Así transformó Gaudí la Catedral de Mallorca: una exposición recorre su legado en la Seu en el centenario de su muerte
El genial arquitecto inició la reforma y restauración de la Seu en 1903 por encargo del obispo Campins
Abrió el templo a la luz y a la nueva concepción de una Iglesia más abierta a la sociedad
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Fue a principios del siglo XX cuando se inicia el gran proceso de transformación de la Catedral de Mallorca impulsado por el obispo Joan Campins y que desarrolló el arquitecto Antonio Gaudí. Con motivo del centenario del fallecimiento del genial arquitecto, el claustro de la Catedral acoge la exposición Gaudí en la Seu, liturgia, arte y modernidad. La exposición puede visitarse hasta junio de 2027.
Todo empezó el 20 de noviembre de 1899 cuando Campins visita en Barcelona a Gaudí para conocer de cerca el proyecto del templo de la Sagrada Familia, de gran innovación arquitectónica. El obispo Campins quedó impresionado con las explicaciones de Gaudí y concluyó que era la persona idónea para reformar la Seu, la Catedral de Mallorca.
La Seu presentaba algunos daños en la fachada ocasionados por un terremoto, así como deficiencias funcionales como la situación del coro en el centro de la nave y el estado inacabado de varias vidrieras que estaban cegadas. Además, el templo había que adaptarlo a la reforma de la liturgia y a la nueva concepción de una Iglesia más abierta a la sociedad de acuerdo con los tiempos que corrían.
Según se explica en la exposición, el obispo Campins quedó impresionado por las ideas de Gaudí. El arquitecto y el obispo compartían una sensibilidad semejante ante los retos espirituales y culturales de su tiempo. Coincidían en la voluntad de redefinir el espacio litúrgico para favorecer la participación de los fieles, mejorando la acústica y la visibilidad de las celebraciones.
El 7 de marzo de 1902 el Cabildo Catedralicio encargó a Gaudí la restauración de la Catedral.
El proyecto fue redactado en 1903 tras varias visitas de Gaudí a Palma. Se incluía el traslado del coro gótico al presbiterio con el objeto de liberar para los fieles el espacio de la nave central y así adaptarlo a las nuevas formas litúrgicas, y retirar los dos retablos mayores, el gótico y el barroco, quedando a la vista la cátedra episcopal del siglo XIII. Gaudí hizo una maqueta de madera del proyecto, maqueta que no se conserva.
Las paredes del presbiterio fueron decoradas con piezas cerámicas policromadas con los escudos de los obispos de Mallorca y representaciones de ramas de olivo componiendo figuras hexagonales. Siete lámparas votivas sobre la cátedra representan los espíritus frente al trono de Dios mencionados en el Apocalipsis.
Para la mejora de las condiciones de iluminación interior, se proyectó la apertura de las vidrieras que estaban cerradas con mampostería, y se trasladó el altar mayor a una posición más adelantada para dar lugar a la sillería del coro. Fue suspendido de la bóveda un baldaquino de siete caras con un gran crucifijo y lámparas colgantes abarrocadas.
Completaron este conjunto de artefactos de iluminación, unas elaboradas barandas formadas por cadenas y piezas de forja con los escudos de Mallorca y Aragón y diverso mobiliario litúrgico de hierro y madera. Al adelantar el altar, fueron resituados los púlpitos renacentistas. Gaudí proyectó tornavoces sobre ellos, de los que solo uno llegó a construirse.
En el conjunto de las vidrieras, el sistema de formación de los colores que Gaudí aplicó fue la tricromía con tres cristales superpuestos, concepto profundamente naturalista que hace de la propia luz solar el agente formador de los tonos. En el diseño colaboraron los artistas Ivo Pascual, Jaime Llongueras y Joaquín Torres García.
Lo cierto es que el año 1905 marcó un punto de inflexión en la reforma de la Catedral. Fue cuando Gaudí asumió una mayor autonomía creativa en diálogo con el Cabildo Catedralicio y el canónigo Antoni Maria Alcover, hombre de confianza del obispo. La luz se convirtió en protagonista en el presbiterio. Gaudí combinó la electricidad y la iluminación natural por medio de un proyecto de apertura de vitrales y el rosetón menor con una técnica innovadora: la ya mencionada tricromía. Sólo se concluyó una parte del proyecto.
La capilla de la Trinidad situada en la cabecera, hasta entonces tapada por los dos retablos, fue abierta para ubicar allí las tumbas de los reyes mallorquines Jaime II y Jaime III. La propuesta que incluía la construcción de los sarcófagos bajo los arcos laterales de la capilla con elaborada decoración quedó sin completarse. Es conocida por las maquetas, un dibujo de Gaudí conservado y otros realizados por su sucesor en las obras. Años más tarde se ejecutaron las tumbas con un nuevo proyecto y esculturas yacentes de Frederic Marès.
El baldaquino colgante que se dispuso sobre el altar mayor tiene una inclinación que permite que desde la entrada se tenga la visión de la Virgen y la Trinidad enmarcados por este elemento simbólico que representa los siete dones del Espíritu Santo. En el exterior se preveía la reforma de las cubiertas de la Catedral donde se construirían pináculos y un campanario. Para esta obra Gaudí contó con la colaboración de Joan Rubió. En los aspectos decorativos tuvo importante participación el entonces joven arquitecto Josep Maria Jujol, especialmente en la decoración del ábside, donde la libertad creativa que le otorgó Gaudí provocó algunos roces con los canónigos.
De este ambicioso programa, una gran parte llegó a concretarse en 12 años de trabajo hasta que Gaudí en 1914 tuvo diferencias con los constructores y algunos miembros del Cabildo. Tras el fallecimiento del obispo Campins el año siguiente, dejó definitivamente la obra y quedó a cargo Rubió hasta que fue designado un nuevo arquitecto. Quedaron pendientes de acabar seis de las nueve vidrieras proyectadas, parte del mobiliario, las cubiertas y las tumbas reales.
La intervención de Jujol
La restauración de la Catedral de Mallorca va mucho más allá de una reinterpretación de las formas de la época, ya que constituye una aplicación de conceptos de reforma litúrgica. El traslado del coro, la recuperación de la centralidad del altar y la cátedra y la reorganización del presbiterio perseguían una participación más activa de los fieles. Fueron unas decisiones que se anticipaban a los cánones marcados por el Concilio Vaticano II, celebrado décadas después, entre 1962 y 1965. La clave era situar la comunidad y la liturgia en el centro del templo.
De Gaudí son estas palabras: «No se trata de una reforma, sino de una restauración y no en el sentido restrictivo de añadir elementos de un determinado estilo o época, sacrificándolos de otras épocas, sino de devolver las cosas a su lugar y a su verdadera función».
La intervención de Gaudí generó mucho debate y una gran polémica. Intelectuales de la época, artistas y miembros de la curia expresaron abiertamente su rechazo a la reforma. El pintor Santiago Rusiñol cuestionó el derecho de un arquitecto, por genial que fuera, a alterar la armonía de un conjunto histórico. El poeta Miquel Ferrà, que defendió inicialmente la renovación impulsada por Campins y que reconocía la genialidad de Gaudí, expresó sus reticencias sobre ciertos cambios.
Algunos miembros del clero, como el sacerdote Emili Sagristà, calificaron incluso de atentado y crimen algunas de las intervenciones.
Así y todo, en la sociedad y los medios de comunicación prevalecieron las opiniones a favor de la reforma. En la prensa madrileña, el escritor Azorín destacó el carácter genial y renovador de la obra de Gaudí y el canónigo Miquel Costa i Llobera alabó en un poema al arquitecto.
En cualquier caso, su gran obra en Mallorca fue la restauración de la Catedral, proyecto lamentablemente no llevado a la práctica en su totalidad, que aunó técnica, conocimientos históricos, sensibilidad, habilidad para el reciclado y dominio del arte religioso y la liturgia.
Hubo una tercera fase de la reforma de la Catedral que se inició en 1908 con la incorporación de Josep Maria Jujol, colaborador de Gaudí. Jujol, estimulado por Gaudí, asumió el proyecto decorativo del presbiterio y fue responsable de la decoración cerámica de los muros que flanquean la cátedra episcopal con los 53 escudos de los obispos de Mallorca desde la creación de la diócesis en 1238.
Jujol repartió por metales dorados, pintura, grafitis, esgrafiados y fragmentos de trencadís por la capilla mayor y la capilla de la Trinidad.
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