Vox y el peligro del faroleo
La potente irrupción de Vox en los ayuntamientos y parlamentos autonómicos ha llevado a la formación de Santiago Abascal a ser una fuerza imprescindible para la configuración de gobiernos de centroderecha. Es por ello por lo que tanto PP como Ciudadanos se han visto obligados a conseguir su plácet en plazas importantes. Sin embargo, estas negociaciones no han estado exentas de un tira y afloja en el que Vox estableció condiciones maximalistas que a la hora de la verdad se diluyeron como un azucarillo.
Así ocurrió, por ejemplo, en el Ayuntamiento de Madrid, donde se escuchó a Espinosa de los Monteros decir que no tenía problema en que Manuela Carmena fuera alcaldesa si PP y Ciudadanos no atendían sus demandas. Un órdago que terminó siendo interruptus porque Vox acabó invistiendo al popular Almeida sin asegurarse puesto alguno en la Junta de Gobierno del Consistorio capitalino. En esta línea, horas antes de que se constituyeran los ayuntamientos el pasado 15 de junio, el partido comunicó a la prensa que había alcanzado un acuerdo con populares y naranjas según el cual Vox obtendrá “concejalías de gobierno” en proporción a sus resultados en cada localidad. Sin embargo, su entrada en la Junta de Gobierno es inviable por la negativa de Ciudadanos. La cesión de tres juntas de distrito es su trofeo hasta el momento.
Tampoco con su apoyo a que sea Ciudadanos quien presida la Mesa de la Asamblea de Madrid, Vox se aseguró un solo puesto en un futuro Ejecutivo autonómico de populares y naranjas. Los de Rocío Monasterio no tuvieron más recompensa que una vicepresidencia en dicha Mesa, pero sin recorrido alguno puesto que PP y Ciudadanos se aseguraron la mayoría en el órgano de gobierno de la Cámara.
Y tres cuartos de lo mismo pasó en los Presupuestos andaluces, en los que el grupo de Francisco Serrano retiró in extremis su enmienda a la totalidad sin grandes cambios en las cuestiones más ideologizadas heredadas del socialismo y sin que Ciudadanos se sentara a negociar los pactos territoriales.
Es evidente, porque su electorado nunca lo entendería, que Vox se habría dado un tiro en el pie entregando el gobierno de Madrid a Carmena, la Mesa de la Asamblea al PSOE o tumbando los Presupuestos andaluces de la mano de los socialistas y Podemos. Y es evidente que tenía que hacerse valer a golpe de reinvindicaciones de máximos, como en toda negociación. Sin embargo, el problema aquí es de credibilidad, de no generar falsas expectativas ante los votantes. Se pueden exigir contraprestaciones legítimas, pero sin hacer bandera de la amenaza en sobreexposiciones mediáticas. Vox debe andar con pies de plomo para evitar desautorizaciones como la de Burgos y no caer en el peligroso vicio del faroleo, lo que le convertiría en futuras negociaciones en un interlocutor facilón.
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