Dr. Pedro Gil: «Tratar el intestino podría ser una herramienta clave para prevenir el deterioro cognitivo»
"El desgaste de la memoria no empieza solo en el cerebro"
"Con el envejecimiento se producen cambios que favorecen la proliferación de determinadas bacterias"
En los últimos años, la ciencia ha empezado a replantear cómo entendemos el envejecimiento cerebral. En un reciente estudio publicado en Nature se ha puesto el foco en el eje intestino-cerebro, mostrando cómo alteraciones en la comunicación entre ambos sistemas podrían influir en la pérdida de memoria asociada a la edad. Lejos de ser un proceso exclusivamente cerebral, el deterioro cognitivo se perfila, según se constata en este trabajo, cada vez más como un fenómeno complejo en el que intervienen factores metabólicos, inflamatorios e incluso la microbiota intestinal.
Este nuevo enfoque abre la puerta a una reflexión clave, y es que no todos los fallos de memoria forman parte de una enfermedad neurodegenerativa. De hecho, entre el envejecimiento cognitivo normal y la demencia existe una fase intermedia, el deterioro cognitivo leve, que afecta a alrededor del 15% de las personas mayores de 60 años y, en muchos casos, constituye una oportunidad para actuar de forma precoz, según explica el Dr. Pedro Gil Gregorio, médico especialista en Geriatría y profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe Farma, quien sostiene que factores como la alimentación, el estilo de vida o la salud metabólica pueden desempeñar un papel relevante en esta evolución.
PREGUNTA.- El estudio reciente publicado en Nature apunta a que la disfunción en la comunicación entre el intestino y el cerebro podría contribuir al deterioro cognitivo asociado a la edad. ¿Qué mecanismos biológicos explicarían esta relación entre microbiota, sistema digestivo y memoria?
RESPUESTA.- La relación entre microbiota, sistema digestivo y memoria se explica por una cascada de mecanismos biológicos bien conectados. Con el envejecimiento, se producen cambios en la composición de la microbiota intestinal que favorecen la proliferación de determinadas bacterias capaces de generar metabolitos específicos. Estos compuestos activan el sistema inmunitario periférico, generando un estado inflamatorio crónico de bajo grado. Esa inflamación interfiere con la señalización del nervio vago, que es la principal vía de comunicación entre el intestino y el cerebro, debilitando la información que llega al sistema nervioso central.
P.- Según esta investigación, el deterioro cognitivo podría no originarse únicamente en el cerebro, sino también en procesos metabólicos o inflamatorios vinculados al intestino. ¿Cómo cambia este enfoque nuestra forma de entender y estudiar el envejecimiento cerebral?
R.- Durante mucho tiempo hemos considerado que el deterioro cognitivo era un proceso localizado exclusivamente en el cerebro, ligado a la neurodegeneración. Sin embargo, hoy entendemos este fenómeno como un proceso sistémico en el que intervienen múltiples órganos y sistemas. Factores metabólicos, inflamatorios e incluso microbiológicos pueden influir directamente en la función cerebral. Esto implica que ya no podemos estudiar el cerebro de forma aislada, sino que debemos integrarlo dentro del conjunto del organismo. Desde el punto de vista clínico y de investigación, esto abre nuevas vías para intervenir sobre el deterioro cognitivo actuando fuera del sistema nervioso central.
P.- Entre el envejecimiento cognitivo normal y la demencia existe una fase intermedia conocida como deterioro cognitivo leve. ¿Cómo se diferencia clínicamente esta etapa de los olvidos normales de la edad y qué señales deberían alertar a pacientes y familiares?
R.- Durante la fase del deterioro cognitivo leve, el paciente presenta una alteración de la memoria superior a la esperada para su edad y nivel educativo, siendo percibida también por personas de su entorno a pesar de que su autonomía funcional se mantenga prácticamente intacta. Esto es lo que lo diferencia de los olvidos normales asociados a la edad, que son esporádicos, no progresivos y no interfieren en la vida diaria. Signos como la repetición frecuente de preguntas, dificultades para seguir conversaciones o problemas en la planificación de tareas son señales que pueden indicar que no estamos ante un envejecimiento normal, sino ante una fase inicial de deterioro.
P.- Otras investigaciones sugieren que factores como la alimentación, el ejercicio o el control metabólico pueden influir en la evolución cognitiva. ¿Qué evidencia existe hoy sobre el impacto real del estilo de vida en la prevención del deterioro cognitivo?
R.- La evidencia actual respalda claramente el impacto del estilo de vida en la evolución cognitiva. El ejercicio físico regular se asocia con un menor riesgo de deterioro, y la dieta, especialmente patrones como la dieta mediterránea, puede reducir tanto su aparición como su progresión. También es fundamental la estimulación cognitiva, ya que contribuye a mantener la llamada reserva cognitiva. Además, el control de factores metabólicos como la hipertensión, la diabetes o la dislipidemia resulta clave, porque estos influyen directamente en el riesgo de deterioro.
Lo más interesante es que intervenciones intensivas que combinan varios de estos factores han demostrado no solo frenar, sino incluso mejorar la función cognitiva en fases iniciales. En este contexto, cada vez se presta más atención a enfoques complementarios.
P.- Si el eje intestino-cerebro juega un papel relevante en la memoria y el envejecimiento cognitivo, ¿cree que en el futuro veremos nuevas estrategias terapéuticas centradas en la microbiota o en la salud intestinal para prevenir o frenar este proceso?
R.- Es posible. Si el eje intestino-cerebro tiene el peso que estamos observando, intervenir sobre él puede ser clave. Esto podría incluir desde la modulación selectiva de bacterias intestinales hasta la regulación de vías inflamatorias o la restauración de la señalización entre intestino y cerebro.
Aun así, debemos ser prudentes, porque gran parte de esta evidencia procede todavía de modelos experimentales. Sin embargo, el cambio conceptual ya es muy importante, estamos empezando a entender que tratar el intestino podría convertirse en una herramienta fundamental para prevenir o frenar el deterioro cognitivo.
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