Pactar el desacuerdo
En política, de la misma forma que se pactan los acuerdos, se pactan los desacuerdos. Ello incluye la escenificación posterior, el teatrillo retórico para contentar a la parroquia militante, esa muchedumbre estabulada a la que no sacas del pastoreo sectario y que agita prejuicios con la misma facilidad con la que consume yogures. Y quienes, entre bambalinas perpetran el guión circense, saben del contexto en el que se mueven las emociones y sus ramificaciones viscerales.
Mañana, los telediarios abrirán con la enésima ruptura de Puigdemont con Sánchez, sólo que esta vez, el órdago lo retransmite Waterloo, donde empiezan a preocupar los sondeos. Estos indican que el problema más grave del prófugo no se llama Pedro, sino Silvia, y que, en la Cataluña anticonstitucional, el extremo sociológico del racismo empieza a superar a Junts por su derecha. De este modo, la parroquia golpista que sigue a Puchi urge una performance convincente que calme a los alcaldes convergentes y frene el masivo trasvase de votos a Alianza Catalana. Y eso es lo que llevan negociando días, para que ambas partes, Puigdemont y Sánchez, el ventrílocuo y la marioneta, salgan satisfechos de la contienda prefabricada y la España del muro totalitario siga vigente un año más.
Sánchez y Puigdemont no se fían uno del otro, pero se necesitan así, desconfiados pero dependientes: uno para mantener el poder de manera fraudulenta, otro, para volver prófugo de forma sucia pero legal, a Cataluña, o sea, a España. Pero en esa recíproca desconfianza leal, entienden que va siendo hora de que las huestes de ambos partidos calmen sus apetencias de ruptura total y encuentren un camino intermedio entre el adiós definitivo y el chantaje rentable. Unos, los golpistas, anunciarán que dejarán de apoyar al Ejecutivo cada iniciativa que lleve al Parlamento a partir de mañana, pero que ello no justificara una moción de censura que lleve a Moncloa a PP y Vox. Y el otro, el autócrata, lamentará, con mueca mohína y mandíbula dibujada, la pérdida de su socio más querido.
En paralelo, PP y Vox, que no necesitan alentar el desacuerdo, se empeñan en poner difícil a sus votantes el mayor deseo que profesan: la demolición del sanchismo y de toda su obra ideológica, económica y social. La alternativa que necesita España no entiende que ambas formaciones se dediquen cada día a atacarse mutuamente, creando el ecosistema que necesitan los aliados Frankenstein para revalidar una continuidad que perjudicaría el futuro de la nación y de quienes la habitan.
Ni pinza, ni obsesiones, el futuro en Génova y Bambú pasa por el pacto y el acuerdo, escenificado en su momento y desacomplejado en el tiempo, sin lugartenientes tácticos ni socialdemócratas susurrando. Porque, cuando lleguen las elecciones, si por no compartir la más que evidente realidad, esta es, que lo que más une a un militante del PP es otro militante de Vox, España vuelve a sufrir a Sánchez, esa alianza que exige abandonar complejos y sondeos de mentira no se produce y explica, los españoles a la derecha del PSOE comenzarán a exigir nuevos liderazgos que pongan, definitivamente, a España por delante de discursos, caprichos e intereses de parte y partido.
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