Opinión

Juan Roig: la meritocracia visita Ceuta

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

El presidente de Mercadona, Juan Roig, se desplazó personalmente este martes a Ceuta para solidarizarse con la población y conocer sobre el terreno cómo viven la situación sus trabajadores. El momento lo requería, en plena crisis y con la incertidumbre de más entradas irregulares desde Marruecos. Roig recorrió los dos supermercados de la ciudad, conversó con la plantilla, reconoció su esfuerzo y se puso a disposición de los ceutíes. El presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vivas, le agradeció públicamente el gesto: «Gracias por venir personalmente, dar la cara, apoyar a los equipos de Mercadona y ponerse a disposición de nuestra ciudad».

No es para menos. Mientras Roig actúa sobre el terreno, Pedro Sánchez permanece en La Mareta, siguiendo la crisis, dice, de forma «telemática» y prolongando unas vacaciones que ya se cuentan por semanas. La visita del empresario valenciano ha generado algunas críticas, centradas sobre todo en el origen marroquí de ciertos productos de la cadena. Pero podría haber sido peor. Roig, como Amancio Ortega, se encuentra en el punto de mira de ciertos sectores de la izquierda que les detestan, no sólo porque han triunfado, sino por cómo lo han conseguido. Como explica Benito Arruñada, su éxito suscita más envidia precisamente por ser muy meritocrático. No sólo han creado un imperio, sino que lo han creado trabajando desde cero.

Pero no crean. Esa envidia del mérito, lejos de ser un invento moderno, tiene raíces profundas en nuestra biología y en nuestra historia evolutiva. El ser humano es heredero de sociedades de cazadores-recolectores profundamente igualitarias. Entre los Ju/’hoansi de Namibia, por ejemplo, se ridiculizaba sistemáticamente a quienes destacaban. Los cazadores exitosos eran insultados en lugar de ser elogiados para evitar que se creyeran superiores y desequilibraran el delicado equilibrio grupal. El «síndrome de la amapola alta» (o cortar a quien sobresale) no es una rareza cultural, es un mecanismo ancestral de control social.

Sin embargo, Adolf Tobeña declara con crudo realismo científico que la igualdad absoluta es una quimera biológica. La naturaleza humana está marcada por la diversidad hereditaria, las asimetrías neuronales y las jerarquías evolutivas. Los primates humanos se organizan espontáneamente en rangos y liderazgos. El cerebro procesa el estatus social mediante recompensas dopaminérgicas, impulsando la búsqueda de la distinción. Y no todos nacemos con idénticas capacidades intelectuales, morales o emocionales. Los circuitos cerebrales predisponen a destacar en áreas distintas como las matemáticas, la música, la empatía o el liderazgo. Los hombres y mujeres también presentan sesgos de preferencia y temperamento con arraigo neurobiológico. Intentar imponer una igualdad de resultados mediante políticas colectivistas choca frontalmente contra estas inclinaciones.

Esto no justifica el abuso ni el privilegio. La igualdad ante la ley es el único «artefacto» legítimo para mitigar los excesos de las jerarquías naturales. Es el contrato civilizado que permite que el talento y el esfuerzo generen prosperidad sin que el poderoso aplaste al débil. Pero confundir igualdad de oportunidades con igualdad de resultados es un error sumamente costoso que ahoga la competencia productiva, castiga el mérito y alimenta esa envidia reaccionaria que Arruñada describe con precisión.

En Ceuta, la población y los trabajadores de Mercadona han recibido la visita de Roig con mucha más confianza que el rosario de ministros que han pasado de puntillas. Un empresario que da la cara, que conoce el terreno y que ha construido una empresa de más de cien mil empleados a base de disciplina y servicio genera más seguridad que los discursos vacíos desde el confort de una residencia oficial. Ojalá alguien con esa capacidad de acción, esa cercanía y ese sentido de la responsabilidad presidiera el Gobierno. No porque sea perfecto, sino porque representa lo contrario de la mediocridad envidiosa: el mérito que crea valor y no se avergüenza de ello. La lección de Roig en Ceuta no es solo empresarial. Es antropológica y política.