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Con Mónica García, todo lo que puede salir mal, saldrá mal

Pues no parece que el Gobierno esté —tampoco es ninguna novedad— dando ejemplo de eficacia y transparencia en relación con el brote de hantavirus declarado en el crucero Hondius, porque los vaivenes desde que se conoció la crisis no invitan precisamente al sosiego. Con independencia de que resulta ilógico que el crucero, fondeado ahora cerca de la costa de Cabo Verde, vaya a dirigirse a Canarias, cuando los afectados y el resto de viajeros podrían ser trasladados en avión de forma más rápida y eficaz —como ya ha ocurrido con algunos de los enfermos repatriados—, es incomprensible el papel que está desempeñando la ministra de Sanidad, Mónica García.

Que el Gobierno canario no tenga conocimiento a estas alturas de los protocolos de actuación a seguir cuando la embarcación llegue al puerto tinerfeño de Granadilla de Abona, revela la incompetencia de la ministra, médico y madre. ¿Pero qué sentido tiene que el responsable político de una autonomía, afectada directamente por la situación creada, no haya sido informado?

Es absurdo que el Gobierno haya rechazado la presencia de Fernando Clavijo en la reunión celebrada para abordar la crisis y que ha presidido Pedro Sánchez. Además, el Ejecutivo se escuda en que España tiene una obligación legal de acoger a la embarcación por mandato de la OMS, algo que es literalmente falso, pues otros países como Cabo Verde, Sudáfrica y Holanda se han lavado las manos.

Por lo pronto, lo que ha quedado en evidencia es que Mónica García ha faltado a la verdad cuando afirmó que lleva desde el primer momento en permanente comunicación con el Gobierno canario, porque precisamente ha sido el presidente canario quien ha desmentido a la ministra. Esto ha empezado mal y tiene visos de ir complicándose según vayan pasando los días, porque con Mónica García se hace bueno el enunciado básico de la ley de Murphy. Ya saben: si algo puede salir mal, saldrá mal.