Opinión

Por qué todas las bodas son una (tentadora) horterada

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

El sábado, con el Mediterráneo de testigo, Susanna Griso se casó con Luis Enríquez Nistal. Ceremonia civil, alcalde con banda, doscientos periodistas fingiendo no cubrir la noticia. E inesperadamente ocurrió lo más goloso de la jornada: un hombre vestido para tomarse una cerveza y una mujer vestida para la posteridad. «Luis, ya que estás aquí, cásate».

Ella, de blanco, palabra de honor, corsé, falda con cola, tocado, ramo descomunal y toda la arquitectura simbólica de la novia. Él, guayabera rosa fresa y pantalón crudo, parecía el propietario encantador del espacio donde se efectuaba el enlace.

¿Era una guayabera? Casi. Le faltaba el bordado y la excusa tropical. ¿Esa camisa sirve para casarse? Yo diría que sirve para todo menos para eso. Aunque no es relevante.

Aclaremos algo: la moda me importa un bledo, comprendo que la gente se viste como puede o, con todo el derecho, como le da la gana, incluso mal, que es una de las libertades más ejercidas. No me quita el sueño si el dobladillo sube o baja dos centímetros esta temporada. Lo que sí me importa, muchísimo, desde siempre, es la estética, que no es lo mismo. La estética es el termómetro con el que la sociedad, sin percatarse, nos cuenta quién es.

Sigamos. Una guayabera en el Caribe es formal y el liberalismo debe amparar incluso el derecho de un hombre a contraer matrimonio vestido de frambuesa. El problema no era la camisa, sino el conjunto (los mocasines marrón oscuro pertenecían a otra conversación). No es que Susana y su esposo fueran bien o mal (enhorabuena a los felices novios, por cierto) sino que parecían haber recibido invitaciones distintas. Cuando dos personas se casan, conviene que parezca que se casan entre ellas.

A ella le dijeron «boda» y a él, aperitivo junto al mar. Ya había ocurrido la víspera: Susanna, con un vestido imponente; Luis, en bermudas y alpargatas, para acercarse un momento a por hielo. Es la tradicional y abismal brecha entre el despliegue femenino y la relajación masculina.

La estética es filosofía e información de primera línea y de primer nivel: cuenta quién manda, quién se esfuerza, quién desea y quién confía en que el amor le dispense hasta de la más mínima consideración o decoro. Lo visible no es una frivolidad; es radiografía.

Las bodas, vamos a divertirnos, son acontecimientos conceptualmente horteras. Pocas instituciones logran reunir con tanta fiereza el tul, la lágrima ensayada, la cubertería dorada, el cuarteto de cuerda interpretando a Albinoni, el córner de gominolas healthy, una versión acústica de Sabina y el fotomatón con gafas XL de plástico a las tres de la mañana. Las bodas son eventos desclasados, obscenos y moralmente (socialmente también) cuestionables ¡No os caséis!

El traje de novia es un adefesio ideológico sustentado en el rancio mito de la virginidad. Me da exactamente igual que sea el modelo de Swarovski de una quinceañera ecuatoriana, la mujer de Farruquito a lomos de un caballo o la novia estirada de la alta sociedad con moño petrificado. Lo digo con la autoridad experimental de quien se ha casado tres veces y las tres de blanco. Eso sí, con sencillez, que es la única oportunidad que tiene una boda de no parecer la inauguración de un casino.

Susanna estaba guapísima bla, bla…. Pero, de los dos, prefiero la naturalidad de él sobre el artefacto de ella. Habría estado internacional bajando varias toneladas el volumen de novia. Mi reproche, por supuesto, no es para la periodista, sino para esa extraña obligación femenina de seguir casándose disfrazadas de boda.

No hay ninguna necesidad de casarse; pero, si una insiste en arrojarse a ese pozo, o en entregarse a semejante placer culpable, convendría hacerlo como quien celebra el amor y no una oposición a princesa.