¿Son una pandilla o un Gobierno?
En junio de 1936 José Calvo Sotelo, líder de la oposición al Gobierno del Frente Popular, fue a ver por dos veces al ministro de Gobernación, Juan Moles, en su despacho del Congreso. La razón era el cambio, sin justificación alguna, de los dos policías de su escolta, con quienes el diputado monárquico había trabado una estrecha relación de confianza.
La sustitución había sido ordenada por el jefe de personal de la Dirección General de Seguridad (DGS), Lorenzo Aguirre. Uno de los nuevos agentes asignados, José Serrano de la Parte, solicitó días después una reunión con el diputado Joaquín Bau Nolla, amigo personal de Calvo Sotelo, para denunciar las gravísimas instrucciones recibidas de Aguirre cuando les encomendó el servicio.
José Serrano contó a Joaquín Bau que Aguirre les había pedido que en caso de atentado contra el líder de la oposición en un lugar céntrico simularan protegerle sin hacerlo, y que, si el ataque se producía en las afueras, sin testigos, contribuyeran al atentado incluso rematándole.
Éste fue el motivo por el que Calvo Sotelo fue a ver al ministro Moles para exigirle una explicación de cuanto le había referido su amigo Joaquín Bau, que le acompañó en la entrevista. Como el ministro negara tales extremos, el diputado monárquico volvió a visitarle al día siguiente.
Moles continuó negándolo todo, aunque finalmente insinuó que tales instrucciones pudieran ser «criterios personales de algún agente». Calvo Sotelo, incrédulo ante la contestación de Moles, le preguntó entonces «si eran una pandilla o un Gobierno», según el testimonio de Joaquín Bau.
Sólo unas semanas después, en la madrugada del 13 de julio de 1936, Calvo Sotelo sería asesinado de dos disparos, uno en la nuca y otro en la cabeza, en el interior de una camioneta Hispano-Suiza, la número 17 del parque móvil del Cuerpo de Seguridad y Asalto, adscrita a la DGS, en la que viajaban pistoleros del PSOE de paisano y guardias de asalto uniformados.
Dejo al sano juicio del lector las reflexiones sobre este episodio en relación con la actualidad política y judicial, valga la redundancia, pero lo que quiero remarcar al traerlo a la memoria es la plena vigencia hoy de la interpelación de Calvo Sotelo al ministro Moles, al preguntarle «si eran una pandilla o un Gobierno».
Que tenemos por Gobierno a una pandilla, liderada además por un presidente con naturaleza de matón propiamente dicho, es una afirmación que ya no sorprende a nadie, ni siquiera a los altavoces mediáticos extranjeros. Recuerde el lector el apelativo nada cariñoso que a Sánchez le colgó nada menos que The Times: «Don Teflón», alias del mafioso italoamericano John Gotti, jefe de la familia neoyorquina de los Gambino.
Fue la prensa la que le colocó aquel sobrenombre a Gotti a la vista de su resistencia ante todos los procesos judiciales que le cercaban. The Times reactualizaba en la figura de Sánchez esa capacidad de impermeabilizarse ante la que esté cayendo, incluso ahora que han sido 24 años de cárcel los que le han caído a José Luis Ábalos por nueve delitos, incluidos organización criminal, malversación, cohecho y tráfico de influencias.
Que a las pocas horas de la condena a prisión por dos décadas y media de su mano derechísima en su entronización en Ferraz y gestor corrupto del tercer ministerio con mayor presupuesto, Pedro Sánchez se grabara para una red social recomendando los beneficios de la reclusión por la «emergencia climática» es una prueba de su refinamiento maquiavélico a la hora de retorcer el destino aciago de sus colaboradores más estrechos.
Éstas son las cosas del pandillista que nos desgobierna, capaz de arremolinar en torno suyo a una gavilla de idólatras de su impostura: el club de los pelotas a muerte, caricaturesco remedo del club de la famosa película de Robin Williams, pues en el sanchismo nadie piensa por y para sí mismo salvo el cabecilla. Sánchez nunca ha tenido sentido de la realidad ni ha querido tenerlo porque su principal afán ha sido desproveer a la realidad de sentido en su propio y exclusivo interés personal.
Nada menos que la realidad de la España constitucional, sustentada en el equilibrio de poderes, el imperio de la ley y la rendición de cuentas, ha sido desposeída por Sánchez de todos estos atributos hasta transformarla en un régimen de mentira y corrupción, a su imagen y semejanza.
«Menuda inventada», soltó Sánchez ante una nube de periodistas ante los primeros testimonios de Víctor de Aldama. La «inventada» ha arrastrado al sanchismo a su primera gran condena de lo que se adivina como un largo rosario de penas para la ya prolongada cola de imputados que va acumulando el PSOE, incluido el ex jefe de Gobierno y ex secretario general José Luis Rodríguez Zapatero, con varios ministros y altos cargos a la expectativa de ser sumados a ella.
Concluyo con otro apunte histórico. Fue bajo estos mismos calores cuando el 25 de julio de 1936, ya comenzada la Guerra Civil, una docena de milicianos socialistas vestidos con mono azul y provistos de fusiles y cartucheras hicieron acto de presencia en el Tribunal Supremo preguntando por Eduardo Iglesias Portal, el juez especial encargado de instruir el sumario por el asesinato de Calvo Sotelo. Al estar ausente el juez, cumplieron con otro de sus propósitos, que era sustraer el sumario de la causa, que desapareció para siempre.
Cuando el juez llegó a su despacho continuaban esperándole dos de los milicianos. Uno de ellos le pidió de forma desabrida que entrara al despacho. El juez salió entonces raudo a refugiarse en la Fiscalía del Tribunal Supremo seguido del miliciano, que llegó a encañonarlo con el fusil, aunque desistió de sus propósitos cuando un agente de la escolta del juez apellidado Quirós se interpuso.
El PSOE, siempre tan orgulloso de su historia, jamás ha excluido estos episodios siniestros, como tantos otros muchos, de ese enorgullecimiento. Lo mismo sucederá con la condena del que fue su secretario de organización José Luis Ábalos, como ya ocurrió con los ERE, el mayor caso de corrupción de la democracia española. Siempre habrá una ley que imponga una memoria oficial o una toga dispuesta a mancharse del polvo del camino para blanquear el ominoso pasado del partido.