Nunca fue Bambi, sí lobo, padre de «las lobas»
Atrapado entre sus responsabilidades penales, tampoco encuentra salida digna desde el punto de vista de los códigos éticos. Fue durante muchos años un gran embaucador sin fuste intelectual, un tipo miserable que decía defender los derechos humanos mientras trabajaba para una sanguinaria dictadura venezolana.
Sus andanzas caribeñas, luego pekinesas, lo eran por un precio muy alto. Un lobista/comisionista/traficante de influencias con altos valores en oro y brillantes. Todo ello mientras seguían consumiendo recursos de los contribuyentes españoles en salarios, chófer, coche oficial, oficina y ayudantes.
Éste es José Luis Rodríguez Zapatero. No la persona que pintan gentes agradecidas como Chema Crespo, Julián Lacalle (¡santo cielo, el sujeto malo y cobardón!), una tal Pérez Santaolalla, Fortes, la consejera en RTVE que se trajo del pueblo y, en general, la pléyade de favorecidos por sus influencias en medios de comunicación, bancos, empresas públicas, etc…
El «faro moral» de la izquierda (sic) ya no oculta que es un delincuente, sino que trata de que la causa judicial no vaya hacia adelante acogiéndose, si ello fuera posible, a las garantías que él, por ejemplo, no concedió a Isabel Pantoja cuando afirmó textualmente: «En este país, quien la hace la paga, por muy famoso que sea…». Pantoja pagó y ahora el escarnio lo debe sentir en sus carnes entre el aplauso de media España (como mínimo).
Mientras la investigación de la UDEF avanza magnis itineribus ya que el material incautado es un filón repleto de delitos con nombres, apellidos, negocios o ingentes cantidades de dinero, anda lloriqueando porque se han conocido sus agendas, tratando de producir pena y conmiseración.
Señor ZP, conozco personalmente a no menos de media docena de periodistas venezolanos a los que sus amigos genocidas torturaron, encarcelaron e incluso hicieron desaparecer; pese a lo que vende y lo que venden sus amigos agraciados, a usted jamás le importó una higa la suerte de esos ciudadanos caribeños que perdieron sus haciendas, sus vidas y su libertad. De modo que compórtese, al menos, como un hombre que acepta de buen grado el pago de sus delitos.
Lo último y mollar que hemos conocido de sus andanzas ha sido su tráfico ilegal de influencias en Bolivia. Recordamos muy bien que fue usted, entonces primer ministro, el que perdonó a la Bolivia de Evo Morales toda la deuda contraída con España. Unos años después, el gran referente moral, el hombre austero que solo comía almendras, pasó la factura interviniendo ante las autoridades del país andino para favorecer a otra mafia peruana en forma de liquidación de impuestos y otras sinecuras. ¿Precio? 200.000 euros de vellón. Ahora se puede entender el «canguis» y el tartamudeo que le entró cuando el juez Calama le preguntó por este feo asunto.
Nunca he sido muy partidario de practicar lanzada a moro muerto. Usted ha mentido hasta a sus más entrañables amigos empresarios cuando trataba de hacerse el pobre y el decente porque no tenía, decía, donde caerse muerto. Puede el imputado imaginar lo que esos amigos dicen de él cuando han descubierto, por fin, la negritud en el alma del auténtico ZP.
Definitivamente, Zapatero nunca fue Bambi. Sí en cambio un lobo depredador, además de padre de «las lobas», según vocabulario de su inmarcesible Gertrudis. Pero ahí sigue, subido en el coche oficial que le pagan los contribuyentes, como su alta soldada, su oficina, sus escoltas, etcétera, etcétera. Ahora entiendo sus enjuagues con empresarios mediáticos y demás ralea…
¡Vala tela!