Baleares no se arrodilla en Berlín
Cada mes de marzo, el turismo se viste de feria internacional y se da un paseo por Alemania. Allí, entre pabellones interminables y alfombras que huelen a café recalentado, se celebra la Internationale Tourismus-Börse (ITB), esa cumbre donde los destinos compiten por algo más que folletos brillantes: compiten por el relato. Y en ese escenario, Baleares no puede limitarse a sonreír para la foto. Tiene que decidir qué quieren ser cuando sean mayores.
Durante años, Baleares ha acudido a Berlín como quien acude a una cita con un pretendiente fiel. Alemania es un mercado histórico, casi sentimental. Pero los tiempos han cambiado. La conversación ya no gira solo en torno al número de plazas hoteleras o a la temporada alta, sino a la sostenibilidad, la presión demográfica y el hartazgo de quienes sienten que su tierra se ha convertido en un decorado. Y aquí es donde conviene apartar el confeti y hablar en serio.
Para Vox, la ITB no debería ser una pasarela de eslóganes verdes ni un escaparate de complejos. Baleares no necesita pedir perdón por vivir del turismo. Lo que necesita es orden, control y una defensa sin titubeos de su tejido productivo. Porque el turismo, nos guste o no, es la columna vertebral de la economía insular. Demonizarlo es tan absurdo como pretender que el mar no moja.
En Berlín se habla mucho de límites. Límites al crecimiento, límites a los vuelos, límites a las viviendas turísticas. Todo muy razonable hasta que uno se pregunta quién paga la factura de tanta contención. El camarero que encadena contratos de seis meses no vive de las declaraciones solemnes sobre la huella de carbono. Vive de que el avión aterrice y el hotel abra. Y el pequeño empresario que ha invertido sus ahorros en un agroturismo no puede sobrevivir a golpe de moratoria administrativa.
Eso no significa mirar hacia otro lado ante los problemas. Significa afrontarlos con realismo. El descontrol migratorio, la saturación de servicios públicos y la escalada del precio de la vivienda no son cuentos para asustar a turistas; son preocupaciones cotidianas de miles de residentes. Si Baleares quiere presentarse en la ITB con la cabeza alta, debe explicar que tiene un plan para proteger a quienes viven allí todo el año. Y proteger implica priorizar al residente frente al oportunismo especulativo y frente a políticas que, bajo la bandera del buenismo, acaban perjudicando a los de siempre.
Hay una tentación muy contemporánea de convertir cada feria internacional en una sesión de terapia colectiva. Se pide disculpas por recibir demasiados visitantes, se promete decrecer con elegancia, se adopta un tono casi penitencial. Pero un destino turístico no es un pecador público. Es una comunidad que ofrece hospitalidad a cambio de prosperidad. Y esa relación debe ser equilibrada y justa.
La ITB es también una batalla por la imagen. Si Baleares se presenta como un territorio inseguro jurídicamente, donde cada legislatura cambia las reglas del juego, el inversor se irá a otro estand, probablemente al de algún competidor mediterráneo menos escrupuloso y más pragmático. La seguridad jurídica y la estabilidad normativa no son caprichos ideológicos; son condiciones básicas para cualquier economía seria.
Quizá lo más sensato sea recordar que las Islas no son un parque temático ni un laboratorio de experimentos sociales. Son hogares. Y desde ahí, con esa convicción tranquila, acudir a Berlín no a pedir indulgencia, sino a reivindicar un modelo turístico fuerte, ordenado y compatible con la identidad propia, sin complejos y sin autoflagelaciones.
- David Gil es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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