Rufián, corrupto pasivo
Rufián es el epítome de una clase política corrupta y nauseabunda, que desmerece lo que antaño se llamaba liderazgo de servicio público, virtud hace tiempo superada por la moral cochambrosa de arribistas y ladronzuelos, vividores y quinquis trajeados, como el charnego catalán, cuya única aspiración es seguir manteniendo el sueldo que jamás podría conseguir fuera del redil de lo público.
El éxito de Rufián en este cortijo de intereses es haber convencido a quienes odian lo que representa de ser su altavoz en la capital de un Estado que abominan, mientras se dedica a recorrerse sus bares y cerrar sus antros, lugares de inspiración para sus discursos mañaneros. Este separatista empadronado emocionalmente en Madrid lleva semanas estableciendo récords de excusas y circunloquios para no explicar, como portavoz no oficial del sanchismo, por qué él y su formación siguen apoyando, y por ende manteniendo, al gobierno más corrupto de la historia de España. De hecho, es su sostén, su escudo de protección, su báculo de negociación perpetua, la columna vertebral del Frankenstein.
Rufián es una criatura de la mentira golpista y el mesianismo sanchista, un hijo de la corrupción, un corrupto pasivo. Pero también a él le queda poco en el convento. Se percibe en su pose de dandy del Raval un evidente nerviosismo, que disimula con una tranquila retirada de las gafas de sol cada vez que ve peligrar su chulería de indepe consentido. De ahí sus continuas incoherencias retóricas para justificar la permanencia de Sánchez (y la suya) en la poltrona pública.
Gastado su arsenal de triquiñuelas retóricas y parlamentarias, este saltimbanqui del escaño lleva tiempo mendigando plaza en la hiprogresía española, a ver si alguien le acoge en su seno plurivividor. No hay nada que le guste más a un tipo de izquierdas que el dinero, solía decir Pablo Emilio Escobar Gaviria. Cuando ve peligrar su puesto de embajador del golpismo de ala zurda, se ofrece a seguir mamando de la teta del Estado, proteger la corrupción de quienes le mantienen en la poltrona y que los españoles le sigan pagando la vidorra que lleva en el Madrid que tanto odia porque no quiere volver ni a tiros a la Cataluña que tanto ama.
Nunca apoyará una moción de censura que saque del poder a aquellos que permiten y financian su impostura diaria. Pero ahora que el precio de la nuez vuelve a subir porque el PNV, vía empresariado vasco, alza la voz y da por terminada la legislatura, conviene repetir que hay mociones de censura que se ganan aun perdiendo la votación. Por cómo retratas en el debate a todos aquellos que se niegan a defender la democracia, enrocados en su escaño de corrupción hasta que no pueden más y deciden vender su alma al siguiente postor. Pero también por cómo pones en su sitio a los que permiten con su voto y silencio el delito expreso y presidencial. Sólo falta presentarla y negociar con sapiencia aritmética, salvo que lo que realmente dé miedo no sea perder la votación, sino quedar retratado en el debate, o peor aún, no saber qué hacer con el poder una vez se consiga.
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