Opinión

Mortadela para el ministro

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Lo peor de la corrupción no son los sobres ni los contratos, ni nada relacionado con la moral, ni con la ley, sino el furgón (canguro, en argot carcelario): levantarse a las 5, doblar la manta, café penitenciario y bollería industrial con sabor a derrota y aceite de palma…

Y cuántos años duró el banquete romano de Koldo, Ábalos y Aldama: solomillo saignant, erizo con caviar, comisiones mensuales en efectivo, rescates, sueldos públicos para azafatas cariñosas bañadas en champán. Hedonismo sin tregua, desenfrenado a costa del contribuyente… Masticando, tragando y chingando hasta hacerse amigos del demonio; pelando carabineros hasta doler las manos; descorchando como si la pandemia fuera el catering de la boda de tu hija. Ahora las únicas ampollas que figuran en el sumario son las de las muñecas, y la orgía de albariños, sumilleres y burbujas fresquitas la ha sustituido una botella de agua del tiempo con ese irritante tapón ecológico que no se desprende y te golpea la nariz.

El régimen de conducciones es una alegoría del infierno sin metáforas. Donde antes Falcon y Business, ahora furgón celular: banco duro, compartimento estrecho y dos esposas. Basta un frenazo discreto, una rotonda, un bache para que la espalda recuerde de golpe todos los pecados de la columna lumbar. Koldo erosionado y Ábalos con «deterioro anímico y físico por los traslados». Le duelen las escaleras del Supremo. Donde inauguraba líneas de alta velocidad, ahora le pesa la distancia de su celda al banquillo. Hay algo casi tierno en esa queja y se comprende. Nada humilla tanto a un tipo que se sentía eterno como descubrirse tan frágil como el programa electoral de su partido.

La penitenciaría tiene su propia lírica gastronómica. Si el juicio se alarga, el poema es un bocadillo de mortadela y una manzana que se merece un verso, por ser la fruta más bíblica y menos pecaminosa del jardín de lo prohibido, el castigo perfecto, que recuerda, en cada mordisco ácido, que el paraíso se cerró por malversación. Si les dieran un mango, unas cerezas, un caqui… La mortadela es el gran verso, un ecualizador social después de haberte creído que los percebes eran derechos constitucionales. Ni rastro del albariño que bañó tantas reuniones y panzas, ni del bogavante que ayudo a construir alegremente nuestra logística sanitaria. Roma también cayó por el estómago.

El contraste es tan rudo que solo puede explicarse desde la comedia negra. La Guardia Civil reconstruye entregas de efectivo, mientras la defensa declara lesiones en la espalda y problemas psicológicos tras cada sesión. Ya no importa si el contrato de mascarillas fue legal, solo si el canguro es demasiado brusco o la escalera, demasiado empinada. La caída te devuelve a la supervivencia del animal. Y el león que devoraba el presupuesto se convierte en un gatito tiquismiquis.

Entre tanto, en la sala se proyectan los grandes éxitos del trío. La trama se diseñó para que el dolor nunca llegara al cuerpo de los protagonistas: que doliera la pandemia, la lista de fallecidos, la economía de los otros. Ellos, a los dolores buenos: el de barriga de atascarse a chuletones y el de resaca, supongo.
El juicio de las mascarillas está siendo, también, el juicio de la carne. De cómo se pasa de ser “jefe” de una organización criminal con reparto eficaz de roles, el ministro que aporta autoridad, el conseguidor que mueve contratos, el empresario que pone el dinero, a ser hombres con faja lumbar y miedo a la merienda taciturna del recreo. No les van a condenar por glotonería, el pecado capital no es delito en el Código Penal para quienes convirtieron la tragedia sanitaria en su propio festín. Pero la escenografía del castigo, furgón, madrugón, bocata feo, que sin embargo es demasiado pequeño (Koldo se queja de hambre), es un consuelo estético para un país que rara vez ve a sus políticos pagar algo que se parezca a la cuenta.

No sabemos qué dirá la sentencia penal cuando acabe el juicio, pero la vida ya ha dictado una condena prosaica y muy española, sin copa ni puro.