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La enseñanza de San Basilio Magno sobre el bien: «El bien que no haces es el mal que permites; el tiempo que dejas pasar es una injusticia que permanece»

A lo largo de la historia se ha escrito mucho sobre el bien y el mal. Como ejemplo, la enseñanza de San Basilio Magno.

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  • Francisco María
  • Colaboro en diferentes medios y diarios digitales, blogs temáticos, desarrollo de páginas Web, redacción de guías y manuales didácticos, textos promocionales, campañas publicitarias y de marketing, artículos de opinión, relatos y guiones, y proyectos empresariales de todo tipo que requieran de textos con un contenido de calidad, bien documentado y revisado, así como a la curación y depuración de textos. Estoy en permanente crecimiento personal y profesional, y abierto a nuevas colaboraciones.

Pocas frases de la antigüedad cristiana logran sacudirnos con tanta fuerza como aquella advertencia de San Basilio que nos cruza la cara al recordarnos que el bien omitido equivale a una falta real y que el tiempo dejado pasar se convierte, sin contemplaciones, en una injusticia permanente. Solemos movernos por la vida con la cómoda y tibia ilusión de que ser una persona recta se reduce a no pisar a nadie, a cumplir con lo básico y a mirar hacia otro lado cuando el vecino tropieza. Creemos que con no hacer mal ya tenemos el expediente limpio, como si la pasividad fuera una especie de zona franca donde nuestra conciencia puede descansar sin dar explicaciones a nadie.

La inocencia no es una excusa

El obispo de Cesarea dinamitaba esa especie de inocencia barata con una perspectiva de la existencia que hoy nos resulta casi insoportable por lo exigente que es. Para él, los talentos, el dinero, el espacio o las oportunidades que caen en nuestras manos no funcionan como un botín privado de disfrute exclusivo, sino como un depósito temporal que nos prestan para ponerlo a trabajar en favor de los demás.

Cuando uno decide guardarse el auxilio que perfectamente podría haber prestado, no está manteniendo un equilibrio neutral ni respetando la paz de nadie; lo que hace en realidad es inclinar la balanza hacia el sufrimiento y desequilibrar la balanza comunitaria. La inacción deja de ser inofensiva en el preciso instante en que alguien sufre las consecuencias tangibles de nuestra comodidad.

El trabajo que hay que hacer en el día a día

Esa misma severidad ética se clava como un alfiler en la forma en que gestionamos las horas del día, el recurso más democrático y a la vez más dilapidado que poseemos. Cada tarde que se nos escurre entre los dedos a base de distracciones estériles o de una desidia bien disimulada representa, en el fondo, un recurso vital robado a quien de verdad lo necesitaba.

Las urgencias reales de la pobreza, el frío de la soledad o el peso de una injusticia social no entienden de nuestros calendarios flexibles, de nuestras siestas o de las demoras prudenciales que dictan los manuales del egoísmo. Dejar correr el reloj mientras alguien espera el amparo que podemos procurar transforma el tiempo en un agente corrosivo.

Una deuda que se va acumulando

Se abre entonces una brecha silenciosa en el orden moral: lo que hoy postergamos por pereza o por un cálculo mezquino se convierte de inmediato en una deuda exigible que la propia conciencia termina cobrando en forma de sequedad interior. Sería algo así como una deuda que vamos acumulando con los demás, con las personas del entorno que nos rodea.

Pararse a pensar en esto nos obliga a mirar de frente las costuras de nuestra convivencia cotidiana. Nos han educado en una moral de prohibiciones muy barata, basada en el catálogo de lo que no debemos hacer, como si la bondad consistiera únicamente en no mancharse las manos. San Basilio subvierte por completo esa pereza mental al poner en el mismo plano la falta de generosidad y la transgresión directa de la ley. Si el hambriento sigue llamando a la puerta mientras nosotros apilamos recursos en la despensa, la culpa deja de ser una abstracción teológica para transformarse en un fallo absoluto de nuestra voluntad.

La lucha contra el individualismo y el egocentrismo

La vigencia de este planteamiento en nuestra rutina actual incomoda profundamente porque dinamita el individualismo feroz que lo impregna casi todo. Vivimos blindados en nuestros pisos, gestionando el bienestar como si fuera un trofeo estrictamente personal que nos hemos ganado a pulso, y delegamos la justicia en los engranajes impersonales de la administración pública.

Frente a esa querencia natural por el aislamiento, el santo capadocio nos devuelve la mirada hacia el rostro concreto de quien sufre, recordándonos que la indiferencia nunca ha sido un derecho legítimo a la tranquilidad, sino una forma extraordinariamente sofisticada de colaborar con el dolor del mundo.

A modo de conclusión

La propuesta basiliana no pretende aplastarnos bajo una losa de culpa insoportable, sino desperezarnos de ese letargo moral que nos adormece. Nos empuja a comprender que la verdadera bondad no entiende de espectadores pasivos y que la justicia no habita solo en los debates parlamentarios, sino en el barro de las decisiones cotidianas.

Al final, lo que de verdad pesará al echar la vista atrás no será la ausencia de crímenes horribles, sino la densidad de los pequeños gestos realizados, el valor de haber sabido interrumpir nuestros planes y la decisión firme de no dejar pasar las horas sin inclinar las manos en favor de quienes más lo necesitaban.