Un obispo antimallorquín
Hay desprecios que necesitan grandes discursos y otros para los que basta una puerta cerrada. A veces, un cerrojo explica mejor una actitud que cien páginas de pastoral. Y Mallorca acaba de encontrarse, precisamente, con una puerta cerrada.
La Diada de Mallorca recuerda uno de los episodios fundamentales de nuestra historia. El 12 de septiembre de 1276, Jaume II juró en la iglesia de Santa Eulàlia el Llibre de franqueses i privilegis del Reino de Mallorca. No hablamos de una tradición fabricada ayer por algún departamento de ingeniería identitaria, ni de uno de esos mitos que el nacionalismo acostumbra a reconstruir a conveniencia. Hablamos de historia. De nuestra historia.
Y, sin embargo, un año más, el obispo de Mallorca ha decidido mantenerse al margen de la celebración religiosa de la Diada en la Catedral. Este año se añade, además, algo todavía más difícil de comprender: que Santa Eulàlia no haya abierto sus puertas para la recreación de la coronación de Jaume II y del juramento de nuestros privilegios y franquicias.
La paradoja sería cómica si no fuese profundamente triste: la Iglesia, que durante siglos ha custodiado buena parte de la memoria material de Mallorca, deja ahora su propia historia en la calle.
Porque Santa Eulàlia no era un decorado escogido al azar. Era el lugar. Sus muros no son simplemente piedras antiguas que puedan alquilarse para una visita turística y cerrarse cuando la historia resulta incómoda. Son testigos de aquello que fuimos. Y una institución que administra semejante patrimonio debería comprender que custodia algo más que edificios: custodia memoria.
¿A quién molesta Jaume II? ¿A quién incomoda recordar el Reino de Mallorca? ¿Qué peligro existe en reivindicar que esta tierra tuvo instituciones, leyes, libertades, tradiciones y personalidad propias muchos siglos antes de que aparecieran los actuales fabricantes de identidades?
Conviene decirlo claramente: defender Mallorca no significa enfrentarla a España. Esa es precisamente la trampa del nacionalismo catalanista, empeñado durante décadas en apropiarse de nuestra identidad para convertirla en una sucursal de otra. Mallorca no necesita pedir prestada su historia, su lengua ni sus símbolos a nadie.
La España histórica jamás fue una gigantesca máquina destinada a borrar pueblos, reinos, fueros y tradiciones. Nuestra unidad se construyó sobre una extraordinaria diversidad histórica. Por eso reivindicar nuestra mallorquinidad es también defender España: una España real, histórica y plural frente a quienes pretenden reducirla a diecisiete administraciones sin alma o fragmentarla en pequeñas naciones inventadas.
Y ahí la actitud episcopal resulta especialmente incomprensible.
La Iglesia mallorquina no llegó ayer. Sus iglesias, monasterios, archivos, campanarios y conventos son inseparables de lo que somos. Durante siglos acompañó nuestros nacimientos, matrimonios y entierros; bendijo a nuestros antepasados y conservó documentos cuando todavía nadie hablaba de políticas de memoria. Pretender ahora desvincularla de la historia de Mallorca sería casi pedir a las piedras de la Seu que olvidasen quién las levantó.
Naturalmente, ningún obispo está obligado a compartir las posiciones políticas de ninguna institución. Tampoco se le pide que milite bajo ninguna bandera. Pero sí cabe esperar de quien ocupa la sede episcopal de Mallorca cierta sensibilidad hacia la historia del pueblo al que sirve.
Cerrar Santa Eulàlia a la representación de lo sucedido entre sus propios muros hace siete siglos y medio deja una imagen desoladora: Mallorca llamando a la puerta de su propia historia y encontrándose cerrada.
Quizá alguien crea que cerrando Santa Eulàlia puede cerrarse también una página de nuestra memoria. Se equivoca.
Los obispos pasan. Los gobiernos pasan. Las modas ideológicas pasan. Jaume II, el Reino de Mallorca y las libertades que juró aquel 12 de septiembre permanecen. Y Santa Eulàlia también permanecerá. Aunque algún día haya que recordar a quienes custodian sus llaves qué ocurrió dentro de sus muros.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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