La villa de la Costa Azul de los reyes de Suecia: siete habitaciones, vistas al Mediterráneo y un siglo de historia
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Antes de que la familia real sueca se reúna, como cada mes de julio, en la residencia estival de Solliden, en la isla de Öland, para celebrar el cumpleaños de la princesa heredera Victoria, Carlos XVI Gustavo y la reina Silvia acostumbran a reservarse unos días lejos del foco mediático. Su destino apenas cambia con el paso de los años: Villa Mirage, una histórica residencia situada en Sainte-Maxime, en plena Costa Azul francesa, que el monarca heredó de su tío, el príncipe Bertil.
No se trata de una propiedad cualquiera. Es una de las pocas residencias privadas que conserva el rey de Suecia, ya que la mayoría de los palacios utilizados por la familia real, como el Palacio Real de Estocolmo, Drottningholm o Haga, pertenecen al Estado y forman parte del patrimonio de la Corona. Villa Mirage, en cambio, es un legado estrictamente familiar, cargado de recuerdos y de una historia que trasciende el lujo de su privilegiada ubicación frente al Mediterráneo.
Construida en 1926 por el arquitecto René Darde para el aristócrata francés Jean de Lubersac, la villa fue adquirida por el príncipe Bertil y la princesa Lilian a mediados del siglo pasado. Años después, en 1962, la vivienda fue ampliada con una nueva ala proyectada por el arquitecto René Richier, manteniendo intacta la estética de las grandes villas de la Riviera francesa.

Con siete dormitorios, amplios ventanales abiertos al mar, jardines mediterráneos y acceso privilegiado a la costa, Villa Mirage destaca por una elegancia discreta, muy alejada de la ostentación que caracteriza otras propiedades de la Costa Azul. De hecho, quienes han podido conocer sus interiores coinciden en que conserva la decoración clásica elegida por Bertil y Lilian hace varias décadas, con muebles tradicionales, salones luminosos y una distribución pensada para la vida familiar.
Pero si esta residencia ocupa un lugar especial en la historia de los Bernadotte no es por su arquitectura, sino por el papel que desempeñó en una de las historias de amor más recordadas de la realeza europea. Villa Mirage fue el refugio donde el príncipe Bertil y Lilian Craig pudieron vivir su relación con cierta normalidad, lejos de las obligaciones que marcaban la vida oficial de la familia real sueca. Durante más de tres décadas permanecieron unidos sin poder casarse, ya que Bertil era considerado una pieza clave en la sucesión al trono y un matrimonio con una mujer divorciada no habría sido aceptado en aquella época.
Sólo cuando Carlos XVI Gustavo accedió al trono en 1973 desaparecieron los obstáculos. El entonces joven monarca dio su aprobación al enlace y la pareja pudo casarse finalmente en 1976, poniendo fin a una espera de más de treinta años. Desde entonces, Villa Mirage quedó para siempre vinculada a esa historia de fidelidad y renuncias que marcó a toda una generación de la familia real sueca.
No resulta extraño, por tanto, que el rey nunca haya querido desprenderse de la propiedad, pese a que en distintas ocasiones se estudió esa posibilidad. Mantener una residencia centenaria en una de las zonas más exclusivas de Francia supone un importante desembolso económico y, además, la creciente popularidad de la Costa Azul hace cada vez más difícil preservar la privacidad de sus propietarios. Sin embargo, el peso de la memoria familiar terminó imponiéndose a cualquier criterio práctico.

Villa Mirage sigue siendo una parada obligada en el calendario estival de los reyes. Después de unos días de descanso en la Riviera francesa, Carlos Gustavo y Silvia ponen rumbo a Solliden, la residencia que la familia posee en Öland y donde cada verano se concentran las principales imágenes de las vacaciones de los Bernadotte junto a sus hijos y nietos.
Aunque nunca ha salido al mercado y no existe una valoración oficial, el mercado inmobiliario de lujo permite hacerse una idea de su valor. Villas históricas situadas en primera línea de mar entre Sainte-Maxime y Saint-Tropez, con dimensiones y características similares, se comercializan habitualmente entre 15 y 25 millones de euros, mientras que las propiedades más exclusivas superan con facilidad esa cifra.