Progresismo peculiar
La actual situación política nos demuestra que mucha gente afronta las elecciones en España como un partido de fútbol. Sintiendo los colores, algo -como la madre- que nunca cambia, como decía acertadamente el Cholo Simeone. O como tantos aficionados del Barça o del Betis que, ante una mala temporada de su club, sólo aspiran a que no ganen títulos el Real Madrid o el Sevilla.
Bastantes ciudadanos votaron el 23-J a la contra, para impedir -aunque fuera por los pelos- que gobernase «la derecha», sin pensar muy bien a quiénes iban a entregar el poder, ni en qué condiciones, en los próximos cuatro años. Las excusas del mantenimiento de las pensiones o los derechos de las mujeres fueron sólo eso. Burdas excusas o pretextos para justificar decisiones emocionales. Porque el sistema español de pensiones está en quiebra y durará lo que tenga que durar, salvo reforma drástica hecha por quien sea, y porque desde que existe el Ministerio de Igualdad -creado por Sánchez y dirigido catastróficamente por Irene Montero- se han multiplicado las agresiones a mujeres y se ha liberado a más de mil abusadores sexuales.
Todo responde a un autoengaño emocional. Existe una buena cantidad de españoles que se creen progresistas, feministas, ecologistas, inclusivos y comprometidos con todas las causas solidarias, pero actúan como pobres marionetas que alimentan, con su gasolina electoral, a unos nacionalismos identitarios y excluyentes que aspiran al desmembramiento de España, acumulan todos los recursos económicos y tratan como parias despreciables a quienes no forman parte de su dominante tribu oficial.
Viejos mantras de la izquierda como la igualdad, la solidaridad, el progreso redistributivo o la tolerancia se van por el sumidero ante una alocada carrera para ser favorecidos en la tómbola presupuestaria del poder. Por eso, muchos ciudadanos pueden sentirse todo lo progresistas y solidarios que les apetezca, pero el triste resultado de su voto será lo más reaccionario y retrógrado posible, pues acabarán financiando a reconocidas castas oligárquicas territoriales como la vieja aristocracia financiera vasca, representada por el PNV, o la burguesía catalana, arracimada en torno a Junts. Ambos partidos, católicos, conservadores y representantes del viejo sistema dominante de toda la vida, sólo descubren sus fingidas esencias de progreso ante el goloso reparto de la manguera de Pedro Sánchez.
Por ello, no se quejen ustedes más si aumentan las agresiones a mujeres o se destinan los recursos a los de siempre. Ni de que todas las inversiones y condonaciones de deuda vayan a Cataluña o al País Vasco mientras tenemos un tren decimonónico que tarda diez horas desde Madrid a Extremadura, ni de que los túneles sean estrechos para las nuevas locomotoras en Asturias, ni de que no se arreglen las carreteras de La Mancha o no se envíe ni un euro para infraestructuras a Baleares. Lo han provocado ustedes votando con sus vísceras. Ajo y agua. Disfruten cuatro años más de los caprichos del autócrata y de las consecuencias de lo votado. Verán cómo se nos hará a todos muy largo.
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