El llanto del periodista que escribe con el carnet del PSOE en la boca
Llama particularmente la atención —aunque quizá ya no debería sorprender a nadie— que cierto periodista, curtido en años de militancia más o menos disimulada y que escribe sus artículos políticos con el carnet del PSOE en la boca, tenga la audacia de repartir carnets de legitimidad periodística como si fuera árbitro neutral.
Resulta enternecedor, en cierto modo, observar cómo quien ha hecho de la obediencia editorial una forma de vida decide, de repente, erigirse en guardián de la pureza informativa y señalar con el dedo a otros medios, calificándolos de «fachosfera». Qué palabra tan socorrida cuando faltan argumentos. Entiendo que le doliera que el presidente de Vox Baleares otorgara en exclusiva una entrevista a OKBALEARES, pero no hacía falta ir tambaleándose y llorando por las esquinas.
Porque claro, cuando uno lleva tanto tiempo escribiendo al dictado —con la precisión de un metrónomo ideológico— debe de ser complicado aceptar que hay medios que no siguen la misma partitura. Y ahí aparece el berrinche. No hay otra forma elegante de describirlo: un pataleo de niño pequeño, de esos que no nacen de la reflexión, sino del enfado visceral. La rabieta, además, tiene un origen bastante transparente: que el líder de Vox decidiera no pasar por el aro de la prensa de siempre, esa que se autodenomina «seria» y que en su formato de papel tiene los días contados mientras bosteza entre rutinas y editoriales previsibles.
Parte de la responsabilidad recae también en la dirección de Última Hora, que ha decidido practicar un tipo de periodismo que podríamos definir, siendo generosos, como creativo. No todos los días se ve a un medio afirmar sin rubor que un informe de la UCO es favorable a los intereses de Armengol y que, poco menos, viene a confirmar cada una de sus posiciones. Ni siquiera los medios más alineados ideológicamente se atrevieron a una interpretación tan… optimista.
Y aquí es donde el lector empieza a atar cabos. Porque cuando la línea editorial se dobla hasta ese punto, cuando la interpretación de los hechos parece más un ejercicio de fe que de análisis, es inevitable preguntarse qué hay detrás. ¿Convicción? ¿Lealtad? ¿O tal vez esa vieja tradición de favores cruzados que en ciertos ambientes se saldan entre titulares amables y sobremesas bien regadas?
Al final, todo esto no va de periodismo, ni de ética, ni siquiera de ideología. Va de poder, de influencia y de la incomodidad que genera perder el monopolio del relato. Y cuando eso ocurre, cuando aparecen voces que no se pueden controlar ni encajar en el esquema habitual, algunos reaccionan como lo que son en ese momento: no analistas rigurosos, sino opinadores irritados.
Quizá lo más sensato sería asumir que el panorama mediático ha cambiado, que la pluralidad ya no se puede domesticar tan fácilmente y que el lector, ese al que a veces se subestima, sabe distinguir perfectamente entre información, propaganda y rabieta. Pero claro, eso exigiría un ejercicio de autocrítica que, a juzgar por lo visto, todavía queda bastante lejos.