Miguel Bosé: de la ceja a la rodilla
La tragedia de Henry Nowak expone los dobles raseros de la justicia y de la narrativa mediática. El 3 de diciembre de 2025, un estudiante británico-polaco de 18 años, que cursaba su primer año de universidad en Southampton, Inglaterra, fue asesinado brutalmente. Volvía a su residencia tras salir con amigos cuando Vickrum Digwa, un joven de 23 años de origen sij, lo apuñaló repetidamente con un cuchillo shastar de 21 cm. Nowak recibió cinco heridas, incluida una mortal en el pecho. No era un delincuente, ni un drogadicto, ni un agitador. Solo un chico joven caminando por unas calles que, como tantas en el Reino Unido actual, se han vuelto peligrosas por la proliferación de la violencia con armas blancas.
Lo que convirtió este crimen en un escándalo nacional no fue sólo el asesinato, sino la respuesta automática de la policía. Cuando los agentes llegaron, Digwa mintió acusando a Nowak de insultarle por su raza, de arrancarle el turbante y de atacarlo. Los policías, priorizando aparentemente esa denuncia, siempre temerosos de ser tachados de racistas, esposaron al joven herido de muerte que les suplicaba: «Me ha apuñalado», «no puedo respirar». Nowak se desangró en el suelo, mientras que al agresor se le asumía libre de sospecha. Las grabaciones de las cámaras corporales, que muestran los hechos, conmocionaron al país y provocaron protestas, enfrentamientos y un intenso debate sobre la «policía de dos velocidades».
Digwa fue condenado a cadena perpetua con un mínimo de 21 años. Su madre también fue condenada por encubrimiento. La jefa de policía de Hampshire se disculpó con la familia de la víctima y se abrió una investigación. Pero el daño ya estaba hecho: un inocente murió, no sólo por el cuchillo del agresor, sino por una aparente parálisis institucional ante la acusación (¡oh!) de racismo. Este caso ha generado inevitables comparaciones con la muerte de George Floyd en 2020. Floyd, con historial delictivo y bajo influencia de las drogas, murió tras una detención donde un policía le presionó la rodilla sobre el cuello mientras repetía la frase fetiche, que se hizo célebre, «no puedo respirar» («I can’t breath”). Como recordarán, su caso desató protestas globales bajo el lema de Black Lives Matter (un movimiento que acusó al mundo de racismo «estructural») y violentos disturbios. En los medios, celebridades y políticos se arrodillaron como símbolo de solidaridad. Henry Nowak, en cambio, no recibió la misma consideración. Era un estudiante ejemplar, blanco y sin antecedentes. No hubo protestas masivas internacionales ni una cobertura incesante como en el caso de Floyd.
Douglas Murray, en su columna en The Spectator, ha reflexionado con dureza sobre el caso, recordando otras víctimas olvidadas como Kriss Donald (un chico blanco de 15 años torturado y quemado vivo por una banda paquistaní en 2004). O Tony Timpa, un hombre blanco al que policías estadounidenses se le echaron encima mientras también moría gritando que no podía respirar, un caso con paralelismos escalofriantes. Murray destaca cómo ciertos nombres y tragedias se borran de la memoria colectiva mientras otras se convierten en iconos globales, cuestionando el peso de la ideología en la percepción de las víctimas.
En España, Miguel Bosé, en un gesto que ha sorprendido a muchos, publicó un vídeo arrodillándose con la mano en el pecho y con la frase «I can’t breath. De rodillas por Henry Nowak». El cantante español, que en el pasado abrazó causas políticamente correctas (como cuando participó en la campaña de José Luis Rodríguez Zapatero en 2008 enmarcando con sus dedos la ceja para imitar la del expresidente), parece haber aterrizado en la realidad al denunciar esta desigualdad de trato. Su video se viralizó y abrió el debate en países de habla hispana.
Henry no merecía morir ni ser ignorado en su agonía por una mentira conveniente. Su muerte clama por la verdad: todas las vidas han de ser importantes, sin excepciones ni dobles raseros. Ojalá más gente como Miguel Bosé se arrodille por Henry.
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