¿Pero no iba a ser el Parlamento el centro de la vida política?
Una de las proclamaciones de Sánchez cuando estaba en la oposición, y de las promesas que a uno le ilusionaron, fue la de configurar el Parlamento como el eje de la política. Ya sabemos la memoria tan frágil de la doctrina sanchista. Y de tal manera, el Parlamento, según el oficialismo, no tiene tiempo que perder para examinar un proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado. Como si tuviera cosa mejor que hacer. Se olvida que precisamente el debate, sea cual sea el resultado, es lo que da sentido a las Cámaras de representación de la soberanía popular. Que hablen, confronten, discutan a la luz del escrutinio público. Y no en las camarillas de las negociaciones ocultas, con o sin relatores internacionales.
Nos iban a regenerar la democracia, y no se hace más que acudir al expediente del decreto ley, y con prácticas propias del filibusterismo normativo cuando interesa, para omitir informes de otros órganos constitucionales como el CGPJ o el Consejo de Estado. Del debate de estado de la nación ya ni hablamos. No hace falta regenerar ni degenerar ninguna democracia, basta con cumplir sus prácticas y convenciones constitucionales como esta cita anual en la que se expone la política de gobierno ante los Diputados. Perdón, ante los ciudadanos, que somos los destinatarios de la acción política y quienes debemos pedir cuentas en definitiva.
La cultura democrática parece tener poco prestigio al haberse evaporado en la práctica el status del líder de la oposición, al que no parece concederse rango alguno. Confrontar, dialogar, negociar asuntos de Estado, es propio de una lógica parlamentaria que busca acuerdos y no la ruptura. De nuestro Parlamento parece no salir nada salvo las broncas programadas de las sesiones del control de los miércoles, con los tiempos limitados y con la alteración natural de las cosas que supuso cambiar de día el Consejo de Ministros. De la tradicional sesión de los viernes, que permitía a los grupos políticos presentar preguntas e iniciativas que fueran calificadas por la Mesa de la Cámara los lunes, e incluidas el orden del día de la sesión del miércoles, se ha pasado a la caducidad de las cuestiones para toda una semana después. Eso sí, existe una gran preocupación porque haya algún periodista que no guarde el decoro parlamentario, asunto más que evidente salvo lo que se pretenda cercenar el derecho a la información.
En este proceso de volatilización del sentido institucional parlamentario, pues los ciudadanos que desearíamos seguir los asuntos nacionales en el diario de sesiones vamos listos, acompaña la poca fe sobre nuestro Estado de derecho. De puro obvio, merece poco comentario el festival de descalificaciones hacia el Poder Judicial por tierra, mar y aire. Investigaciones prospectivas, sentencias que revictimizan, tribunales con escaso bagaje democrático, y otras perlas de esta naturaleza son habituales en el desayuno de los españoles. No hace falta regenerar nada, sino evitar que nos olvidemos que la Democracia es el sistema político que nos hace más libres e iguales.
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