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Suena cruel, pero los resultados lo avalan: países europeos ponen en ‘riesgo controlado’ a los niños para endurecerlos

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Un término que los pedagogos europeos utilizan a menudo es riesgo controlado: exponer a los niños a situaciones que implican un peligro real pero manejable, para que aprendan a evaluar sus propias capacidades. Y ojo aquí: no se trata de negligencia ni de abandono, sino de una costumbre de países como Noruega que contrasta con la cultura de crianza dominante y protectora en Occidente.

El modelo existe en varios países europeos desde hace décadas, con distintos nombres según la lengua, pero un denominador común. Los niños pasan la mayor parte del tiempo al aire libre, en entornos naturales, expuestos a situaciones que en otros contextos se considerarían impropias para su edad.

¿Cuáles son los países europeos que apuestan por el riesgo controlado?

La idea surgió en Dinamarca en la década de 1950, cuando la pedagoga Ella Flatau impulsó el primer jardín de infancia al aire libre de Europa. Desde entonces, el modelo se ha extendido con fuerza.

Alemania cuenta hoy con más de 3.000 Waldkindergarten (literalmente, «jardines de infancia del bosque»), dirigidos a niños de tres a seis años. Dinamarca suma entre 200 y 300 centros conocidos como Udeskole, y Noruega supera los 300 bajo el nombre de Naturbarnehage o Friluftsbarnehage.

La característica central de todos estos modelos es la misma: los niños pasan la jornada entera en el exterior, independientemente de las condiciones meteorológicas. Los periodos de descanso se realizan bajo lonas o refugios improvisados en el propio bosque.

No hay aulas, no hay pupitres, y las actividades con riesgo real (trepar, cortar, encender fuego) forman parte del programa, no de las excepciones.

¿Qué hacen los niños en el bosque durante toda la jornada?

Los grupos se adentran aproximadamente un kilómetro en zona forestal al comienzo del día. Allí recogen bayas, construyen refugios, hacen senderismo y trabajan con herramientas de verdad.

El uso de cuchillos y la manipulación del fuego, supervisados pero no prohibidos, son actividades habituales que en la mayoría de los países se reservarían para edades mucho mayores.

La pedagogía de estos centros parte de una premisa: cuando un niño descubre algo por sí mismo, lo retiene.

«Todos sus sentidos se estimulan y se desarrollan. Pueden trabajar con gran concentración porque aquí descubren cosas por su cuenta y se involucran porque la iniciativa parte de ellos», explica una educadora de uno de estos centros alemanes. Así, la naturaleza no es el escenario; es el maestro.

Los resultados: ¿Qué dice la investigación sobre el riesgo controlado?

La paradoja mejor respaldada por la literatura es que exponer a los niños a riesgos controlados no los vuelve más imprudentes, sino más competentes para evaluar el peligro.

Una intervención publicada en la European Early Childhood Education Research Journal observó que las actividades de juego arriesgado mejoraban la percepción del riesgo y la competencia para gestionarlo en niños pequeños.

A su vez, una revisión sistemática difundida por la International Journal of Environmental Research and Public Health concluyó que este tipo de juego se asocia, en general, con efectos positivos sobre la salud y el desarrollo, más que con un aumento claro del daño.

Por eso, más que «eliminar» el riesgo, estos entornos ayudan a calibrarlo: los niños aprenden cuándo una rama aguanta, cómo usar una herramienta con cuidado o a qué distancia del fuego pueden estar con seguridad.

También hay apoyo bastante consistente para los beneficios físicos y emocionales. Un trabajo clásico difundido en Children, Youth and Environments encontró mejoras significativas en equilibrio y coordinación en niños que jugaban regularmente en entornos naturales.

Además, una revisión sistemática sobre juego en la naturaleza publicada en Frontiers in Psychology y otra revisión centrada en educación infantil en bosques, disponible a través del portal institucional de la Universidad de Padua, describen ventajas en desarrollo motor, resiliencia psicológica, autoestima y bienestar emocional.

El debate que hay detrás: sobreprotección frente a autonomía

La expansión de este modelo coincide con un debate creciente en psicología infantil sobre los efectos de la sobreprotección. Varios investigadores sostienen que eliminar sistemáticamente el riesgo del entorno de un niño no lo protege, sino que lo priva de experiencias necesarias para su desarrollo.

La ausencia de peligro real reduce la capacidad del niño para gestionar la frustración, calcular consecuencias y actuar de forma autónoma.

El juego libre en entornos naturales (piedras que escalar, ramas que pueden ceder, barro que mancha) activa mecanismos de atención y toma de decisiones que el juego dirigido en espacios seguros no reproduce.

La diferencia no es solo física: implica también aprender a tolerar la incertidumbre, que es una de las habilidades más determinantes en la vida adulta.