El historiador de los Alba revela quién fue Jacobo Fitz-James Stuart: «Leía sus discursos a su perro, se codeó con Churchill y quiso derrocar a Franco»
Antes de Cayetana de Alba estuvo Jacobo Fitz-James Stuart, un aristócrata mucho más que padre de la futura duquesa
De la mano del historiador Enrique García Hernán, COOL recupera su apasionante vida, marcada por sus romances y su matrimonio
Su trayectoria política también estuvo llena de giros: fue embajador en Londres y terminó enfrentándose a Franco
Mucho antes de que Cayetana Fitz-James Stuart se convirtiera en una de las mujeres más conocidas de la aristocracia española, hubo un hombre que dedicó buena parte de su vida a preservar el nombre, el patrimonio y la historia de la Casa de Alba. Era su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba y X duque de Berwick, un aristócrata de enorme influencia que fue político, diplomático, académico, mecenas, deportista y hombre de mundo, pero también un personaje mucho más complejo de lo que su título podría hacer pensar. Amigo y consejero de Alfonso XIII, cercano a Winston Churchill, relacionado con algunas de las grandes figuras culturales de su época, protagonista de romances con algunas de las mujeres más admiradas de la alta sociedad europea y embajador de España en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, Jacobo vivió una existencia marcada por los privilegios de su posición, pero también por la enfermedad, la guerra, la tragedia familiar y una conciencia casi permanente del deber.
Este miércoles, con motivo del aniversario de su muerte, COOL recupera la historia del hombre que estuvo antes de Cayetana de la mano de Enrique García Hernán, investigador del CSIC y autor de Jacobo. El duque de Alba en la España de su tiempo, una obra para la que dedicó años a investigar los archivos de Liria y que permite descubrir a un aristócrata que, según explica el historiador a este medio, ha quedado eclipsado por la enorme dimensión pública que posteriormente alcanzaría su hija. «Es un personaje muy relevante de nuestra historia, de la historia contemporánea. Tiene un papel predominante en lo que se ha llamado la Edad de Plata», explica García Hernán a COOL.
Jacobo nació en Madrid en 1878, hijo de Carlos María Fitz-James Stuart y Palafox, XVI duque de Alba, y de María del Rosario Falcó y Osorio, una mujer de inquietudes intelectuales y perfil liberal. Su educación en Inglaterra marcó profundamente su personalidad: estudió con los jesuitas de Beaumont, aprendió inglés desde pequeño y desarrolló una profunda admiración por el país que acabaría siendo uno de los escenarios fundamentales de su vida. Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid, comenzó pronto una carrera política que compaginó con una actividad cultural extraordinariamente intensa. Fue diputado, senador, académico de la Real Academia de la Historia, institución que llegó a dirigir desde 1927 hasta su muerte, y estuvo vinculado al Patronato del Museo del Prado y del Teatro Real, además de presidir la Asociación Wagneriana y participar en instituciones deportivas y automovilísticas. «Su lema era cultura, cultura, cultura», cuenta García Hernán. Una pasión que transmitió a su familia y que se refleja incluso en una de las anécdotas más curiosas de su biografía: antes de pronunciar su discurso de ingreso en la Academia de la Historia se lo leyó a su perro, un dachshund llamado Jacobo, que además aparece junto a él en el famoso retrato que le realizó Ignacio Zuloaga en 1918.
Pero detrás de aquel aristócrata intelectual había también un hombre al que le gustaba vivir. Jacobo fue un auténtico bon vivant, un apasionado del polo, el tenis, el esquí, las cacerías y los viajes, y durante su juventud se movió con absoluta naturalidad por los círculos más exclusivos de Londres, París y Deauville. Fue amigo del pintor John Singer Sargent, quien llegó a proponerle retratarlo vestido como el conde-duque de Olivares. La respuesta del duque da una idea de su personalidad: «Antes, desnudo». Practicó tenis en Liria junto a Lili Álvarez, una de las grandes deportistas españolas de su época, y llegó a jugar al polo con la reina Victoria Eugenia. También tuvo romances con algunas de las mujeres más conocidas de la alta sociedad europea, entre ellas Shelagh, duquesa de Westminster, con quien mantendría una amistad durante toda su vida; y Linda Thomas, que posteriormente se casaría con el compositor Cole Porter. Con esta última protagonizó incluso una huida de París durante la Primera Guerra Mundial: ambos escaparon en el Mercedes del duque rumbo a Inglaterra y, al divisar los acantilados de Dover, Jacobo exclamó: «Nunca me había sentido tan inglés». Aquella vida social no era, sin embargo, una sucesión de fiestas sin más. Como explica García Hernán, «las cacerías, los bailes… no solo servían para divertirse, que también. Eran negocios y política», y el duque sabía perfectamente cómo convertir sus relaciones personales en una herramienta de influencia.
Su particular manera de ejercer esa influencia llegó incluso a la gastronomía. En 1928 promovió el envío de jamón ibérico a Estados Unidos para que el embajador español Juan Riaño pudiera repartirlo en sus recepciones, en una especie de diplomacia gastronómica adelantada a su tiempo. Años después, durante su etapa como embajador de España en Londres, volvió a utilizar la gastronomía como una forma de acercar España a los círculos británicos. En plena Segunda Guerra Mundial organizaba cenas con jamón, chorizo, sobrasada, aceitunas y vinos españoles en Albury Park, la casa de campo que había alquilado a la duquesa de Northumberland para refugiarse del blitz junto a su hija Cayetana. Jacobo era, en definitiva, un hombre profundamente anglófilo que podía desenvolverse en los salones de Londres con la misma naturalidad con la que hablaba de política española o defendía el patrimonio de la Casa de Alba.
La vida de Jacobo, sin embargo, no estuvo exenta de golpes. En 1915 le diagnosticaron tuberculosis, una enfermedad que le obligó a pasar largas temporadas en sanatorios suizos y que terminó condicionando su existencia. Durante aquellos periodos de aislamiento se refugió en los libros —su amigo Gabriel Maura llegó a llamarle «el tragalibros»—, pero no abandonó sus responsabilidades y llegó a visitar el frente hasta en seis ocasiones durante la Primera Guerra Mundial. Él mismo atribuyó a aquella contienda parte de su prolongada soltería. «Corría por el mundo en excelente compañía, haciendo viajes… disfrutando de la paz admirable, conversando con gente interesante tanto en España como fuera de ella», escribió en sus memorias. «El caso es que soltero y muy soltero me cogió la guerra». García Hernán, sin embargo, no compra del todo aquella explicación y lo resume con una palabra: «Excusas». Lo cierto es que Jacobo mantuvo durante años una intensa vida sentimental antes de casarse y que algunas de aquellas mujeres continuarían siendo importantes para él incluso décadas después.
Una vida sentimental intensa y un matrimonio que terminó en tragedia
Finalmente, el duque contrajo matrimonio con Rosario de Silva y Gurtubay, conocida familiarmente como Totó, hija de los duques de Aliaga. La conoció en el club Puerta de Hierro mientras practicaban deporte y terminaron casándose en Londres el 7 de octubre. En las fotografías de aquel día, Jacobo apenas podía sonreír porque se había roto los dientes jugando al polo. La imagen de aquella boda escondía, sin embargo, un matrimonio que acabaría siendo profundamente desgraciado. Jacobo era un hombre absorbido por sus obligaciones políticas, diplomáticas y culturales, mientras que Totó tenía una salud muy frágil y pasó largas temporadas en distintos sanatorios. «Fue un marido ausente», explica García Hernán a COOL, relatando cómo su esposa llegó a reprocharle por carta que él continuara con su intensa vida social mientras ella permanecía enferma.
Con el tiempo, el duque descubrió que detrás de los problemas físicos de su mujer existía también un enorme sufrimiento psicológico. «Para él, descubrir que la quería, pero que jamás la había entendido, fue demoledor», explica el historiador. La muerte de Totó en 1934 dejó a Jacobo completamente desolado. Alfonso XIII intentó consolarle recordándole que todavía le quedaban Cayetana, la Casa de Alba, España y la fe.
Y es precisamente en su relación con Cayetana donde aparece el Jacobo más contradictorio. Era un padre que sentía un enorme cariño por su única hija y que dejó en sus cartas muestras de una ternura que contrasta con su imagen pública. «Cuando no está mi Tanuca, me falta el sol», llegó a escribir. Pero también era un hombre para quien el deber estaba por encima de casi todo. Tras la muerte de Totó, Cayetana pasó temporadas bajo el cuidado de personas de confianza de la familia y posteriormente fue enviada al extranjero. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Jacobo la reclamó en Londres. La niña tenía entonces 13 años y dominaba el inglés, el francés y el alemán, pero apenas sabía castellano. «Entre España y su hija, elige España», resume García Hernán. Una decisión que explica la complejidad de su relación y que tendría consecuencias en la adolescencia de Cayetana, cuando comenzó a frecuentar ambientes que preocupaban a su padre. Jacobo intervino entonces directamente en su vida sentimental y social, y llegó incluso a oponerse a que su hija se presentara en sociedad junto a Carmen Franco, hija del dictador. «Siempre ha habido clases», habría sentenciado el aristócrata.
La relación entre ambos también quedó marcada por el concepto de legado. Jacobo sabía que algún día Cayetana heredaría la responsabilidad de la Casa de Alba y quiso prepararla para ello. En el manuscrito Consejos para mi Tanuca le habló del «peso del nombre», del deber, de la cultura y de la responsabilidad de conservar aquello que había recibido de sus antepasados. No se trataba únicamente de transmitirle títulos y propiedades, sino una determinada forma de entender la pertenencia a una de las familias históricas más importantes de España. Cuando finalmente Cayetana se casó con Luis Martínez de Irujo, su padre organizó una boda de enormes dimensiones en Sevilla, con unos 3.000 invitados y un banquete encargado a Chicote. Durante el brindis se escuchó un «¡Viva el rey!», un gesto que, según interpreta García Hernán, funcionó también como una forma de recordar al régimen franquista que la monarquía seguía teniendo defensores. Jacobo, de hecho, moriría sin ver cumplido su sueño de asistir al regreso de la monarquía.
Su pulso con Franco y la tragedia que marcó su vida
La trayectoria política de Jacobo es probablemente uno de los aspectos más complejos de su vida. Monárquico convencido, colaboró con la República cuando Alfonso XIII se lo pidió y llegó a ocupar puestos de responsabilidad durante aquellos años. Durante la Guerra Civil apoyó inicialmente el levantamiento militar y posteriormente asumió la representación de la España sublevada en Londres. Fue nombrado embajador y permaneció allí durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial, pero su relación con Franco se fue deteriorando progresivamente. «Él siempre dijo que nunca fue embajador de Franco, sino de España», recuerda García Hernán en conversación con COOL. Después de la guerra mundial, Jacobo consideró que Franco debía abandonar el poder y comenzó a defender una salida que permitiera recuperar la monarquía y avanzar hacia un sistema democrático. Terminó abandonando la embajada, dimitió de sus cargos y sufrió distintas represalias por parte del régimen, incluido el retiro del pasaporte. Según explica el historiador, llegó incluso a reunir a varios tenientes generales para tratar de promover una alternativa a Franco. «Intentó por todos los medios posibles que tenía a su alcance intentar derrocar a Franco», señala García Hernán.
Pero si existe una tragedia que atravesó de manera especialmente profunda su vida fue la muerte de su hermano Hernando Fitz-James Stuart, duque de Peñaranda, asesinado en Paracuellos durante la Guerra Civil. Jacobo podía comprender, hasta cierto punto, algunas de las pérdidas materiales y personales provocadas por el conflicto, pero nunca consiguió asumir la muerte de su hermano. «No hay un Jacobo antes de la muerte de Hernando y otro después de la muerte de Hernando», explica García Hernán. Durante años intentó localizar su cuerpo sin conseguirlo y aquella herida permanecería abierta. A ello se sumaba la destrucción de buena parte del patrimonio familiar y, entre todos los edificios afectados, el que terminaría convirtiéndose en su gran obsesión: el Palacio de Liria.
Liria no era para Jacobo simplemente una residencia aristocrática. Era la representación física de la historia de la Casa de Alba y su reconstrucción se convirtió en uno de los grandes proyectos de sus últimos años. El palacio había sufrido graves daños durante la Guerra Civil y parte de sus fondos se habían dispersado, por lo que el duque no se limitó a reconstruir las paredes: dedicó tiempo y recursos a localizar y recuperar documentos, obras de arte y piezas que habían desaparecido. «No reconstruyó solamente el continente, sino también el contenido», explica García Hernán a COOL. Para él, recuperar Liria era una cuestión de justicia y, sobre todo, una forma de garantizar que aquel patrimonio llegara a las siguientes generaciones. No pudo ver terminado su proyecto, pero dejó a su hija la tarea de continuarlo y una idea que Cayetana mantendría durante toda su vida: la Casa de Alba no era únicamente una colección de títulos y palacios, sino una historia que había que conservar.
Jacobo Fitz-James Stuart murió en Lausana en 1953, a los 74 años, mucho antes de que su hija se convirtiera en la Cayetana de las portadas, de los toros, de las bodas multitudinarias y de la televisión. Pero su legado estaba ya en ella. En su pasión por la cultura, en su defensa del patrimonio y en la forma en la que entendió que Liria era mucho más que una casa. Y hay un último detalle de su vida privada que resume perfectamente hasta qué punto sus vínculos sentimentales no fueron algo anecdótico: en su testamento dejó instrucciones para que dos de sus antiguos amores de juventud, Shelagh y Marjorie, recibieran una pensión vitalicia.
«Dejó un gran tesoro a sus herederos», explica García Hernán cuando COOL le pregunta por el legado del XVII duque de Alba. Y ese tesoro no era únicamente económico. «Dejó Liria», sentencia el historiador. También Dueñas, Monterrey, los archivos, las obras de arte y una concepción de la Casa de Alba como algo que debía sobrevivir a quienes la encabezaban. Antes de Cayetana estuvo Jacobo: el aristócrata que quiso ser digno de su nombre, el hombre que vivió intensamente antes de quedar atrapado por el deber, el padre que preparó a su hija para cargar con un apellido histórico y el duque que convirtió un palacio destruido por la guerra en el gran proyecto de su vida. Cayetana acabaría siendo la Alba que conoció toda España, pero detrás de ella estaba aquel hombre que entendió mucho antes que nadie que heredar una historia también significaba hacerse responsable de ella.
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