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Paso muchas horas al año en aeropuertos, hoteles y trenes, y sigo viendo a gente conectarse a redes abiertas con la misma tranquilidad con la que entra en su salón. El problema es que una red pública no la controla nadie que responda ante ti, no sabes quién la ha montado, qué hace con tu tráfico ni cuánto tiempo lleva ahí. El cifrado de las webs protege bastante, pero solo protege lo que va dentro de ese tubo, no te dice quién es el dueño del tubo. Ahí es donde aparecen los problemas de verdad, y casi todos empiezan por un hábito. Estos son los cinco que conviene dejar atrás antes de las vacaciones.
Conectarte a la primera red abierta que aparece con un nombre creíble
Este es el problema serio, y no tiene nada que ver con la tecnología del cifrado. Montar una red falsa cuesta muy poco, basta con llamarla como el sitio donde estás, dejarla abierta y esperar. En un aeropuerto conviven decenas de redes y nadie sabe de memoria cuál es la oficial, así que la gente elige por el nombre. Si te conectas a la red equivocada, quien la controla decide a qué servidores llega tu tráfico y puede colarte una página de acceso que imite a la real para pedirte datos.
La costumbre que hay que interiorizar es sencilla y ligeramente incómoda, preguntar el nombre exacto de la red en el mostrador, en la recepción del hotel o en el ticket de la cafetería, y desconfiar de las variantes con guiones bajos, con la palabra «free» añadida o con la palabra «gratis» en un país donde nadie escribe en español. Si hay dos redes con nombres casi idénticos, la señal de alarma es esa, no la fuerza de la señal.
Entrar en el banco o hacer compras desde una red que no controlas
Aquí entra en juego la diferencia entre lo que es técnicamente posible y lo que es sensato. Puede que la operación salga bien, pero estás poniendo una capa entera de tu seguridad en manos de un desconocido, y no hace falta. Además, el riesgo cambia mucho según cómo lo hagas, la aplicación oficial del banco valida el certificado del servidor y es más difícil de engañar, mientras que el navegador, un ordenador prestado o un enlace que ha llegado por correo dejan la puerta bastante más abierta.
Mi norma personal es simple, las operaciones con dinero, desde la aplicación del banco y desde datos móviles. Cuesta cinco segundos y elimina de un plumazo toda una categoría de problemas. Y si vas a estar fuera de la Unión Europea, donde el roaming ya no está incluido en la tarifa, esos cinco segundos de datos móviles siguen costando céntimos.
Dejar el wifi encendido todo el día y que el móvil se conecte solo
El teléfono guarda las redes a las que te has conectado y las busca de forma automática. Eso significa que va anunciando por la calle a qué sitios has ido, y que puede engancharse a una red abierta sin que te enteres solo porque comparte nombre con otra a la que te conectaste hace meses. Los nombres genéricos son los peores: cualquier red llamada como una cadena de cafeterías o de hoteles se repite en medio mundo, y el móvil no distingue.
Dos ajustes arreglan casi todo. En iPhone, en Ajustes > Wi-Fi, conviene desactivar la conexión automática en las redes públicas guardadas y borrar las que ya no se usan. En Android el menú equivalente está en Ajustes > Redes e internet > Internet, con la opción de olvidar redes y de desactivar la conexión automática. Y si vas a estar caminando por una ciudad, apagar el wifi directamente ahorra batería y elimina el problema de raíz.
Aceptar sin leer todo lo que pide el portal de acceso
La pantalla que aparece al conectarte al wifi de un aeropuerto o un centro comercial suele pedir el correo, a veces el teléfono, a veces la fecha de nacimiento, y casi siempre incluye una casilla marcada por defecto para recibir comunicaciones comerciales. Esa pantalla es el verdadero modelo de negocio de muchas redes gratuitas. No te están regalando internet, te están comprando el dato a cambio de veinte minutos de conexión.
La recomendación práctica es dar el mínimo imprescindible, desmarcar la casilla comercial y usar una dirección de correo secundaria para estos casos. Quien tenga iPhone puede usar Ocultar mi correo si está suscrito a iCloud+. Y si el portal pide instalar un certificado o una aplicación para poder navegar, ahí sí conviene parar: eso ya no es publicidad, es acceso al interior del dispositivo.
Ignorar los avisos de certificado y las páginas sin candado
El navegador lleva años avisando cuando algo no cuadra con el certificado de una web, y la reacción habitual es pulsar en continuar porque tenemos prisa. En una red doméstica ese aviso suele ser un fallo tonto. En una red pública es la única señal que vas a recibir de que alguien está intentando meterse en medio de la conversación. No hay muchas más pistas, y esa merece atención.
La regla es no saltarse nunca un aviso de certificado mientras estás en una red que no controlas, aunque la página sea del hotel o del aeropuerto. Si una web que siempre carga con candado aparece de repente sin él, la respuesta correcta es cerrar y tirar de datos móviles. Cuesta menos que resolver el desaguisado después.
Qué hacer en lugar de todo eso
Lo primero, asumir que los datos móviles son la mejor red pública que existe. Dentro de la Unión Europea entran en la tarifa nacional, así que usarlos no supone coste añadido, y compartir la conexión con el portátil desde el móvil resuelve el noventa por ciento de las situaciones sin depender de la red de nadie.
Segundo, la VPN. Cifra tu tráfico y lo saca de la red en la que estás, de modo que el dueño del wifi deja de ver a qué te conectas. Es la herramienta correcta si trabajas desde redes ajenas con frecuencia o si viajas a países con restricciones de acceso. Lo que no hace es protegerte de ti mismo: si entregas tus credenciales en una web falsa, viajarán cifradas hasta el estafador. Y si la usas, que sea de pago y con política de no registros auditada. Las gratuitas viven de vender el tráfico de sus usuarios, que es justo aquello de lo que dices querer protegerte.
Y tercero, las medidas que no dependen de la red y que casi nadie aplica. Tener la verificación en dos pasos activada en el correo y en el banco, mantener el sistema actualizado, no reutilizar contraseñas y desactivar la conexión automática. Con eso, el wifi del aeropuerto se convierte en lo que debería ser: una comodidad ocasional que usas con cabeza, no la red desde la que haces tu vida digital durante quince días.
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