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Dabiz Muñoz: «La verdadera tortilla de patatas no lleva cebolla. Luego está la tortilla con cebolla, que es otra cosa»

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Tortilla de patatas. (Foto: Canva)
Rocío Álvarez
  • Rocío Álvarez
  • Periodista multimedia especializada en belleza, viajes y estilo de vida. Durante mis años de vida, la lectura se ha convertido en una compañera fiel y gracias a ella descubrí mi vocación: crear y transmitir a través de las palabras. Con esta convicción me matriculé para cursar Periodismo en la Carlos III y, después de años formándome, encuentro mi sitio en el mundo: COOL. ¿Mi ley de vida? Nunca desistas, porque el día que lo hagas siempre pensarás en lo que podría haber sido.

La tortilla de patatas es uno de esos platos que parecen inamovibles en la cocina española, casi un consenso nacional que cada cual defiende con fervor en cuanto a punto de cocción, grosor o incluso el eterno debate de la cebolla. Sin embargo, cuando alguien como Dabiz Muñoz se acerca a un icono así, lo que ocurre no es una simple reinterpretación, sino una sacudida conceptual que obliga a mirar el plato con otros ojos. Su versión de la tortilla prescinde de la cebolla y reduce la receta a lo esencial: huevo, patata, aceite de oliva y sal. La textura deja de ser la habitual para acercarse a una especie de mousse cremosa, casi etérea, donde la patata se mueve entre lo frito y lo pochado, como si el plato se deshiciera en la boca sin perder identidad.

La base del concepto: menos ingredientes, más técnica

En la receta de Dabiz Muñoz no hay misterio en la lista: patata, huevo, aceite de oliva y sal. Pero reducir ingredientes no significa simplificar el plato. Todo lo contrario. Aquí el peso recae por completo en la técnica de cocción de la patata, que es donde se juega el resultado final.

La clave está en que la patata no se trata como un elemento pasivo. Se corta en piezas pequeñas y regulares para asegurar una cocción uniforme y se introduce en abundante aceite de oliva caliente, pero sin llegar a un fritado agresivo. El objetivo no es dorar, sino transformar. La patata debe absorber grasa, ablandarse progresivamente y adquirir una textura que se mueve entre lo frito y lo casi confitado.

 

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El punto de la patata: el corazón de la receta

El momento más importante del proceso es controlar el punto exacto de la patata. No se busca ni la rigidez de la fritura clásica ni la suavidad total del pochado tradicional. Se trabaja en un punto intermedio donde la patata queda extremadamente tierna, pero todavía con cierta estructura.

Este equilibrio es lo que permite que, al mezclarla con el huevo, no desaparezca ni se convierta en puré, sino que aporte una sensación cremosa, casi mousse. Es aquí donde la tortilla empieza a alejarse de su versión convencional: la patata deja de ser un relleno para convertirse en textura.

El huevo: integración, no cobertura

Una vez la patata está en su punto, se mezcla con el huevo batido con sal. Pero no de cualquier manera. El batido no busca airear en exceso, sino crear una mezcla homogénea que abrace la patata sin romperla.

El reposo de la mezcla es clave: unos minutos para que el huevo empiece a integrarse con la patata y la emulsión se estabilice. Este paso, aparentemente secundario, es el que permite que después la tortilla tenga esa jugosidad interna tan característica.

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Tortilla de patatas. (Foto: Canva)

La cocción: el arte de no apresurar nada

La tortilla se cuaja en sartén con aceite de oliva, pero aquí es donde Muñoz se aleja de la lógica clásica de vuelta y vuelta. El fuego es medio-bajo y constante, y la idea no es formar una costra rápida, sino permitir que el huevo se cocine lentamente mientras mantiene el interior húmedo.

Durante la cocción, la tortilla se manipula con cuidado, ayudando a que el cuajado sea uniforme. No se busca una pieza compacta y cerrada, sino una estructura flexible, que conserve movimiento interno.

El resultado es una tortilla que no ofrece resistencia al corte. En lugar de romperse en bloques, se abre con suavidad, mostrando una textura casi cremosa en el interior.dabidabi

La textura final: entre tortilla y mousse salada

El resultado de todo el proceso es lo que define la propuesta de Muñoz: una tortilla extremadamente jugosa, con una textura que se acerca más a una crema de patata cuajada que a la tortilla tradicional.

La superficie mantiene cierta estabilidad, pero el interior es blando, húmedo y casi etéreo. No hay capas diferenciadas ni zonas secas. Todo está integrado en una misma sensación suave y continua.

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Tortilla de patatas. (Foto: Canva)

Sin cebolla: una decisión técnica, no sólo ideológica

La ausencia de cebolla no es un gesto provocador gratuito en su discurso, sino una decisión funcional dentro de esta construcción. Al eliminarla, desaparece cualquier elemento que introduzca dulzor, fibra o humedad adicional que pueda interferir en la textura final que busca: pura patata, puro huevo, pura emulsión.

En su planteamiento, la tortilla de patatas no necesita añadidos para ser compleja. La complejidad ya está en cómo se trabaja cada fase del proceso, desde el corte hasta el punto exacto de cuajado.