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Balti es un cobarde: del «puto nazi» al «yo no fui»

Hay personajes que confunden el activismo con el postureo, la valentía con el ruido y la responsabilidad con un concepto abstracto que siempre afecta a los demás. Baltasar Picornell, más conocido como Balti, parece haber decidido inscribirse en esa selecta categoría.

Durante años, el ex presidente podemita del Parlament balear se ha movido cómodo en el terreno de la pancarta, el eslogan fácil y la superioridad moral. Desde allí todo resulta sencillo. Señalar, insultar, etiquetar y repartir carnés de buenos y malos es una actividad que requiere poco esfuerzo cuando uno se siente respaldado por una determinada parroquia ideológica.

El problema llega cuando las palabras y los actos abandonan las redes sociales y aterrizan en los juzgados. Entonces, de repente, el revolucionario del Twitter descubre los matices. Donde antes había certezas, ahora aparecen explicaciones. Donde antes había contundencia, ahora hay versiones. Y donde antes había un hombre dispuesto a llamar «puto nazi» a Jorge Campos, ahora parece haber alguien que asegura que él no hizo nada, que la pintada llevaba allí más de un año y que simplemente pasaba por delante cuando decidió hacerse una foto.

Qué mala suerte. Ahora las ratas saltan del barco. Como en su día hizo el capitán del Costa Concordia.

Porque resulta curioso que quien parecía tan convencido de sus actos y de sus mensajes ahora se esfuerce tanto en desvincularse de ellos. Si uno es lo suficientemente valiente para señalar públicamente a otra persona, también debería serlo para asumir las consecuencias cuando toca dar explicaciones. La coherencia no debería ser una prenda que se utiliza únicamente para las fotografías.

En la vida adulta existe una norma bastante sencilla: cada uno carga con sus decisiones. Lo contrario es actuar como un bravucón de barrio mientras hay aplausos alrededor y esconderse cuando aparecen las responsabilidades. Es muy fácil jugar a revolucionario cuando el coste es cero. Lo complicado es mantener el mismo discurso cuando alguien pregunta delante de un juez.

Mención especial merece la estrategia de defensa. Escuchar argumentos sobre supuestas conciliaciones previas o cuestiones procesales para intentar esquivar el fondo del asunto suena más a búsqueda desesperada de una salida que a una explicación convincente. Pero tampoco puede reprochársele demasiado. Cuando uno llega acorralado a una situación incómoda, suele agarrarse a cualquier tabla de salvación, por endeble que parezca.

Y luego está la calle. O mejor dicho, la ausencia de ella. Porque las convocatorias de apoyo organizadas para respaldar a Balti han dejado una imagen bastante reveladora. Más asociaciones anunciadas que personas presentes. Más expectación en las redes que asistencia real. Más periodistas y policías que manifestantes. Ni una cena de vecinos reúne a tan poca gente.

Quizá el problema sea que la ciudadanía empieza a estar cansada de quienes viven permanentemente instalados en la indignación selectiva. O quizá simplemente ocurre que los mismos de siempre ya no consiguen movilizar más allá de su círculo habitual. Ese pequeño grupo de profesionales de la protesta que parecen tener un calendario sorprendentemente libre para acudir a cualquier concentración.

Al final, toda esta historia deja una enseñanza bastante simple. La valentía no consiste en hacerse una foto delante de una pintada. Tampoco en lanzar insultos desde una posición cómoda. La verdadera valentía aparece cuando llega el momento de responder por lo que uno ha dicho o hecho.

Y ahí, precisamente ahí, es donde algunos gigantes terminan descubriendo que en realidad eran bastante más pequeños de lo que aparentaban. Dicho claro, Balti es un cagón.