Palomares 60 años después: ¿están los vecinos expuestos a radiaciones 20 veces superior a lo normal?
La alerta se ha reactivado ante el reciente proyecto para construir 1.600 viviendas en el sector PA-4 de la zona
Desde una perspectiva histórica, el accidente de Palomares del 17 de enero de 1966 marcó uno de los episodios más singulares y controvertidos de la Guerra Fría en territorio europeo. Ese día, un bombardero estratégico B‑52G de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, cargado con cuatro bombas termonucleares, colisionó en pleno vuelo con un avión cisterna KC‑135 durante una operación de reabastecimiento sobre el mar Mediterráneo frente a Almería, provocando la caída de las armas sobre la pedanía de Palomares (Cuevas del Almanzora, Andalucía) y áreas costeras cercanas.
Aunque los mecanismos de seguridad impidieron una detonación nuclear total, dos de las bombas liberaron plutonio al romperse sus explosivos convencionales al impactar, dispersando material radiactivo y contaminando varios kilómetros cuadrados de terreno agrícola y residencial.
La magnitud del suceso y el miedo social a posibles efectos sobre la salud y el medio ambiente generaron una intensa preocupación pública tanto en España como internacionalmente, especialmente en un contexto marcado por la rivalidad nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque no se produjeron víctimas civiles directas por la radiación, la presencia de plutonio -un elemento altamente tóxico y duradero- y la incertidumbre científica en torno a sus efectos crearon un clima de alarma que desbordó la esfera local.
En respuesta a estas inquietudes y a fin de tranquilizar a la opinión pública, el entonces ministro de Información y Turismo del régimen franquista, Manuel Fraga Iribarne, protagonizó un gesto simbólico de «baño de confianza» al bañarse en las aguas de la zona junto al embajador estadounidense, con el objetivo de demostrar que las playas y el mar no representaban un peligro radiactivo evidente.
Contaminación radiactiva
A pesar de las operaciones iniciales de descontaminación, que incluyeron la retirada de miles de toneladas de tierra contaminada enviadas a Estados Unidos, la investigación científica y ambiental posterior ha mostrado que la contaminación radiactiva persistió durante décadas y que la gestión del sitio estuvo marcada por respuestas gubernamentales a menudo contradictorias entre promesas de seguridad, intereses estratégicos y la demanda ciudadana de transparencia y protección sanitaria. Este legado histórico, alimentado tanto por políticas públicas como por la percepción social del riesgo nuclear, sigue siendo objeto de análisis académico y ambiental a seis décadas del accidente.
Estas actuaciones han sido muy criticadas por colectivos como Ecologistas en Acción que han marcado la actuación de las administraciones en las seis décadas desde que el 17 de enero de 1966 desde que cayeron en Palomares cuatro bombas termonucleares estadounidenses y asegura que se ha tratado de «una estrategia consciente» para convertir la pedanía en un «laboratorio a cielo abierto» donde estudiar los efectos del plutonio.
La clave de todo esto según los colectivos reside en la clasificación administrativa, ya que el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) cataloga la zona como de «contaminación perdurable», lo que permite unos límites de exposición de hasta 20 milisievert (unidad que mide la dosis de radiación) al año, frente al milisievert habitual.
«Para hacernos una idea, una radiografía de tórax supone recibir 0,1 milisievert. Quiere decir que 20 milisievert suponen 200 radiografías de tórax al año», señalan al considerar esta situación «absolutamente intolerable».
Nueva construcción en Palomares
La alerta ecologista se ha reactivado ante el reciente proyecto para construir 1.600 viviendas en el sector PA-4, sobre los terrenos donde se instaló en 1966 el llamado Campamento Wilson del ejército estadounidense. «Todas las tardes los americanos limpiaban ahí los vehículos llenos de polvo radiactivo, les echaban agua dulce y esa agua se filtraba y ahí sigue», por lo que si las obras comienzan, «se levantará ese plutonio oculto», explican.
Sin estudios epidemiológicos
No existe a día de hoy un estudio epidemiológico sólido que analice de manera concluyente la incidencia de cáncer u otras enfermedades vinculadas a la radiación en Palomares más de medio siglo después del accidente. Organismos científicos han señalado la necesidad de un análisis profundo al respecto, ya que el seguimiento hasta ahora se ha basado principalmente en controles radiológicos y mediciones individuales de exposición, no en estudios poblacionales exhaustivos.
Un estudio independiente con datos de mortalidad y cáncer en 2005 sugirió que las tasas de cáncer en Palomares podrían haber sido más altas que en poblaciones comparables, pero los autores advirtieron que la evidencia no era concluyente y podría deberse a azar o a otros factores.
Sin embargo, la contaminación ambiental con plutonio ha persistido durante décadas y se ha detectado en suelo, sedimentos y fauna, y algunos científicos y ecologistas expresan preocupación por la falta de estudios epidemiológicos más profundos y exhaustivos que puedan descartar por completo efectos a largo plazo.
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