Los científicos todavía no son capaces de explicarlo: los humanos caminamos en sentido contrario a las agujas del reloj

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid y la Universidad de Navarra (España), la Universidad de Waseda y la Universidad de Tokio (Japón), así como de la Universidad de Shanghái (China), ha revelado una extraña tendencia conductual en los humanos: caminar en sentido contrario a las agujas del reloj. El trabajo, publicado en la revista científica Nature Communications, revela un sesgo locomotor intrínseco, es decir, una tendencia natural a desplazarse en una determinada dirección.
El estudio cuestiona la idea de que estos comportamientos dependan únicamente de las normas sociales y aporta una nueva perspectiva sobre el origen de ciertos fenómenos colectivos. A largo plazo, este conocimiento podría favorecer el diseño de espacios públicos más seguros, funcionales y eficientes. El profesor asociado Claudio Feliciani, del Departamento de Ingeniería Aeroespacial de la Universidad de Tokio, explica: «En 32 de los 33 experimentos, los participantes tenían una marcada tendencia a girar en sentido contrario a las agujas del reloj mientras se movían».
¿Por qué caminamos en sentido contrario a las agujas del reloj?
Hasta ahora, los científicos explicaban la «organización espontánea de las multitudes» principalmente a partir de las interacciones entre personas, las maniobras para evitar choques, las normas sociales de circulación (como caminar por la derecha o por la izquierda según el país) y las características físicas del entorno. Sin embargo, este estudio sugiere que parte de estos comportamientos podría tener su origen en predisposiciones individuales que existen incluso antes de que se produzca cualquier interacción social.
«Durante décadas hemos pensado que estos patrones colectivos surgían únicamente de la interacción entre los peatones. En nuestro trabajo hemos comprobado que una parte relevante de ellos no surge únicamente cuando las personas se agrupan, sino que es inherente al individuo”, señala Iñaki Echeverría, investigador de Física y Matemática Aplicada de la Universidad de Navarra y primer autor del artículo.
Los investigadores comprobaron que, al pedir a un grupo de personas que camine, tanto en espacios cerrados como abiertos, aparece una ligera tendencia a desplazarse en sentido antihorario. Aunque esta preferencia es apenas perceptible a nivel individual, su efecto se amplifica cuando intervienen cientos o miles de personas, dando lugar a patrones colectivos visibles a gran escala. «No todos los integrantes del grupo muestran esta inclinación, pero una clara mayoría sí tiende a moverse en sentido antihorario. Esa preferencia acaba influyendo en la dirección del conjunto y genera patrones colectivos observables», señala Echeverría.
Experimentos
Para poner a prueba las explicaciones tradicionales, el equipo desarrolló durante varios años una serie de experimentos en España y Japón. La comparación entre ambos países permitió analizar si el fenómeno dependía de las estrategias que utilizan los peatones, ya que en cada uno de ellos es habitual caminar y esquivarse por lados opuestos. Los ensayos incluyeron grupos de adultos en espacios controlados, escolares moviéndose libremente en patios abiertos, niños de educación infantil y participantes que realizaban recorridos de forma individual.
Uno de los hallazgos más relevantes fue comprobar que esta tendencia persistía incluso cuando desaparecían los factores tradicionalmente considerados «responsables». Se observó en niños pequeños que aún no habían interiorizado muchas normas sociales de circulación, en espacios abiertos sin paredes ni obstáculos y en países con hábitos de desplazamiento diferentes. «Queríamos saber si el fenómeno dependía de normas culturales, de la interacción con el entorno o de las estrategias de evasión entre peatones. Los resultados indican que ninguno de estos factores, por sí solo, explica completamente lo que observamos», señala Iker Zuriguel, catedrático de Física Aplicada de la Universidad de Navarra y uno de los autores principales del estudio.
Las pruebas con personas caminando solas confirmaron además que esta preferencia direccional existe a nivel individual, lo que descarta que sea una propiedad que surge únicamente cuando las personas forman parte de un grupo. Los investigadores analizaron también factores relacionados con la lateralidad, como ser diestro o zurdo, el pie dominante o la dominancia ocular, sin encontrar evidencias de que expliquen el comportamiento observado.
Los resultados del estudio pueden ser de utilidad en aeropuertos, estaciones de tren, centros comerciales o recintos deportivos, donde cada vez se emplean más modelos para optimizar los flujos de circulación y reducir las congestiones. «Conocer mejor los factores que influyen en nuestra forma de movernos permite desarrollar modelos más precisos sobre cómo circulan las personas en espacios compartidos. Esta información podría ser útil para diseñar infraestructuras más eficientes y crear entornos que se adapten mejor a la manera en que nos movemos en nuestro día a día», señala Zuriguel.
«Los resultados sugieren que las predisposiciones individuales también desempeñan un papel relevante en la aparición de movimientos colectivos. Además, el estudio abre nuevas preguntas sobre el origen biológico de estas tendencias, ya que fenómenos similares se observan en otras especies animales, desde bancos de peces hasta colonias de insectos», concluye Echeverría, según la Universidad de Navarra.