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CRÍTICA

‘Vània’: impresionante lección magistral de Joel Joan en un momento dulce de su carrera

El Teatre Principal de Palma ha elegido esta obra para echarle el cierre a su temporada 2025-2026

El actor catalán suda la camiseta de principio a fin, en un ejercicio de concentración descomunal

El Teatre Principal de Palma ha elegido Vània para echarle el cierre a su temporada 2025-2026, lo que en absoluto es asunto menor, puesto que nos llegaba tan solo cuatro meses después de su estreno absoluto en el Romea de Barcelona. Su valor añadido por excelencia es, sin duda, que representa el mayor desafío en la carrera del actor Joel Joan, al tener que llevar a cabo transiciones simultáneas entre los ocho personajes de la versión en clave de monólogo realizada por el dramaturgo inglés Simon Stephens el año 2023.

Hay que remontarse 127 años para dar con el manuscrito definitivo de Tío Vania, drama o tragicomedia de Antón Chéjov –se admiten opiniones– que fue estrenada en 1900 bajo la dirección de Konstantin Stanislavski, a su vez creador del método que lleva su nombre. Que tantos años después llegase la versión en monólogo de Stephens tiene su lógica, teniendo en cuenta que en Tío Vania Chéjov venía a resumir en nueve personajes las dos docenas de intérpretes recogidos en El espíritu del bosque, que es la fuente directa en la que se inspira el texto estrenado en 1900. Stephens lo deja finalmente en ocho personajes para su monólogo estrenado en el West End londinense. 

En Tío Vania, Chéjov combinaba el drama con elementos de tragicomedia y su genio radicaba en retratar las frustraciones humanas con tanta cercanía que el público ríe y llora al mismo tiempo, lo que nos lleva a entender bien las claves del monólogo de Stephens, que buscaba resaltar los pensamientos internos de los personajes a través de una sola voz, otra genialidad teatral y esta vez en alianza con una afortunada casualidad.

Durante una lectura con el actor Andrew Scott, protagonista único del estreno en el Duke of York’s Theatre, el dramaturgo Simon Stephens y el director Sam Yates se dieron cuenta de que este monólogo cobraba una fuerza muy potente cuando saltaba entre los distintos personajes. Esta circunstancia es fácil suponer que Joel Joan la conocía al detalle, consciente como era de la dualidad exigida en la capacidad del intérprete: su capacidad para el drama y para la comedia.

Es aquí donde entra en juego la perfecta sintonía entre Nelson Valente, el director argentino, y Joel Joan. El año pasado, Valente dirigió a Joel Joan en la comedia Bons i valents, de la que era autor el propio Joel Joan. Había, por tanto, una complicidad ensayada entre ambos en lo relacionado con el humor, los secretos, las relaciones de pareja y los toques ácidos sin filtros. 

Por otra parte, Joel Joan conoce a la perfección el método Stanislavski en lo relativo a las técnicas de interpretación realista y psicológica. Solo faltaba encajarlo todo en este monólogo, en el que la parte dramática se apoya en los diferentes tonos de voz –un magistral anclaje de situaciones–, mientras la parte tragicómica, la especialidad de Joel Joan, era desviada a un juego multigestual, de exquisita factura, acudiendo constantemente a definir los ocho personajes a través simplemente del uso de gafas de sol, la taza de té que no deja de vibrar, un tacataca, una conducta ebria, poses de cursilería o de brabuconería, y así sucesivamente. Todo ello conduciendo a generar una tensión permanente que reclama el monólogo para recrear las transiciones y siempre, sin dejarle espacios abiertos a posibles confusiones no deseadas.

Literalmente, Joel Joan suda la camiseta de principio a fin, en un ejercicio de concentración descomunal. Y si el reto era asumir un papel dramático en esta exploración múltiple de la conducta humana, lo que nos regaló fue una impresionante lección magistral en un momento dulce de su carrera.