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El equipo del investigador Guosong Hong en el instituto Bio-X de la Universidad de Stanford ha publicado una investigación que abre una nueva vía para tratar enfermedades en el interior del cuerpo humano. El trabajo, fechado en abril de 2026, cuenta con la colaboración de Michael Lin, profesor de neurobiología e ingeniería biomédica de la misma universidad.
La investigación en sí parte de un obstáculo bien conocido en medicina: la luz tiene propiedades terapéuticas concretas (activa neuronas, destruye células tumorales, puede controlar mecanismos de edición genética), pero el tejido humano la bloquea. Llevarla a zonas profundas del organismo requería hasta ahora implantes quirúrgicos o fibra óptica.
¿Es posible crear luz dentro del cuerpo humano a través de la sangre?
Con este nuevo hallazgo, ya publicado en la revista Nature Materials, la respuesta corta a esa pregunta es si. Recientemente, investigadores desarrollaron nanopartículas de cerámica recubiertas con una capa biocompatible que las mantiene en suspensión en el fluido sanguíneo.
Una vez inyectadas, la circulación las distribuye por el organismo. La clave está en sus propiedades mecanoluminiscentes: cuando se aplican ondas ultrasónicas focalizadas sobre una zona concreta, las partículas responden a esa presión mecánica y liberan luz azul con una longitud de onda de 490 nanómetros, el rango que necesitan muchos sistemas de activación biológica.
Y desde luego, la diferencia con métodos anteriores es notable: los ultrasonidos penetran varios centímetros de tejido sin dañarlo, algo que la luz por sí sola no puede hacer. El desarrollo del sistema fue publicado el pasado 13 de abril de 2026 y no requiere ningún dispositivo implantado.
Guosong Hong lo explicó en términos más claros que el agua: «Con estos materiales podemos producir emisión de luz en el cerebro, el intestino, la médula espinal, los músculos, prácticamente en cualquier lugar, sin necesidad de un implante físico».
¿Cuáles podrían ser las posibles aplicaciones de este sistema de nanopartículas para el cuerpo humano?
La primera prueba práctica se realizó en ratones. Los investigadores usaron las nanopartículas para activar neuronas en el cerebro de los animales mediante luz, lo que produjo cambios conductuales controlados y reproducibles. La demostración confirmó que el sistema puede alcanzar el sistema nervioso central y actuar sobre él con la precisión necesaria.
La aplicación más prometedora a largo plazo es la combinación con el sistema de edición genética CRISPR. Hong trabaja junto a Michael Lin en adaptar la técnica a una versión fotosensible de la enzima Cas9 (el bisturí molecular del CRISPR).
La idea radica en usar los ultrasonidos para activar la edición genética en zonas localizadas del cuerpo humano, con posibilidad de encenderla y apagarla a voluntad.
Esto reduciría los efectos fuera del objetivo, es decir, las modificaciones genéticas no deseadas en tejidos distintos al tratado, uno de los principales riesgos de la tecnología actual.
En tanto, el equipo también estudia su uso en terapia fotodinámica contra enfermedades terminales, donde la luz activa fármacos que solo son tóxicos al recibir ese estímulo, con el daño concentrado en el tumor y un impacto menor sobre las células sanas del entorno.
El problema pendiente: las nanopartículas cerámicas se acumulan en el hígado
La técnica tiene aún un obstáculo relevante antes de poder aplicarse en personas. Las nanopartículas cerámicas no se degradan con facilidad dentro del organismo y tienden a acumularse en el hígado con el tiempo.
Y es que en este sentido, la misma naturaleza del material que les da sus propiedades mecanoluminiscentes dificulta su eliminación natural. Esa acumulación podría generar toxicidad a largo plazo, lo que hace inviable su uso clínico en el estado actual.
Ahora, el equipo de Stanford trabaja en reemplazar el material cerámico por componentes de origen biológico que el organismo pueda metabolizar y eliminar de forma natural. Hasta que ese problema no esté resuelto, los experimentos se mantendrán en modelos animales.
Dicho todo esto, recordemos que el camino desde el laboratorio hasta el quirófano suele medirse en años, no en meses.
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