Ciencia
Economía circular

La huella de carbono negativa está más cerca: investigadores madrileños convierten escombros de demolición en un material que fija hasta 172 gramos de CO2 por kilo

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Hace décadas que los escombros de demolición son un sinónimo de problema: ocupan espacio en los vertederos, generan costes de gestión y, en la mayoría de los casos, no vuelven a tener ninguna utilidad. Ahora, un equipo de científicos con sede en Madrid ha demostrado que esa basura puede transformarse en algo capaz de ayudar a combatir el calentamiento global.

El proyecto, bautizado como CIDECAR, forma parte de una línea de investigación más amplia sobre cómo reducir la huella de carbono de uno de los sectores que más CO2 emite a la atmósfera: la construcción. Los primeros resultados, obtenidos en laboratorio, apuntan a cifras de captura de dióxido de carbono que sorprenden incluso a los propios investigadores.

Cómo los escombros de demolición llegan a fijar 172 gramos de CO2 por kilo

El grupo de investigación en Reciclado de Materiales del Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (IETcc-CSIC), en Madrid, liderado por el doctor Moisés Frías, ha logrado fijar hasta 172 gramos de CO2 equivalente por cada kilo de residuos alcalinos tratados.

Entre esos residuos se encuentran las cenizas de biomasa, las escorias blancas de acería y, sobre todo, las fracciones finas de escombros de demolición procedentes del hormigón.

El proceso en cuestión funciona gracias a reactores supercríticos de CO2 (conocidos como SCCO2), que aceleran una reacción química llamada carbonatación.

¿Y qué es la carbonatación? Se preguntaran muchos. Pues consiste en que el dióxido de carbono se combina con los componentes alcalinos del residuo y forma minerales sólidos como la calcita, la vaterita o el aragonito, que quedan atrapados dentro del material de forma permanente. Es, en esencia, imitar en horas un proceso que en la naturaleza tardaría siglos.

Resultados magníficos: un material más resistente y con menos porosidad, listo para sustituir áridos

Algo a destacar es que el tratamiento, además de atrapar el CO2, también mejora las propiedades físicas del material resultante.

Según los datos publicados por Tecnalia, uno de los socios del proyecto, los residuos carbonatados reducen su porosidad y el tamaño de sus poros, absorben menos agua y ganan resistencia a la fragmentación, además de desarrollar mayor actividad puzolánica (la capacidad de reaccionar con la cal para formar compuestos resistentes, típica de los cementos de calidad).

Justamente son estas mejoras técnicas las que permiten que el material carbonatado deje de ser un simple residuo y pase a considerarse una materia prima con valor.

En este mismo sentido, los investigadores lo describen como potencialmente equiparable a los áridos convencionales que hoy se extraen de canteras para fabricar cemento y hormigón. Sustituir esos áridos por escombros de demolición tratados reduciría, de paso, la necesidad de seguir extrayendo materia prima virgen.

¿Por qué España necesita con urgencia una solución para sus escombros de demolición?

Para quien esta familirizado con el mundo de la construcción, sabe muy bien que el contexto explica por qué este tipo de avances resultan tan relevantes. La industria del cemento genera por sí sola en torno al 8% de las emisiones mundiales de CO2, una cifra que la sitúa entre los sectores más contaminantes del planeta, solo por detrás de la generación de energía y el transporte.

Parados en este contexto, cualquier tecnología capaz de reducir ese impacto, aunque sea de forma parcial, tiene un potencial enorme a escala global.

En España, el problema tiene además una dimensión muy concreta: el país genera cada año cerca de 37 millones de toneladas de residuos de construcción y demolición, y solo alrededor de un 37% se recicla, muy por debajo de países como Italia (78%) o Bélgica (76%).

Dicho esto, el hecho de convertir parte de esos escombros de demolición en materia prima para nuevos cementos no solo reduciría emisiones: también aliviaría la presión sobre unos vertederos que cada vez tienen menos espacio disponible.

El siguiente paso: conseguir un cemento con huella de carbono negativa

El propio IETcc-CSIC coordina, además, un proyecto todavía más ambicioso en la misma dirección. Se llama CILANTRO, señala un artículo del CSIC y cuenta con financiación del Consejo Europeo de Innovación y persigue fabricar cemento con huella de carbono negativa sin recurrir a combustibles fósiles ni a sistemas de captura adicionales.

Su artífice, el investigador Román Nevshupa, calcula que el hormigón resultante podría llegar a capturar entre 0,2 y 0,45 toneladas de CO2 por cada tonelada de cemento producido a lo largo de toda su vida útil.

En lo que respecta a la técnica, afirman los responsables, es compatible con las plantas de molienda ya existentes, lo que significa que no haría falta construir fábricas nuevas ni asumir grandes inversiones para adoptarla si finalmente se confirma a gran escala.