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La psiquiatría revela que las personas que se tapan para dormir incluso cuando hace calor no lo hacen por costumbre, sino que es una forma del sistema nervioso de buscar seguridad

Con la llegada del verano, dormir bien se convierte en una pequeña batalla cotidiana. El calor se cuela en las habitaciones, el aire apenas corre y cualquier truco parece que nos puede servir, desde ventiladores, hasta el aire acondicionado y como no, dormir con la ventana abierta. Aun así, hay un detalle que sigue sorprendiendo a muchos y que hay personas que, pese a las altas temperaturas, no pueden conciliar el sueño si no están tapadas con una manta.

A simple vista puede parecer una manía sin demasiado sentido. Pero desde la psiquiatría se ofrece una explicación distinta, más ligada a cómo funciona el sistema nervioso que a una simple costumbre. La psiquiatra Eva García, conocida en redes como @drevapsiquiatra, lo ha explicado en una de sus publicaciones en las que habla de cómo dormir cubierto, incluso cuando hace calor, no es algo extraño, sino una forma en la que el cuerpo busca sentirse seguro.

La psiquiatría revela que las personas que se tapan para dormir incluso cuando hace calor no lo hacen por costumbre

Para entenderlo, conviene partir de una idea básica y es que el sueño no depende sólo del cansancio, sino que el cuerpo necesita percibir que está en un entorno seguro para poder relajarse de verdad. En ese proceso, pequeños estímulos pueden marcar la diferencia, de mnodo que la presión de una manta, el peso sobre el cuerpo o simplemente la sensación de estar cubierto funcionan como señales que ayudan a bajar la activación del sistema nervioso.

No es algo que se piense de forma consciente. No hay una decisión racional de «quiero taparme porque me siento mejor», sino una respuesta aprendida que el cuerpo activa casi de manera automática cuando llega la hora de dormir. Por eso, incluso en noches de calor, hay personas que prefieren aguantar unos grados más antes que renunciar a esa sensación de seguridad que le da el hecho de estar tapado.

Cuando el hábito va más allá del presente

Según explica la especialista, en algunos casos este comportamiento puede tener relación con experiencias pasadas. No siempre, pero sí con cierta frecuencia y que afecta sobre todo a personas que han crecido en entornos inestables o emocionalmente impredecibles pueden haber desarrollado una mayor necesidad de control o seguridad a la hora de descansar. En ese contexto, la manta se convierte en algo más que un simple objeto.

Actúa como una especie de ancla. Un elemento físico que el cerebro asocia con protección, con calma o con esa sensación de refugio que quizá no siempre estuvo presente, aunque tampoco significa que quien duerme tapado haya tenido necesariamente una infancia complicada. Pero sí ayuda a entender por qué, en algunos casos, ese gesto se vuelve imprescindible.

Detalles que parecen pequeños, pero no lo son

Hay comportamientos que suelen acompañar a este hábito y que, vistos de cerca, también tienen su lógica. Por ejemplo, personas que se tapan sólo parcialmente o que dejan una pierna fuera de la manta. Puede parecer una simple cuestión de temperatura, pero no siempre es solo eso. Ese equilibrio entre estar cubierto y, al mismo tiempo, mantener una parte del cuerpo expuesta puede tener que ver con la necesidad de no «bajar del todo la guardia».

Estar completamente tapado implica relajarse. Y no todo el mundo lo hace con facilidad. Dejar una parte del cuerpo fuera sería, en ese sentido, una forma de mantener cierta conexión con el entorno. La propia psiquiatra lo explica en su vídeo como una especie de mecanismo de «conexión a tierra»: una manera de no sentirse completamente vulnerable mientras se duerme.

No es una rareza, es una forma de adaptación

Lejos de ser un comportamiento extraño o infantil, este tipo de hábitos encajan dentro de lo que se conoce como estrategias de regulación. El cuerpo, con el tiempo, aprende qué le ayuda a relajarse. Igual que hay quien necesita silencio absoluto, una postura concreta o una rutina muy marcada antes de acostarse, otras personas encuentran en la manta ese elemento clave. Intentar eliminarlo sin más, sobre todo si no genera problemas, no suele tener mucho sentido. Al contrario, entenderlo ayuda a normalizarlo.

Dormir bien no es solo cuestión de temperatura

Cuando se habla de descanso, muchas veces se pone el foco en factores físicos: el calor, el colchón, el ruido. Y todos influyen, claro. Pero hay otro componente igual de importante y es la sensación de seguridad. Si el cuerpo no percibe que puede relajarse, dormir bien se complica. Y ahí es donde entran en juego este tipo de gestos que, desde fuera, pueden parecer contradictorios.

Dormir tapado en verano puede no ser lo más cómodo desde el punto de vista térmico, pero para algunas personas es lo que marca la diferencia entre dar vueltas en la cama o quedarse dormidas, así que en el fondo, no es una manía ni una simple costumbre. Es la forma en la que el sistema nervioso encuentra un equilibrio.