían acceder a un estudio, fijando en papel una memoria colectiva marcada por la escasez y la supervivencia cotidiana.
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