Opinión

La fe, el chiste y el chiringuito

España es un país curioso: cuando los jóvenes dejan de creer en el futuro económico, en las pensiones o en llegar a fin de mes sin pedir un crédito emocional, resulta que vuelven a creer en Dios. Y entonces se arma el escándalo. No por la falta de trabajo, ni por el precio del alquiler, sino porque alguien enciende una vela.

En los Goya —esa mezcla anual de alfombra roja, reivindicación y canapé tibio—, una que dice ser cómica –Silvia Abril– lamentaba que tantos jóvenes necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Lo decía con ese tono entre sociológico y monólogo de afterwork, como si descubrir la espiritualidad fuese una especie de error generacional, una moda incómoda, algo así como volver al pantalón de pana.

Resulta fascinante que en un país donde generaciones enteras han creído durante décadas en bancos sólidos, políticos eternos y promesas electorales reciclables, lo verdaderamente preocupante sea que un veinteañero rece.

La ironía se vuelve barroca cuando quien habla pertenece a ese ecosistema televisivo donde la fe verdadera consiste en creer que el share subirá después de publicidad. Porque hay algo profundamente español en denunciar chiringuitos ajenos mientras uno cobra nómina del propio. El chiringuito eclesial les parece escandaloso, pero es el audiovisual el subvencionado, en cambio, es cultura necesaria, oxígeno democrático y terapia colectiva financiada por el contribuyente.

Y uno piensa: qué fácil resulta hacer humor mirando hacia arriba… cuando el blanco nunca responde.

El humor, decía aquel cómico antiguo que hacía reír sin levantar la voz ni señalar culpables, nacía del absurdo humano, no de la caricatura del vecino. Era un humor limpio, casi ingenuo, donde la risa surgía del espejo, no del dedo acusador. Hoy, en cambio, parece que el chiste necesita adversario, etiqueta y trending topic. La risa rápida sustituye a la inteligencia lenta.

Quizá por eso molesta la fe: porque no necesita guionista, señora Abril.

Durante el siglo XX —ese siglo que algunos recuerdan selectivamente— la Iglesia católica fue muchas cosas, algunas discutibles, otras silenciosamente imprescindibles. Mientras Europa se reconstruía entre ruinas, miles de religiosos levantaban hospitales, escuelas y redes de cooperación donde no llegaba ningún ministerio. Misiones sanitarias, alfabetización en continentes olvidados, comedores sociales antes de que existiera la palabra ONG como marca registrada. No fabricaban bombas en el Vaticano; fabricaban algo más peligroso para el cinismo contemporáneo: sentido.

Pero el catolicismo sigue siendo el sparring favorito del ingenio patrio. Nunca falta el chiste. Nunca sobra la crítica. Y, curiosamente, casi siempre es la misma religión la elegida para el sketch. Quizá porque responde con silencio. O porque reírse de ciertas creencias exige más valor del que cabe en un guion de prime time.

Mientras tanto, los jóvenes —esos mismos a quienes se acusa de vacío espiritual— buscan algo estable en un mundo líquido. Algunos encuentran ideologías, otros terapias, otros astrología digital y otros, sorpresa, iglesias llenas otra vez. La fe vuelve como vuelven los vinilos: no por nostalgia, sino por necesidad de autenticidad. Hasta las grandes estrellas del pop hablan sin complejos de espiritualidad –Rosalía–, y cuando la tendencia llega a la cultura popular deja de ser anécdota para convertirse en síntoma.

Tal vez el problema no sea que los jóvenes crean, sino que crean sin pedir permiso cultural al ministro de turno –Urtasun–, para eso ya les dan dinerito para ir de copas.

Y luego está el cine español, ese eterno adolescente subvencionado que protesta contra el sistema desde dentro del sistema. Sigue proyectando, con admirable coherencia histórica, la misma imagen provocadora que confundía transgresión con quitarse la ropa hace cuarenta años. Cambian los discursos, cambian los hashtags, pero el gesto permanece: escandalizar como rutina estética, así les van.

Antes los directores discutían sobre planos y silencios; ahora sobre presupuestos y declaraciones. Antes el cine quería durar; hoy quiere posicionarse. Y entre gala y gala, España descubre que el verdadero género nacional no es la comedia ni el drama, sino la subvención costumbrista, como la de los sindicatos, eterna. 

Quizá por eso resulta tan desconcertante que alguien crea en algo que no dependa de una ayuda pública ni de la aprobación crítica, señora Abril.

Porque la fe —como el buen humor— no necesita atacar para existir. Y ahí está el verdadero misterio español: nos incomoda más una iglesia llena que un teatro vacío.