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REFRIGERACIÓN

Convierten el calor en frío sin motor ni compresor: dos láminas de níquel y titanio logran 13 grados de diferencia

Dos láminas de 22 y 26,5 micras logran 12,9 grados de diferencia en el metal y 4 grados en el aparato, y funcionan con una fuente de calor a 130 grados.

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¿Y si el calor que suelta el procesador de un ordenador sirviera para enfriarlo? Suena a trampa, casi como pedirle a una estufa que haga de nevera. Pero es lo que acaba de demostrar un equipo del Instituto Tecnológico de Karlsruhe (KIT), en Alemania, junto a la Universidad de Tsukuba, en Japón, con un prototipo que fabrica frío a partir de calor y sin motor eléctrico.

El truco está en dos láminas de níquel y titanio más finas que un pelo. Una se mueve cuando se calienta y la otra se enfría cuando la estiran. De momento es un aparato de laboratorio diminuto, pero abre una puerta curiosa para aprovechar el calor que hoy se tira.

Metales que recuerdan su forma

La clave son las aleaciones con memoria de forma. Son metales que, si se deforman y después se calientan, vuelven solos a su forma original, como si la recordaran.

También tienen otra habilidad, el llamado efecto elastocalórico. Al estirarlos, su estructura interna cambia y se calientan, y al soltarlos absorben calor y se enfrían. El proyecto europeo SUPERCOOL, de la Universidad de Liubliana, lo presenta como una alternativa sólida a la refrigeración por compresión de las neveras, sin gases refrigerantes.

¿Dónde estaba el problema? En que, para estirar y soltar el metal una y otra vez, hacía falta un motor eléctrico voluminoso. Justo lo que se quería evitar.

Una lámina empuja y otra enfría

El grupo de Jingyuan Xu, en el Instituto de Tecnología de Microestructuras del KIT, ha sustituido ese motor por otra lámina con memoria de forma, de 22 micras de grosor, que hace de músculo. Al calentarse se contrae y tira de la segunda lámina, de 26,5 micras, que es la que produce el frío.

Cuando el calor se retira, el músculo se relaja, suelta a su compañera y todo vuelve a empezar. «Una lámina convierte el calor en trabajo mecánico y la otra convierte ese trabajo en frío», resume Xu en la nota del KIT del 28 de agosto de 2026.

La autora principal, la doctoranda Yi-Ting Hsiau, cuenta que el momento decisivo fue medir el frío que salía de un sistema movido solo por calor. Firman también Manfred Kohl, del KIT, y Shuichi Miyazaki.

Qué ha conseguido el prototipo

Las cifras son modestas. Con la lámina motora calentada a 86 grados con una pequeña corriente eléctrica (como la resistencia de un tostador), el metal refrigerante alcanzó una diferencia de 12,9 grados. El aparato completo, 4 grados.

La prueba de fuego llegó después. Movido por una fuente de calor externa a 130 grados, sin corriente en la lámina motora, el dispositivo mantuvo 2,2 grados de diferencia. Su potencia de frío fue de apenas 2,09 milivatios, aunque cada gramo de metal refrigerante rinde 3,32 vatios.

Para hacerse una idea, en 2025 un equipo de Hong Kong presentó un aparato elastocalórico de 1.284 vatios. Claro que aquel sí llevaba motor.

Chips, coches y centros de datos

¿Para qué podría servir? Los autores hablan del calor residual y de la energía solar térmica, la que aprovechan las centrales de espejos. La Hector Fellow Academy, que ha financiado parte del trabajo, apunta a los procesadores y a los coches, donde el calor del motor podría refrigerar componentes delicados.

La idea encaja con un problema muy actual. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos gastaron unos 415 teravatios hora en 2024, alrededor del 1,5% de la electricidad mundial, y podrían más que duplicarlo en 2030. Toda esa energía acaba convertida en calor que hay que sacar.

Por eso las tecnológicas buscan desde la energía geotérmica hasta nuevas formas de refrigerar. Y la presión crecerá con proyectos como las fábricas de chips gigantes.

En casa pasa algo parecido. La misma agencia calculó en 2018 que el aire acondicionado ya se llevaba cerca del 10% de la electricidad del planeta.

Lo que falta para salir del laboratorio

Ojo, porque el camino es largo. Los ciclos son lentos, menos de uno por segundo, el metal se estira poco y el intercambio de calor es mejorable.

Toca colocar muchas láminas en paralelo, acelerar el ritmo y demostrar que aguantan años de uso. Un resumen publicado por la revista el 9 de septiembre de 2026 insiste en la idea de fondo, enfriar con la mínima electricidad usando calor que hoy nadie aprovecha.

«Creemos que esto es solo el principio», afirma Xu. Si todo va bien, el calor sobrante de un ordenador o de un tejado al sol podría acabar enfriando lo que tiene al lado. Cuándo, todavía está por ver.

El estudio se ha publicado en la revista Nature Energy.

Crédito de la imagen: Petermaerki (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).