Señora Von der Leyen ¡El ahorro no es perezoso!
«La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que en realidad saben sobre aquello que imaginan que pueden diseñar». — F. A. Hayek, La fatal arrogancia (1988).
El 27 de agosto, en la pista central de Roland-Garros y ante el patronato francés, Ursula von der Leyen describió con un adjetivo los diez billones de euros que las familias europeas mantienen en depósitos bancarios: paresseuse; ¡perezoso! La transcripción oficial en inglés lo suavizó a sitting idle, inactivo, lo cual dice bastante de la sensibilidad comunicativa de la Comisión y nada de un cambio de criterio. El objetivo declarado es poner ese ahorro «al servicio de las empresas» europeas mediante la Unión del Ahorro y de las Inversiones y la reactivación del mercado de titulización.
Antes de entrar al trapo, conviene empezar desactivando el ruido. En eso podemos estar tranquilos; lejos del clickbait originado en las redes, pueden estar tranquilos: ¡No hay confiscación! La titulización de la que habla el discurso no consiste en convertir por la fuerza el saldo de una cuenta corriente en un bono: consiste en que los bancos empaqueten carteras de crédito que ellos mismos han originado —hipotecas, préstamos a pymes, consumo— y las vendan a inversores institucionales para liberar capital regulatorio y recuperar capacidad de préstamo. El depositante sigue siendo depositante. Quien difunde que Bruselas viene a vaciar las cuentas no está denunciando el problema: lo está tapando con un clip viral. Flaco favor nos hacemos si utilizamos la desinformación como arma en la batalla cultural, pues así les damos argumentos para alejarnos del problema. Porque el problema existe y es más profundo que la desinformación. El problema está entero en el adjetivo.
Llamar perezoso al ahorro ajeno exige una premisa previa y es que ese ahorro tiene asignado un fin social predeterminado y que su propietario está incumpliéndolo. Es la vieja inversión de la carga de la prueba. Ya no es el poder quien debe justificar por qué quiere dirigir el capital privado; es el particular quien debe justificar por qué no lo emplea como el planificador considera productivo. El depósito deja de ser propiedad líquida y pasa a ser recurso ocioso de una economía entendida como plan. Contra esa premisa está toda la tradición austriaca, y empieza en Menger.
Carl Menger publicó en 1871 los Principios de economía política y con ellos dos ideas que desmontan el adjetivo. La primera es que el valor no es una propiedad objetiva de las cosas, sino un juicio subjetivo de quien las valora. La segunda es que la producción se organiza en órdenes: los bienes de orden superior —las máquinas, las naves, el conocimiento— sólo existen porque alguien renunció antes a consumo presente. Ahorrar no es retirar recursos de la economía; lejos de eso, ahorrar es el acto que alarga la estructura productiva y hace posible todo lo demás.
Menger añadió algo aún más pertinente al explicar el origen del dinero, y es que los bienes se ordenan por su grado de vendibilidad, y el dinero es el bien más vendible. Se demanda liquidez, precisamente, por la incertidumbre. Mantener saldo en cuenta no es la ausencia de una apuesta; más bien es una apuesta explícita y racional que afirma que ninguna alternativa disponible compensa hoy el riesgo de renunciar a la liquidez.
Eso, querido lector, no es pereza. Es un precio. Y como todo precio, ¡informa!
¿De qué informa? Informa de algo incómodo para quien lo señala. El ahorro europeo no acabó en el depósito por indolencia cultural; acabó allí empujado por una secuencia de decisiones políticas perfectamente identificables.
Primero, una década de tipos artificialmente suprimidos y compras masivas de activos. El resultado previsible fue la zombificación de la Unión Europea. Empresas incapaces de cubrir su coste de capital sobrevivieron porque el crédito no valía nada, reteniendo recursos que un mercado libre habría liberado hacia usos mejores. Segundo, la inflación, que en 2022 superó los dos dígitos en varios Estados miembros y operó como el impuesto más regresivo que existe, uno que nadie votó y que castigó exactamente al ahorrador conservador. Tercero, el ciclo de subidas más rápido de la historia del Banco Central Europeo, que corrigió el síntoma destruyendo la valoración de la renta fija vendida durante años como refugio prudente.
Señora Von der Leyen, un ahorrador que ha atravesado esa secuencia y se refugia en liquidez no está siendo perezoso. Está siendo prudente con un historial de comportamiento reciente. El mismo poder que suprimió el tipo de interés como señal reprocha ahora al ciudadano que no sepa leer las señales.
A esto se suma el incentivo fiscal, donde la comparación es demoledora. Estados Unidos lleva medio siglo construyendo cultura inversora a través de vehículos como la IRA y el 401(k), que difieren o eximen la tributación del rendimiento acumulado. El Reino Unido tiene las ISA; Suecia, la cuenta ISK. Son ejemplos de una lógica elemental: si quieres que el ahorro se convierta en inversión, deja de castigar la conversión. En España, el rendimiento del ahorro tributa hasta el 30% en el tramo alto, sobre una base que ya soportó el impuesto de sociedades, el IRPF y sobre un patrimonio que vuelve a tributar por su mera existencia y otra vez cuando se transmite. Ningún continente ha conseguido nunca atraer capital hacia donde se le penaliza. La lógica es bastante simple. ¿No les parece que es bastante simple?
El propio expediente de la titulización es la mejor prueba del diagnóstico. Después de 2008, la Unión levantó un marco exigentísimo —reglamento específico, sello STS, due diligence del inversor, transparencia a nivel préstamo, cargos de capital punitivos en CRR y Solvencia II— y obtuvo lo que había pedido: estabilidad prudencial y un mercado atrofiado, con volúmenes de emisión estructuralmente inferiores a los estadounidenses. Ahora la Comisión propone recalibrar lo que ella misma calibró y lo presenta como una iniciativa de crecimiento. Yo a eso le llamo sacar a pasear el manual del intervencionista. Hagamos todo lo que está en nuestras manos, cuando la solución radica muchas veces en lo simple: no hacer nada.
Multiplíquese ese patrón por MiFID II, PRIIPs, Solvencia II, la taxonomía, el SFDR y la CSRD, y se obtiene el continente que Draghi describió en 2024 con un déficit de inversión de entre 750.000 y 800.000 millones anuales. Europa no tiene un problema de ahorro ni escaso, ni tampoco perezoso. Europa tiene un problema de rentabilidad esperada del capital invertido. El ahorro europeo que financia empresas americanas no es desleal, simplemente está informado.
¿Y cuál es la alternancia? La solución pasa por la acción humana, el orden espontáneo y la eficiencia dinámica. Mises lo estableció en La acción humana: el capital no es una masa homogénea que un ministerio pueda canalizar, sino una estructura heterogénea de bienes complementarios que sólo adquiere sentido mediante el cálculo económico en unidades monetarias, y ese cálculo lo realiza el empresario, que arriesga lo suyo. La Unión del Ahorro y de las Inversiones no confisca, pero designa: industria, defensa o transición. Cuando el legislador nombra qué es «inversión estratégica» y le adosa un incentivo fiscal y un cargo de capital favorable, lejos de corregir al mercado; lo sustituye con muchísima menos información que él y sin soportar las pérdidas del error.
Hayek explicó muy bien por qué esa información es inalcanzable y es que el conocimiento relevante para asignar capital no existe concentrado en ninguna parte. Está disperso en millones de circunstancias particulares de tiempo y lugar que sólo sus protagonistas conocen. El mercado de capitales es un cosmos, un orden que emerge de la acción de todos sin estar diseñado por nadie, y cualquier intento de convertirlo en taxis, en organización dirigida hacia fines concretos, destruye precisamente el mecanismo que hacía útil el conjunto.
Y Jesús Huerta de Soto añadió la pieza que falta en todo debate sobre canalización del ahorro. La eficiencia relevante no es la estática —asignar de forma óptima unos recursos dados entre unos fines dados—, sino la dinámica, que consiste en la capacidad de crear nuevos recursos y de coordinar los desajustes sociales mediante la función empresarial. La SIU es, íntegramente, un proyecto de eficiencia estática. Da por dados el ahorro, los proyectos y las prioridades, y sólo discute el conducto. Ahí está el error, y no en ninguna cláusula de embargo que nadie ha escrito.
¿Qué habría que hacer? Simple, neutralidad fiscal del ahorro y fin de la doble imposición. Energía barata y sin peaje ideológico. Dejar quebrar a quien debe quebrar, para que el capital se libere. Dinero sano, con tipos que digan la verdad sobre el tiempo y el riesgo. Y derogar antes que recalibrar, ya que cada norma que se retira devuelve un margen de descubrimiento que ninguna Dirección General puede fabricar. Eso hay que tenerlo muy claro.
El riesgo inmediato no es que vengan a por los depósitos (eso es clickbait que poco o nada aporta); es que se normalice llamarlos perezosos. Entre un derecho de propiedad y una política de mercados de capitales hay una distinción que no es escolástica, y se defiende exactamente ahí: ¡en el adjetivo!
Gisela Turazzini, Blackbird Bank Founder CEO.
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