Richard Wrangham

La frase de Richard Wrangham que está revolucionando la forma de entender la naturaleza humana: «Nuestra bondad nació de la violencia»

Richard Wrangham
Richard Wrangham.
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Richard Walter Wrangham, nacido en 1948, es un primatólogo británico reconocido por sus investigaciones sobre el comportamiento de los simios, la evolución humana y la violencia en nuestra historia evolutiva. Su trabajo ha sido especialmente relevante por sus estudios sobre la autodomesticación humana, una teoría que plantea que nuestra especie redujo progresivamente su agresividad mediante un proceso de selección social.

Durante su etapa como estudiante de posgrado fue alumno de investigadores como Robert Hinde y Jane Goodall, con quien comenzó sus primeras investigaciones sobre chimpancés en Gombe. A lo largo de su carrera ha estudiado los sistemas sociales de los primates, la evolución de la violencia humana y las similitudes entre los comportamientos de otros grandes simios y los humanos. Junto con Dale Peterson publicó «Demonic Males: Apes and the Origins of Human Violence», una obra centrada en la historia evolutiva de la agresividad humana.

«Nuestra bondad nació de la violencia»

A comienzos de la década de 1970, Wrangham llegó al campamento de Jane Goodall en Tanzania para investigar el comportamiento de los chimpancés. Observó cómo jugaban, se acicalaban entre ellos y hasta cuidaban de crías que no eran suyas. Todo parecía reflejar una convivencia armoniosa. Sin embargo, cuando el grupo se dividió en dos, comenzaron las emboscadas y los asesinatos. Si nuestros parientes evolutivos más cercanos podían ejercer una violencia tan calculada, ¿qué revelaba eso sobre la naturaleza humana?

En «La paradoja de la bondad. La extraña relación entre virtud y violencia en la evolución humana (Capitán Swing)», Wrangham defiende que nuestra capacidad para cooperar y vivir en sociedad surgió gracias a un prolongado proceso de autodomesticación, aunque el gran reto de cualquier comunidad sigue siendo contener la violencia masculina. A su juicio, durante unos 300.000 años hemos ido apartando a los individuos más agresivos, un proceso que también ha dejado huella en nuestra evolución genética.

En una entrevista a La Vanguardia, explica que empezó a interesarse por la doble condición humana mientras estudiaba chimpancés con Jane Goodall en Tanzania: «yo estaba allí para investigar su alimentación, pero acabé observando algo muy distinto. Hasta entonces se creía que los animales no mataban deliberadamente a miembros de su propia especie, pero estos se mataban entre ellos».

Aquello le cambió la vida: «nuestro pariente más cercano mata a sus congéneres. Y eso plantea una pregunta extraordinaria: si los chimpancés lo hacen, quizás las fuerzas que los llevan a matar se parecen a las que llevan a los humanos». A partir de esta experiencia, empezó a estudiar la violencia y llegó a la conclusión de que existen dos tipos de agresión; una es impulsiva, reactiva, en caliente, mientras que la otra es planificada, proactiva, en frío.

Lo verdaderamente sorprendente es que los seres humanos somos la única especie capaz de sentirnos tranquilos en compañía de completos desconocidos.  Damos por hecho que podemos discrepar con un vecino, soportar pequeños agravios o convivir con extraños sin que la situación desemboque en violencia. Wrangham explica esta capacidad mediante un proceso de autodomesticación: nuestra evolución habría favorecido una disminución de la agresividad reactiva, permitiendo sociedades más cooperativas y estables.

Y continúa: «si comparamos un lobo con un perro observamos diferencias claras: el lobo tiene un cerebro y una cabeza más grandes, el hocico más alargado y dientes de mayor tamaño. El perro, en cambio, presenta rasgos físicos y de comportamiento asociados al proceso de domesticación». Pero, ¿nos ocurrió algo parecido a los humanos? «Eso es precisamente lo sorprendente. Cuando comparamos a los primeros Homo sapiens con especies humanas anteriores, encontramos transformaciones similares: rostros más cortos, dientes más pequeños, huesos más ligeros y características relacionadas con una menor agresividad reactiva»

¿Quién domesticó a los humanos? «Nosotros mismos. Pensemos en una persona extremadamente violenta. En la actualidad, probablemente acabaría en prisión. Pero en las sociedades de cazadores-recolectores no existían cárceles: los individuos más peligrosos podían ser eliminados por el propio grupo. La disminución de la agresividad reactiva pudo producirse porque los individuos más violentos eran apartados mediante una agresión planificada. De ahí surgiría nuestra mayor capacidad de convivencia. Y para lograrlo hubo una herramienta fundamental: el lenguaje».

El primatólogo británico cree que seremos más violentos en el futuro, «aunque lo fundamental será no relajarnos. Tanto los individuos como los estados con gran poder siguen teniendo la tentación de recurrir a la violencia cuando consideran que puede proporcionarles algún beneficio.Sin embargo, vivimos en una época en la que el riesgo de morir por causas violentas es mucho menor que durante buena parte de la historia humana, incluso a pesar de las atrocidades que siguen ocurriendo y que ocupan constantemente nuestra atención».

Finalmente, señala que «la mayoría de las personas pasa casi toda su vida sin recurrir a la violencia física. Puede parecer algo normal, pero desde una perspectiva evolutiva representa un logro extraordinario: una especie que, pese a su capacidad para hacer daño, ha aprendido en gran medida a convivir y cooperar».

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