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CRÍTICA

Málaga y Baleares, hermanadas en un concierto sublime con el regreso del maestro José María Moreno

Sexto concierto de la temporada de abono de la Sinfónica de Baleares bajo la dirección de Moreno

Había suficientes razones para explicar el lleno absoluto que el 29 de enero registraba el Auditórium de Palma en el sexto concierto de la temporada de abono de la Sinfónica de Baleares. La primera de ellas era la orquesta invitada y sin olvidar la monumentalidad del repertorio y el regreso a casa del hijo pródigo, el palmesano José María Moreno, quien desde el año 2021 asume la dirección titular y artística de la Orquesta Filarmónica de Málaga.

Es algo habitual entre orquestas de similar configuración estrechar lazos de buena vecindad, lo que suele traducirse en intercambiarse en las respectivas temporadas de abono. Si no me falla la memoria, desde la refundación de la Orquesta Sinfónica de Baleares, allá por 1989, solamente en una ocasión se ha producido esta circunstancia. Ocurrió en el período de Edmon Colomer (2002-2005) como director titular de la OSIB, dándose la circunstancia de ser en aquel mismo período gerente de la orquesta Abili Fort. Este hecho hizo posible que la orquesta balear ofreciera un concierto extraordinario en el Auditori Nacional de Catalunya, sede de la Sinfónica de Barcelona, en la que Abili Fort había ocupado la gerencia. No se devolvió la visita. 

Lo cuento de memoria, pero no guardo el recuerdo de ver a la Sinfónica de Barcelona en el Auditórium de Palma, en el contexto de la temporada de la OSIB. Ha pasado un mínimo de dos décadas, así que puedo incurrir en un error, aunque no lo creo. Nada más salir el maestro José María Moreno al escenario, ya se encargó él mismo de comunicarle al público que el mes de abril estará la Sinfónica de Baleares en el Teatro Cervantes de Málaga.

Despejada la incógnita y siendo agradecida la reciprocidad, ahora tocaba ir entrando en un repertorio mayúsculo desde el momento de encadenar dos obras maestras de Rachmaninov (Concierto para piano y orquesta nº3) y de Tchaikovsky (Sinfonía nº 6-Patética). Tanto como decir asistir a unos claros ejemplos instalados en la cumbre del romanticismo aportando ambos al sinfonismo una fusión, única, de intensas emociones y profundo lirismo melódico. Además, el concierto de Rachmaninov aporta una de las mayores expresiones técnicas y expresivas del repertorio para piano, lo que pasado un tiempo ha quedado en el imaginario como un examen final para solistas. 

Para la ocasión el solista invitado era el ruso Alexei Volodin, reconocido en los ambientes como «el poeta del piano», uniendo a su fuerza expresiva una gran precisión técnica. De inmediato fue absoluta la comunión entre solista y orquesta. No defraudó, aunque un sector entendiera que había sacrificado con su contención un mayor alarde de romanticismo en su interpretación.

Siendo ambas obras suficientemente conocidas por el público, es cierto que el momento de mayor expectación iba a llegar con la Sinfonía nº 6. Sobre la tarima, el hijo pródigo. En sus manos la capacidad de reflejar la intensa subjetividad de la partitura, expuesto él mismo a examen ante su público y, probablemente como asignatura pendiente, llegar a ser titular de la OSIB. 

Nunca olvidaré su emocionante trabajo en Berlín, abril de 2011, dirigiendo el Réquiem de Verdi, en la sede de la Berliner Philharmoniker, con masa coral, 250 voces, llegada directamente de Mallorca e Ibiza. Estuvo sublime.

En esta ocasión las circunstancias le eran del todo favorables, después de llevar un quinquenio al frente de la Orquesta Filarmónica de Málaga, pero le quedaba su particular examen final ante su público natural y para ello el reto de afrontar una sinfonía muy especial porque revolucionó el género y creando además un nuevo modelo de intensa subjetividad.

La prueba de fuego llegó con el tercer movimiento, sobrecogedor allegro molto vivace, que allí donde suena sublimando la perfección se revela contra las normas de la correcta escucha que marcó Gustav Mahler a comienzos del siglo XX: ¡No se aplaude al finalizar un movimiento! Pues vaya si se aplaudió y José María Moreno, consciente de la tentación del público, cerró el movimiento girándose hacia el público en un alarde casi gimnástico, con la mano alzada como suplicando silencio. Yo aplaudí. Lo volvería a hacer. La Filarmónica de Málaga estaba dando el do de pecho en su interpretación. Finezza!

José María Moreno tuvo que salir varias veces a saludar, ante la insistencia del público en agradecerle esta visita que no agradeceremos lo suficiente.