Ayuso: comunismo o libertad

Ayuso: comunismo o libertad
Diego Buenosvinos

Isabel Díaz Ayuso es uno de esos personajes políticos que parecen nacidos para una época de trincheras. No gobierna sólo con decisión, presupuestos o consejeros; gobierna también con una narrativa: Madrid, como discurso transversal. Porque, hay que reconocerlo, esta región es una plaza sitiada que resiste frente al enemigo de turno: el intervencionismo, el Gobierno central, la izquierda o quien toque en cada batalla.

Sus defensores ven en ella una política de reflejos rápidos, una gestora que ha convertido a Madrid en un imán económico y empresarial, con una defensa clara de la bajada de impuestos, la iniciativa privada y la libertad económica. La Comunidad de Madrid ha mantenido un fuerte peso económico y el Gobierno regional ha reivindicado cifras de crecimiento y atracción de inversión como prueba de su modelo.

Y es que la realidad ha superado la ficción y Ayuso ha entendido algo esencial de estos tiempos de bunkerización nacional: que la política ya no sólo se juega en los despachos, sino en la calle atendiendo los problemas de su Madrid, que es el de toda España. Ha convertido su personalidad en una herramienta de gobierno, porque es directa, férrea en sus posicionamientos y ha ponderado como ejes esenciales para la comunidad la educación y el sistema sanitario.

Así, ha apuntalado la sanidad como uno de los pilares sobre los que se sostiene parte de su presupuesto, porque ha logrado humanizar la gestión pública: preservar la vida, prevenir la enfermedad y recuperar la salud. La apuesta por la sanidad madrileña responde a una convicción clara: que el sistema debe avanzar hacia una medicina cada vez más eficaz, con mejores medios diagnósticos, innovación terapéutica y profesionales capaces de ofrecer una atención de calidad.

Pero Ayuso en las últimas horas ha vuelto a ser atacada por el Gobierno central con una virulencia que en mis varias décadas de ejercicio profesional nunca he visto contra otro político. Aun así, ha antepuesto Madrid a cualquier otra motivación, incluso personal. Esta semana vimos cómo desde el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez, una vez más, al más puro estilo de sauna del esperpento, increpaba a la presidenta con zafias mentiras para esquivar el discurso que apuntaba a su mujer y su hermano, ambos imputadadísimos. Ese discurso, miserable desde su primera palabra y reconocible en esta jungla política en que se ha convertido el Parlamento de España, solo sirvió para demostrar la bajeza de un presidente asolado por la corrupción y sin valor para dimitir por el bien de España.

Pero Ayuso, con acento castizo, salió como debe salir una presidenta de la región capitalina, a decir ¡basta ya! de infamia. Describió al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como alguien que «tiene las horas contadas» ante los escándalos que rodean a su Ejecutivo y acusó a su entorno político de operar «como una mafia».

Pero he dejado para el final el epílogo de esta narrativa; como suele decirme un buen amigo: «te paso la narrativa». Y no deja de tener cierta ironía ver a quienes un día ocuparon tribunas del Congreso y despachos ministeriales enfrentarse ahora, en bloque, al desgaste de la política de proximidad, esa donde no bastan los titulares ni las grandes consignas, sino que hay que dar respuesta a hospitales, colegios, transporte y a los problemas concretos de los ciudadanos que, si no lo han hecho en el Congreso, ¡dónde coño van!

A anunciar su estrategia: convertir la calle en escenario principal de la batalla política, es decir, mecha y fuego para acosar al madrileño. Porque cuando la aritmética parlamentaria no acompaña, siempre queda el recurso de la protesta, del ruido y de la pancarta. Una vieja tradición de la política: cuando no se puede gobernar, se intenta gobernar desde la presión. Y ahí están Óscar López (PSOE); Ione Belarra (Podemos) y la que ha ocasionado la huelga médica más salvaje de nuestro país, Mónica García (Más Madrid o Sumar) ya no sé qué partido elegirá concurrir, igual acaba con Rufián y su nuevo partido, aunque lo veo desmotivado. Ironía del destino, yo que no viví la Transición, escribo por desgracia sobre la historia negra de la democracia reciente de nuestro país.

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